La indignación de Felipe VI ante lo ocurrido en Ceuta y su llamada a que se tomen todas las medidas necesarias para que no vuelva a ocurrir ese ataque a la soberanía nacional deja en el aire más interrogantes que certezas: ¿ha llamado nuestro rey a su “hermano” Mohamed VI para que le explique lo ocurrido, o ha recibido una llamada del monarca alauita en ese sentido? ¿Su mensaje, cargado de lógica indignación, a quién va dirigido cuando insiste en la necesidad de defender la soberanía? ¿Ha fallado el Gobierno de Sánchez? ¿Han fallado los servicios de inteligencia? ¿Ha sufrido España un ataque coordinado por fuerzas externas que buscaban la destrucción de nuestra convivencia interna más allá de la lucha política y electoral? ¿Está en peligro la monarquía?
El presidente de la “ideología líquida” recibe de manos del rey Felipe el Gran Collar de Isabel la Católica mientras, en la plaza de todas las plazas, que es la madrileña Puerta del Sol, contemplamos cada día el ocaso social de una de las bases de la democracia. Emmanuel Macron se dispone a dejar la presidencia de la República francesa tras cinco años de tensiones sociales y pérdida de confianza política. La derecha de Marine Le Pen puede sucederle en el Elíseo y hacer más visible el giro a la derecha que está realizando Europa para salir de su grave crisis económica.
La Comunidad de Madrid presenta una exposición gratuita con 70 piezas del Siglo de Oro, destacando la vida en la capital durante los siglos XVI y XVII. La muestra está en la Real Academia de Bellas Artes hasta el 2 de diciembre.
Desde el despacho del presidente de Castilla-La Mancha se ven con claridad los cigarrales que se extienden hacia los Montes de Toledo. Fuensalida, antes de convertirse en sede de la presidencia autonómica, fue palacio ocasional para la emperatriz Isabel de Portugal, muerta tras dar a luz al último de sus siete hijos, que también falleció. Antes y tras casarse con el emperador Carlos V, tuvo que ejercer de regente de las coronas de Castilla y Aragón. Amor, poder, negociación y muerte están escritos en sus paredes. Esa es una parte de la vieja historia.
Un curso de verano en el Campus de Aranjuez reunió a expertos para analizar la Monarquía de España bajo los Austrias, abordando su impacto global y gobernabilidad en la Edad Moderna.
Sánchez, su Gobierno, el PSOE, la izquierda y los nacionalistas que le mantienen en el poder desde 2018 no saben qué hacer con Marruecos. Tampoco lo saben Feijóo y Abascal, que desde la oposición en la que viven ofrecen cada día un imposible. Ceuta y Melilla son la parte más importante del problema, al ser la zona de España más amenazada.
El 18 de julio de 1936, el Gobierno de la República informó por radio a los españoles de que el Ejército de Marruecos se había sublevado, pero que la situación estaba controlada. Salieron los nombres de los generales Mola, Sanjurjo, Yagüe y el del hombre que finalmente se convertiría en la cabeza del golpe militar, Francisco Franco, que voló el día anterior desde el aeropuerto de Gando, en Canarias, hasta Tetuán, tras una breve parada en Casablanca, en el “Dragon Rapide”, un bimotor que el entonces marqués Luca de Tena había alquilado en Londres, con dinero de Juan March, para un “vuelo turístico” ya ensayado por el mismo piloto unos meses antes. La peor de las heridas que puede sufrir un país, la de una guerra entre hermanos, entre vecinos, entre amigos, comenzó a extenderse por el resto del país durante tres largos años.
No es la primera vez, ni será la última. El presidente del Gobierno ya ha demostrado que es capaz de escaparse del laberinto de mentiras que él mismo ha creado. Lo hizo para conseguir los votos necesarios para ganar la moción de censura, lo volvió a hacer para sacar adelante su investidura y lo hará todas las veces que crea necesarias. Doce meses de pasión judicial y política le esperan. Una buena aplicación de “la paradoja de Condorcet” tal vez pueda salvarle.
El PCE habla de una"clarísima operación de blanqueo" de Juan Carlos I con la desclasificación de los documentos relativos al intento de golpe de Estado, mentras que Podemos dice que vuelva pero para ir a la "cárcel"
Cambio de estilo y de escenario por parte de Felipe VI para su mensaje de Navidad a los españoles. Adiós al palacio familiar de La Zarzuela y apuesta por el Palacio Real, la historia de la Monarquía y de los grandes acontecimientos. Sin mesa por delante, ni fotografías familiares. De pie, en mitad del gran salón, con un pequeño Belén y una gran abeto iluminado. Todo lo que dijo mientras cambiaban los planos de la retransmisión estuvieron basados en la realidad política que vivimos y en los peligros que encierran los discursos de sus protagonistas.
