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10 de octubre de 2026
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El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ha elegido a su exvicepresidenta María Jesús Montero como directora de la campaña electoral del PSOE; enfrente tendrá al secretario general del PP, Miguel Tellado, elegido por Alberto Núñez Feijóo para ese mismo cometido. Para conseguir el mismo objetivo, que es la victoria de sus formaciones, parten de líneas de salida muy distintas, y todas las apuestas demoscópicas confirman que, con la inestimable y necesaria ayuda del Vox de Santiago Abascal, la suma de parlamentarios de la derecha en el Congreso estará por encima de los 190 escaños, muy lejos de los 120 que pueden obtener el PSOE y la amalgama que la otra izquierda intenta construir en torno al nuevo nombre de Frente Amplio. Ese agujero electoral y representativo de 70 asientos en el Congreso es prácticamente insalvable.
Lejos de su casa y en la cama de un hospital, Maricarmen Abascal ha muerto a los quince días de sufrir su desahucio y provocar que el eterno problema de la vivienda se convierta en el punto de inflexión política que ha provocado un adelanto electoral y ha llenado de memes y declaraciones las redes sociales. A sus ochenta y siete años dejó un testamento oral en el que acusa de forma directa, y sin temblarle la voz, a los culpables del desamparo de todos los que viven bajo el miedo de perder su vivienda y una parte de sus vidas: Pedro Sánchez, Isabel Díaz Ayuso y José Luis Martínez-Almeida. Un resumen del poder político que, en bloque y con tiempo, no ha hecho nada por cambiar las leyes que rigen el mundo inmobiliario y su derivada en el mundo financiero.
El regreso de Carles Puigdemont a Cataluña vuelve a cambiar los equilibrios políticos que se han formado durante los nueve últimos años. El que fuera presidente de la Generalitat durante año y medio, que convocó un referéndum ilegal sobre la independencia, que huyó para evitar su detención y que consiguió mantenerse como diputado en el Parlamento Europeo de Estrasburgo bajo la fórmula de no inscrito, ha influido en la política nacional y autonómica de forma radical.
Sin milagros terrenales o sorpresas sorprendentes, los Reyes Magos darán a Alberto Núñez Feijóo su ansiado regalo: ser presidente del Gobierno. La convocatoria de elecciones generales para el 29 de noviembre, que acaba de confirmar el presidente del Gobierno, y los tiempos reglamentarios que se contemplan en la Constitución —que vienen a tramitar la constitución del Congreso y del Senado y las entrevistas del rey con los distintos líderes políticos para designar un candidato— deberían terminar en los primeros días de enero de 2027.
Al presidente del Gobierno quieren arrojarle por la ventana de su despacho, desean verle estrellado sobre los adoquines de la Carrera de San Jerónimo y brindarían con champán políticos de todos los colores, empresarios de todos los colores y periodistas/comunicadores de todos los colores. Sería muy difícil que sumara los mismos escaños que consiguió en 2023 y no tendrá los mismos apoyos por su izquierda y, muy posiblemente, tampoco de los nacionalistas de derechas, ni desde Euskadi ni desde Cataluña.
El presidente de la “ideología líquida” recibe de manos del rey Felipe el Gran Collar de Isabel la Católica mientras, en la plaza de todas las plazas, que es la madrileña Puerta del Sol, contemplamos cada día el ocaso social de una de las bases de la democracia. Emmanuel Macron se dispone a dejar la presidencia de la República francesa tras cinco años de tensiones sociales y pérdida de confianza política. La derecha de Marine Le Pen puede sucederle en el Elíseo y hacer más visible el giro a la derecha que está realizando Europa para salir de su grave crisis económica.
Volverá Puigdemont y se irán a Barcelona empresas que ahora están en Madrid —por ejemplo, la nueva Indra, que ya ha olvidado sus sueños europeos— para equilibrar territorialmente el Estado, y la fase final del proceso electoral de la primavera y el verano de 2027 volverá a sacar a la luz el origen de la batalla jurídica y política entre los órganos judiciales y la izquierda. La corrupción personal de dirigentes políticos es el sarpullido de la corrupción estructural que permanece en nuestro país desde la puesta en marcha de la Constitución de 1978. Por la puerta de su articulado se han ido colando los instrumentos que buscan su destrucción.
