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25 de julio de 2026
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La ambición de Yolanda Díaz le hizo querer ir más deprisa y más en solitario de lo que la coalición que era Sumar requería. Fracasado el experimento, abandonó el liderazgo y comenzó a “promocionarse” a nivel internacional para dar un nuevo salto político que, de triunfar, le aseguraría cinco años de vida política a nivel global. Una ambición que se queda a medio camino entre una huida personal y una traición al proyecto que fundó para enterrar a Podemos y a su antecesor en el cargo de vicepresidente del Gobierno.
Si hoy se hiciera una encuesta para que los españoles expresaran su deseo “político” tras celebrar la victoria de la selección de fútbol como se merecía, la respuesta muy mayoritaria sería: “Que lo que ha unido el deporte no lo desuna la política”. El ejemplo de unirse en un objetivo común, al margen de colores y preferencias, será el simple sueño de una noche de verano en Nueva York.
Sin verja en Gibraltar, la figura del titular de Exteriores gana en importancia y presencia política. Desde el ministro Castiella no ha habido otro igual. Conviene hacerle un pequeño retrato a lápiz, en blanco y negro.
Tienen tantos problemas España y la Europa de los 27 estados, con sus respectivas crisis económicas, la guerra de Ucrania, la llegada masiva de inmigrantes irregulares, la necesidad de rearmarse hasta las cejas que preconizan sus primeros ministros o presidentes y las cínicas proclamas en política exterior respecto al orden mundial de este comienzo del siglo XXI, que se separan de las voluntades populares que les llevaron al poder —la guerra ampliada de Gaza, con Israel e Irán por medio—, que habrá que esperar a que pase el verano para que todas las miradas de expertos y analistas se centren en las elecciones americanas y su efecto en todo el mundo.
Los cuentos políticos están de moda, pero en nada se parecen a los de hace cuarenta años. Ahora son sombríos y miran al futuro entre nubes grises y tormentas de acero y escombros. Es en ese escenario en el que la izquierda que quiso perpetuar la imagen idílica de la colmena feliz está en busca de los viejos árboles ideológicos en los que construir su futuro. Demasiadas reinas para disputarse el trono.
En estos días de agitación política y nervios en todos los partidos, vendría bien que se recordara la llamada “senda sin lágrimas” de hace dos siglos como ejemplo útil que deberían seguir desde Pedro Sánchez y Alberto Núñez Feijóo hasta Garamendi, Unai Sordo y Pepe Álvarez, así como el resto de formaciones políticas, financieras y sociales. Lo que está pasando no es una senda arbolada y fresca; es una ruta de asfalto seco y ardiente construida con palabras, una “senda con lágrimas” que afecta al conjunto de los ciudadanos. Aquel rey traidor quiso y pudo acabar con una incipiente democracia; Felipe VI ya ha demostrado que la distancia entre su antepasado y él es sideral y que, desde antes de sentarse en el trono, supo que sin democracia no hay monarquía.
El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, ha dado la información que mejor resume la necesidad que tiene la Administración norteamericana de “llevarse bien” con la Europa comunitaria, y explica las razones auténticas de las amenazas y exigencias de Donald Trump sobre la Alianza Atlántica y las inversiones del 5% del PIB que exige a cada país.
El expresidente del Gobierno y el presidente de Castilla-La Mancha aprovechan cualquier escenario para pedir a su compañero Pedro Sánchez que convoque elecciones generales como respuesta a los casos de corrupción y a las condenas que se acumulan en los juzgados.
Con cuatro años y medio de condena, de los que solo cumplirá uno en servicios sociales, y con sus tres millones setecientos mil euros en los bolsillos, Víctor de Aldama dio, al salir de la sede del Tribunal Supremo, la clave final de la misma: que los que vienen detrás aprendan. Traducido para que todo el mundo lo entienda: si colaboras con la Justicia tienes premio, no entras en la cárcel y te puedes quedar con el dinero que has conseguido con la compra de mascarillas durante la pandemia del Covid.
La Comisión Permanente del CGPJ ha acordado abrir un expediente disciplinario al juez Peinado por sus presunciones sobre el comportamiento de los escoltas de la mujer de Pedro Sánchez, a la que podrían “ayudar” a fugarse de España, y que aparecen en el último auto que dio a conocer la semana pasada. Un expediente que, cuando se termine, no tendrá ninguna importancia, ya que el magistrado estará jubilado.
El 12 de mayo, el presidente del Real Madrid convocaba una inesperada rueda de prensa y, ante un centenar de periodistas, afirmaba, con evidente enfado y mucha tensión, que no estaba enfermo, que no padecía cáncer, que no pensaba dimitir y que convocaba elecciones para que los 75.000 socios del club eligieran al candidato que quisieran. Y que él se iba a presentar: su respuesta en caliente a los que consideraba dirigentes de la conjura para echarle.
Hablaba hace cien años del calor y la sequía de su tierra murciana el poeta Vicente Medina; también de no mandar a los niños a la escuela. Están allí, en los 35 versos de “La cansera” republicana del hombre que votó al Frente Popular en la II República y se marchó a morir al Rosario argentino en agosto de 1937. El consejero de Cultura de la Comunidad de Madrid, que sonríe siempre, le pregunten lo que le pregunten, dispuesto a meterse en los charcos propios y en los ajenos, que por algo admira sin medida a su súper jefa, la presidenta Díaz Ayuso, lo ha rescatado del olvido literario. Flaco favor le hace al sacar a los caminos tumultuosos de estos tiempos al Rocinante de Alonso Quijano, el rocín huesudo y cansado como su amo.
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No es la primera vez, ni será la última. El presidente del Gobierno ya ha demostrado que es capaz de escaparse del laberinto de mentiras que él mismo ha creado. Lo hizo para conseguir los votos necesarios para ganar la moción de censura, lo volvió a hacer para sacar adelante su investidura y lo hará todas las veces que crea necesarias. Doce meses de pasión judicial y política le esperan. Una buena aplicación de “la paradoja de Condorcet” tal vez pueda salvarle.
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