El emérito reivindica el papel de la monarquía y reclama respaldo para Felipe VI en su "duro trabajo" de unir a los españoles
Esgrime que aunque no fue perfecta priorizó la reconciliación, la estabilidad y el bien común y fue un "gesto político revolucionario"
Exige a Sánchez que asuma que "su juego ha llegado muy lejos" y que España necesita "una nueva etapa de cordura". No obstante, señala que el fiscal general del Estado y el presidente del Gobierno "cooperaron coordinados" con el único objetivo de "acabar" con ella "por vías ilegítimas"
Esto afectaría a la Universidad Rey Juan Carlos, con campus en diversos municipios de Madrid, y al hospital universitario homónimo ubicado en la localidad madrileña de Móstoles
Colocar a la Corona en situaciones de corte político es una de las características de los líderes de los partidos desde que comenzó la Democracia. Ocurrió con Juan Carlos y ha ocurrido varias veces con Felipe. Los responsables de gobernar se atrincheran detrás de la Monarquía, incluso aquellos que quieren que desaparezca. Fallan los políticos y esperan a que sea desde el palacio de la Zarzuela donde se resuelva lo que no han sabido hacer.
Está rodeado de la riqueza que se ve y se conoce desde su despacho, al igual que lo vieron y supieron José Bono, José María Barreda, Dolores Cospedal y ahora Emiliano García Page. Hogar que fuera de futuros Reyes para convertirse en zaguán de mulas de tiro, Fuensalida siempre se ha mostrado distante del poder central de Madrid, ya estuvieran al mando tres socialistas y una popular. El poder político sintiendo en su nuca al poder económico y siempre dispuesto a negociar, pactar, ayudar y combatir - que a veces no ha tenido más remedio - con la enorme riqueza de sus vecinos de los montes de Toledo. Tres culturas que fueron una característica de España, antes de que fuera España y que en este siglo XXI se ha convertido en una muralla frente a las otras formas de ver, entender la misma cultura.
Se trata de que el nuevo curso político se parezca lo más posible al anterior. Debates sin sentido como los de las titulaciones profesionales mientras siguen recorriendo los pasillos judiciales las mismas acusaciones y los mismos protagonistas. Las cacerías personales y políticas continúan, con el Fiscal General, como el gran trofeo a conseguir. Su cabeza tiene un precio, como lo tiene la de Santos Cerdán y la del resto de acusados.
Ni el Partido Popular y sus dirigentes son franquistas, ni lo son los de Vox. El franquismo murió con Franco y lo hizo muy deprisa, casi sin darnos cuenta. De igual forma, las herencias de la II República y la oposición a la Dictadura durante los 36 años que duró no tienen nada que ver con las izquierdas republicanos de este primer cuarto del siglo XXI. Núñez Feijóo nunca podría ser Carrera Blanco, de igual forma que Santiago Abascal no podría ser José Antonio Girón y ni siquiera Blas Piñar. Tampoco puede ser Largo Caballero o Indalecio Prieto el presidente Sánchez, como no puede ser José Díaz o Santiago Carrillo el doblemente defenestrado Pablo Iglesias. Las comparaciones son tan obscenas como falsos los argumentos que se inviocan en la actual guerra política. Hay varias derechas y varias izquierdas, de la misma forma que las hubo entre 1931 y 1939, pero ninguna de las de hoy tiene nada que ver con aquellas.
Si el presidente de Francia, el primer ministro de Reino Unidos, el primer ministro de Polonia, el primer ministro de Alemania….y el secretario general de la OTAN, el inefable, dúctil, independiente, objetivo y amigo histórico de España como es el holandés Mark Rutte, dicen que en menos de cinco años Rusia atacará a los países de la Unión Europea habrá que creerlos. Si nos mienten deberían dimitir de forma inmediata y marcharse por utilizar el miedo colectivo para intentar revitalizar las decadentes industrias de los principales países; si aciertan de poco valdrán las descomunales inversiones que significan los 500.000 millones de euros en Defensa a costa de rebajar de forma muy importante el llamado estado del bienestar. Si Vladimir Putin decide que la Rusia de hoy debe invadir a Occidente asistiremos a la destrucción total de esta parte del mundo. Será una guerra atómica con lanzamiento de cabezas nucleares por ambas partes. Ucrania es el chivo expiatorio de las malísimas decisiones que se tomaron hace once años.