El meteorólogo Edward Lorenz quiso explicar los cambios del clima con una metáfora que entendieran todos: el simple aleteo de una mariposa en un extremo del mundo podía llegar al otro extremo convertido ese levísimo viento en un destructivo huracán. Era 1972 y, desde entonces, esa frase se ha convertido en la base de la teoría del caos, aplicable a la física y a las matemáticas y, desde esta semana, en España, a la vivienda.
Con prisa y sin pausa, la Cataluña política y la Cataluña económica avanzan hacia la ansiada independencia que desea una minoría de su población. El actual Gobierno del socialista Salvador Illa aumenta el número de embajadas y representaciones diplomáticas catalanas en el exterior, mientras el presidente de la Generalitat viajó a principios de este septiembre a Kiev, acompañado del alcalde de Barcelona, para mostrar su apoyo a Zelenski. En julio de 2025 realizó un viaje similar a China.
Hace un año, la actual presidenta interna de Venezuela era una apestada para Estados Unidos y para la mayor parte de Europa, alguien a quien se le impedía entrar en la UE y a quien se acusaba de los mismos delitos que al que entonces era su jefe, Nicolás Maduro. Desde el martes pasado, Delcy Rodríguez tiene las bendiciones de Donald Trump, asiste a la cumbre de Naciones Unidas, se viste de blanco, sonríe, hace el signo de la victoria y, mientras Trump, con igual sonrisa, levanta el dedo pulgar en señal de aprobación, la eterna opositora al régimen venezolano, María Corina Machado, comprueba por cuarta vez en este año, desde Panamá, que no puede regresar a su país. Es la geopolítica del dinero, del petróleo y de los equilibrios estratégicos en toda América.
Desde el Tribunal Constitucional pueden abrir de forma definitiva la puerta de la frontera que separa a Puigdemont de su regreso a España. Primera misión para el expresidente: parar el aumento de votos y de importancia de Sílvia Orriols, el nuevo independentismo muy de derechas.
Con la amenaza de otra marcha azul sobre Ceuta desde Marruecos, por mar y tierra, el Gobierno español ha aceptado que se ha creado una segunda ciudad de unas quince mil personas, que estará repartida en tres zonas, que tendrá que estar subvencionada y que existirá durante muchos meses. No hay solución a la crisis al aceptar que todos los que se han quedado, tras el regreso de la mayoría de los que atravesaron la frontera a finales de julio, son refugiados o menores de edad.
El presidente del Gobierno y algunos de sus ministros no solo se juegan seguir en sus cargos en las próximas elecciones generales. Si las diligencias previas que ha puesto en marcha la magistrada María Tardón, en el juzgado número 3 de la Audiencia Nacional, sobre la crisis de Ceuta terminan culpando al Gobierno y a su presidente, podrían enfrentarse a los delitos que se contemplan en el artículo 102 de la Constitución, que trata de la traición y de la seguridad del Estado.
Ella quiso centrar su batalla política en Pedro Sánchez y no en ninguno de los portavoces del PSOE, Sumar y Podemos en la Asamblea de Madrid. Isabel Díaz Ayuso decidió, desde su llegada al poder en la Comunidad, que su rival era el presidente del Gobierno. Acertó. Dejó en un segundo nivel a quienes debían ser sus rivales políticos. Así se convirtió en referencia nacional e incluso internacional como el rostro de la nueva derecha española, por encima de Pablo Casado y de Alberto Núñez Feijóo. De forma consciente, se convirtió en el blanco de los ataques de toda la izquierda. La estrategia le ha funcionado hasta ahora.
Desde el despacho del presidente de Castilla-La Mancha se ven con claridad los cigarrales que se extienden hacia los Montes de Toledo. Fuensalida, antes de convertirse en sede de la presidencia autonómica, fue palacio ocasional para la emperatriz Isabel de Portugal, muerta tras dar a luz al último de sus siete hijos, que también falleció. Antes y tras casarse con el emperador Carlos V, tuvo que ejercer de regente de las coronas de Castilla y Aragón. Amor, poder, negociación y muerte están escritos en sus paredes. Esa es una parte de la vieja historia.
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