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    26 de septiembre de 2018

RAUL HERAS

Que un pueblo se convierta en nación no es fácil y requiere tiempo. La mayor parte de las veces mucho tiempo. Y que esa nación consiga desarrollar sus peculiaridades históricas y sociales hasta conseguir ser un estado con identidad propia, capaz de ser vista como tal desde dentro y desde fuera de un territorio, a veces, es casi un imposible. Lo estamos viendo con los kurdos en Turquía y Siria, con los palestinos en Israel y Jordania, con los saharauis en Marruecos. También en nuestra civilizada Europa con las particiones de la antigua Yugoslavia o el referéndum de Escocía, y en nuestra más que inquieta y mal cosida España.
El expresidente del gobierno y del Partido Popular era y es un hueso político muy duro de roer. Pasado su exilio forzoso durante el reinado de Mariano Rajoy en su partido, quería demostrar que sigue en forma, que no le asustan las batallas y que, por encima de todo, tenía ganas de pelea. Con unos más que con otros.
2019 se nos cae encima y en este país nuestro parece que los responsables de preparar su llegada no se dan cuenta de todo lo que está en juego, que es mucho y afectará de forma muy importante a nuestros intereses. Estamos por debajo de nuestras capacidades en Europa, con Luís de Guindos como islote en el BCE.
Si seguimos viendo las vergüenzas académicas de los dirigentes políticos un día sí y otro también, con dimisiones y acusaciones judiciales mientras los problemas del resto de los ciudadanos pasan a un segundo plano, habrá que recurrir a las elecciones para que el gobierno de turno se dedique a resolverlos.
Todos sabian que era una mentira politica pero la admitieron por una razòn principal: querian echar a Mariano Rajoy de La Moncloa y al Partido popular del poder. Lo deseaba la izquierda nacional y la derecha autonòmica. Cumplido el primero de los tràmites, la mentira se hizo carne y se despojò de la promesa repetida varias veces en el òrgano de la soberanía nacional: de convocar elecciones lo antes posible pasamos a “ realizarlas en el mejor momento posible” y de ahí a llegar al final de la Legislatura.
Elecciones municipales y autonómicas, Presupuestos, transferencias económicas, causas judiciales, inmigración y cambios en el mundo financiero van a presionar sobre el presidente del Gobierno. Con la monarquía en uno de sus momentos más débiles y necesitada de un nuevo pacto con la izquierda
Sede central en la calle Génova con el sol de Madrid a 48 grados centígrados: sale Mariano Rajoy de su antiguo despacho y entra José María Aznar en el mismo antiguo despacho. Un día después lo hace Antonio Hernández Mancha, el presidente al que echaron del sillón por demasiado aperturista y por los celos que despertaba en Manuel Fraga la presencia de Adolfo Suárez en las inmediaciones de aquella Alianza Popular. Los tres representan el anuncio de los nuevos tiempos en el Partido Popular. Pablo Casado es el anfitrión que les debe mucho a los tres, al primero por dotarle de un discurso político desde Faes, alejado de los postulados oficiales del gobierno del segundo; a éste por haberle dotado de una imagen interna y externa desde su cargo de vicesecretario de Comunicación; y al también abogado del Estado y extremeño el haber sido el primero en ganar unas primarias en el centro derecha, algo que nunca le perdonaron los que habías apostado por Herrero de Miñón. Sin ellos y sin el apoyo final de María Dolores Cospedal - siempre hay que buscar a la mujer en toda ficción que se precie - no habría logrado encumbrarse a la presidencia del partido.
La mayor parte de los entierros en politica dejan al cadaver del perdedor insepulto. Si tienen la ambición y la paciencia suficientes vuelven y a veces consiguen vengarse. Lo vimos con Pedro Sánchez y el PSOE y los acabamos de ver, en una variante muy deportiva, con el Congreso del Partido Popular. La victoria en la primera “etapa” de la lucha por la presidencia no significaba que Soraya Sáenz de Santamría tuviera ganada la carrera, más bien todo lo contrario. Se adivinaba que al segundo, Pablo Casado, le iban a llover los apoyos y así ha sido.
Muchos debían ser los calores que asaltaron a la candidata Santamaría y a sus estrategas en la recta final de la lucha por el poder interno del PP pasa sacar a pasear a un objeto tan castizo como el abanico. Quería ser la metáfora hispana de la apertura política y no se dieron cuenta que representaba justamente lo contrario. El abanico se cierra cuando ha cumplido su objetivo y Soraya quería mantenerlo abierto, que era como decir que nunca iba a conseguirlo.
Entre las varias batallas que se están produciendoi en la guerra por la presidencia del Partido Popular hay una que no aparece en el guión pero que es de las importantes, quizás crucial en el resltado final: la religiosa, la que mantienen dos sectores de la iglesia española tan fuertes como son el Opus Dei, apoyado por los Legionarios de Cristo y los “kikos”, y los vaticanistas democristianos y los jesuitas, por otro
Tras el Congreso del PP del que saldrá un nuevo líder y un nuevo “gobierno” del partido, habrá “cierta piedad” por arriba, ninguna por abajo
Con su llegada al poder y la formación de su primer gobierno - con muchas sorpresas para todo el arco político, incluidos los suyos - Pedro Sánchez ha logrado que su partido se coloque en cabeza y recupere “imagen” entre los votantes de izquierdas, en deterioro de Podemos, pero también de Ciudadanos y PP
Desde el principio de la guerra interna del Partido Popular, sus dos expresidentes han trabajado en la sombra. José María Aznar apoyando a Pablo Casado, Mariano Rajoy haciendo lo propio con Soraya Sáenz de Santamaría. Huérfana de esos apoyos, María Dolores de Cospedal
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