En 48 horas, las que van del 20 al 22 de noviembre de 1975, España pasó de ser una Dictadura a convertirse en una Monarquía. La democracia parlamentaria que conocemos hoy tardó 19 meses más en llegar, primero con unas elecciones generales, luego con un Refréndum para aprobar la nueva Constitución y, finalmente, para otras elecciones ya con la nueva Carta Magna como guía que ha llegado a nuestros días. La democracia no acabó con Francisco Franco, el Generalísimo murió en la cama de un hospital tras un largo proceso de deterioro físico. Tampoco regresaron las libertades en aquel mes de noviembre. Todo sucedió muy rápido, sin que los ciudadanos se dieran cuenta de la velocidad a la que iba el cambio.
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En estos días de agitación política y nervios en todos los partidos, vendría bien que se recordara la llamada “senda sin lágrimas” de hace dos siglos como ejemplo útil que deberían seguir desde Pedro Sánchez y Alberto Núñez Feijóo hasta Garamendi, Unai Sordo y Pepe Álvarez, así como el resto de formaciones políticas, financieras y sociales. Lo que está pasando no es una senda arbolada y fresca; es una ruta de asfalto seco y ardiente construida con palabras, una “senda con lágrimas” que afecta al conjunto de los ciudadanos. Aquel rey traidor quiso y pudo acabar con una incipiente democracia; Felipe VI ya ha demostrado que la distancia entre su antepasado y él es sideral y que, desde antes de sentarse en el trono, supo que sin democracia no hay monarquía.
Volverá Puigdemont y se irán a Barcelona empresas que ahora están en Madrid —por ejemplo, la nueva Indra, que ya ha olvidado sus sueños europeos— para equilibrar territorialmente el Estado, y la fase final del proceso electoral de la primavera y el verano de 2027 volverá a sacar a la luz el origen de la batalla jurídica y política entre los órganos judiciales y la izquierda. La corrupción personal de dirigentes políticos es el sarpullido de la corrupción estructural que permanece en nuestro país desde la puesta en marcha de la Constitución de 1978. Por la puerta de su articulado se han ido colando los instrumentos que buscan su destrucción.
El premio recibido en Francia por Reconciliación ofrece al Rey emérito un escenario cargado de simbolismo para reivindicar su versión de casi cuatro décadas de reinado y tratar de evitar que los últimos años de su biografía terminen explicando por sí solos toda su trayectoria.
Si les gusta el tenis, habrán visto cómo año tras año los duques de Kent entregaban la copa al ganador de Wimbledon. Lo hizo Marina de Kent con Manuel Santana en 1966 y lo hizo Eduardo de Kent en 2008 y 2010 con Rafael Nadal. Lo hicieron también con Conchita Martínez en 1994 y con Garbiñe Muguruza en 2017. Eran primos de la reina Isabel II y “tíos” de Carlos III. Eduardo y su hermano Miguel, además, han sido como los CEO, los jefes de la masonería británica, dentro de la logia Royal Alpha, reservada a la nobleza y a los maestres del Arco Real.
Será importante el resultado de las elecciones generales del próximo julio. Más, incluso, de lo que lo fueron en ese mismo mes de 2023. A nivel nacional y por el reparto del poder dentro y fuera de los partidos y del propio sistema financiero y económico. Las ideologías centenarias han regresado de la peor forma posible.
Creer, pensar e intentar que la mayoría de los españoles piense que la crisis de Ceuta —con ese salto y marcha atrás de 70.000 personas— se ha producido por la mala gestión del actual Gobierno de Pedro Sánchez es una de esas mentiras que se basan en la ignorancia y en el “todo vale” para ganar el poder desde la victoria en las urnas. Ceuta, al igual que Melilla, son un problema para España desde hace más de tres siglos. Basta con un breve recorrido por la deficiente Historia que nos enseñaron y nos siguen enseñando, desde la ESO a la Universidad.
Un curso de verano en la Universidad Rey Juan Carlos explorará la expedición de Loaysa y la competencia entre España y Portugal por las rutas oceánicas en el siglo XVI.
