Entre las dos ciudades suman poco más de 30 kilómetros cuadrados y un total de 170.000 habitantes, mitad por mitad. Desde el reinado de los Reyes Católicos se han sucedido las batallas contra los diversos sultanes que controlaban el territorio que hoy es Marruecos, con los monarcas españoles obligados a enviar a sus mejores generales para hacer frente a las sucesivas amenazas e incursiones sobre las dos plazas. Lo tuvo que hacer Carlos III, lo tuvo que hacer Isabel II y lo tuvo que hacer Alfonso XIII, que las visitó en tres ocasiones.
Lo tuvo que hacer la II República y la españolidad de las mismas aparece en la liberal Constitución de 1812; razones más que suficientes para que hoy, tras la llegada masiva de 70.000 marroquíes a Ceuta, tanto Sánchez como Feijóo y el resto de formaciones parlamentarias dejaran a un lado las batallas electorales y se mostraran unidos en la defensa de esa parte del territorio español, que es, desde nuestra entrada en la UE, parte de Europa. Fronteras de la Europa que necesita de la emigración —caso sobresaliente el de Italia—, pero que tiene miedo a las elecciones generales que se van a suceder a lo largo de 2027.
La negociación y el acuerdo de Estado son imposibles y lo seguirán siendo tras la celebración de las elecciones de 2027, gobierne quien gobierne. Ni la izquierda, ni la derecha, y mucho menos las formaciones independentistas, tienen ese sentido de Estado, ese sentimiento común de pertenecer a una nación como la española por encima de sus intereses partidistas. Ceuta y Melilla se utilizan como material incendiario de cara a las urnas. Una de esas tragedias que sufre este país desde que se construyó como Hispania, primero bajo el Imperio romano y luego bajo el control árabe de la Península.
Marruecos no va a cambiar. Por no adentrarnos demasiado en la Historia con mayúsculas, desde Hassan I ha ido rompiendo todos los acuerdos firmados con anterioridad; lo hizo con Hassan II y la “marcha verde” y lo está haciendo con Mohamed VI con esta “marcha azul”, que, por fortuna y habilidad negociadora, apenas ha durado 48 horas. El futuro no va a cambiar esos deseos, de la misma forma que España no debe, ni va a cambiar, sus deseos de recuperar Gibraltar; ni China, sus deseos sobre Taiwán; ni tampoco la voluntad de Israel de ampliar su territorio a costa de lo que era Palestina y parte de El Líbano. ¿Habrá intervenciones exteriores y zancadillas exteriores? Sí, las hubo, las hay y las habrá. Por esa razón, la defensa de la integridad territorial de España debería ser uno de los puntos en común de todas las formaciones políticas. Otro sueño que se difumina ante la proximidad de las urnas y los deseos de poder.