Se podrá culpar al cambio climático, a esa mutación de las condiciones de vida que teníamos y que desaparece a mayor o menor velocidad dependiendo de la actividad humana. O se puede culpar a la dejación de las administraciones por lo que está ocurriendo con los bosques en particular y con el campo en general. La emergencia climática es el escudo que ya utiliza el Gobierno de Sánchez para pedir un pacto nacional y que, en realidad, sirve para lanzar la primera fase de las elecciones que vienen dentro de unos meses.
Es un pacto imposible de cumplir y una campaña difícil de mantener durante muchos meses. La derecha y la izquierda, de forma global y bajo la mirada de los nacionalismos, se están jugando el poder. A la corrupción política le va a acompañar el negacionismo como contrapeso partidista. Esa realidad, que va a pasar por los juzgados y los tribunales a base de nuevas y viejas querellas, es tan previsible en su evolución que irá aumentando en volumen y declaraciones en el transcurso de las próximas semanas y meses.
España, al igual que le va a pasar a Francia, no tiene dinero para cubrir las necesidades directas de los españoles y las indirectas de la OTAN y del presidente de Estados Unidos. Sánchez y Macron tienen que elegir, al igual que lo tendrán que hacer Feijóo y Marine Le Pen. El “España primero” que puso en su gorra Ferran Torres será uno de los ejes de las campañas electorales. Ya lo está siendo.
Si Sánchez, Feijóo y compañía de verdad quieren que España deje de arder cada verano y poner en marcha de forma inmediata un plan de reconstrucción y ayudas, deben aprobar un fondo de no menos de diez mil millones de euros y la creación de un organismo independiente que los administre y agilice las gestiones de miles de ciudadanos que se han quedado sin futuro.