Insaciable en sus demandas al Gobierno de Pedro Sánchez, y desesperado por la llegada a la escena independentista de Silvia Orriols y su Alianza Catalana desde la alcaldía de Ripoll, el líder de Junts quiere que la recaudación del IRPF se haga desde la Generalitat y se quede en Cataluña. Puede que sea el último pacto que negocie la vicepresidenta y titular de Hacienda, María Jesús Montero, antes de dejar el Consejo de Ministros y marcharse a Andalucía como candidata a presidir la Junta. Nada nuevo sí recuerdo mi encuentro con Josep Tarradellas en su regreso del exilio, antes de ir a entrevistarse con Adolfo Suárez en La Moncloa. Sus palabras mantienen toda su actualidad y destilan la sabiduría del político que vivió el fin de la Monarquía de Alfonso XIII y la azarosa vida de la II República.
En cien días, decía un triunfante Donald Trump para asegurar que ese era el tiempo que necesitaba para terminar con la Guerra en Ucrania, ese nuevo cáncer que le surgió a Europa en 2013 y se volvió metastásico en 2022. Luego, que es nuestro ahora, que convencería a Zelensky y Putin de firmar la paz. Ni su amigo personal Witkoff, ni su yerno, Jared Kushner, convertidos en negociadores sin títulos lo han conseguido por más reuniones que se mantengan en los lujosos Palacios de las arenas dorados de los desiertos árabes. Lo mismo ocurre en Gaza y no parece que el jefe de la Casa Blanca vaya a convencer a los clérigos iranies. Cuatro años y millones de palabras no parecen suficientes.
Hace 47 años los llamados “padres de la Constitución” redactaron nuestra Carta Magna con un ojo mirando a los cuarteles y otro a la II República. Todos los partidos que habían conseguido representación parlamentaria en las elecciones de 1977 se pusieron de acuerdo para sentar las bases de un texto que debía unir a los españoles en una meta común y evitar más golpes de estado y más dictaduras, ya fuese blandas, como la de los generales Primo de Rivera y Berenguer, o duras como la de Francisco Franco. Partieron de un principio básico e intocable, sore el que se construyó el resto: España sería una Monarquía parlamentaria o no sería, con el Rey como jefe de las Fuerzas Armadas, un “pequeño detalle” que parece que más de un político de hoy ha olvidado.
El próximo día 22 de noviembre se cumplirán los 50 años del regreso de la Monarquía a España, pero no de la Democracia. Para que eso sucediera tuvimos que esperar otros 19 meses, hasta que el 15 de junio de 1977 se celebraran las prmeras elecciones con presencia de todos los partidos, incluído el Partido Comunista que encabezaban Dolores Ibarruri, como presidenta, y Santiago Carrillo como Secretario General. Ese tiempo es el que empleó Juan Carlos I para comenzar a construir el futuro de una Monarquía parlamentaria y constitucional y de una Democracia liberal basada en un texto que votaron la mayoría de los españoles.
A las ocho y media de la tarde del 23 de febrero de 1981 dos hombres hablan por teléfono. Uno, el Rey, está en el palacio de La Zarzuela; otro, el presidente de la Generalitat, está en Barcelona. Una frase queda grabada para la Historia de este país: “tranquilo Jordi, tranquilo”. Juan Carlos I intenta que el político que apenas lleva un año al frente del Gobierno catalán deje a un lado el miedo ante el intento de golpe de estado que está protagonizado el teniente coronel Tejero con su asalto al Congreso de los Diputados. Tardaría cinco horas más en tranqulizarse España.
Acutalmente se encuentra en posesión de la Funación Nacional Francisco Franco
En un adelanto de sus memorias admite que pensó que su exilio en Abu Dabi sería de unas semanas y que hubo presión del Gobierno
La Princesa de Asturias ya ha comenzado la tercera fase de su formación como futura Reina de España. Un paso más desde que jurara la Constitución ante las Cortes Generales, del mismo que lo habían hecho su padre y su abuelo. Un acto necesario para mantener la Monarquía Constitucional dentro de un Estado que padece los males de un desarrollo que intentó unir cuarenta años de franquismo con las experiencias y normas de la II República. Tres momentos políticos que serán la herencia que reciba Leonor de Borbón Ortiz.
Cataluña es una herida necrosada que tiene España desde hace tanto tiempo que se le ha olvidado como curarla. Distintos gobiernos, de distintos colores y en muy distintos momentos, han recurrido al mismo tratamiento: echar toneladas de antibiótico monetario sobre la piel abierta. Lo hizo la Monarquía de Alfonso XIII, lo hizo la II República, lo hizo la Dictadura de Franco y lo están repitiendo los dirigentes políticos desde 1977.
Ni el Partido Popular y sus dirigentes son franquistas, ni lo son los de Vox. El franquismo murió con Franco y lo hizo muy deprisa, casi sin darnos cuenta. De igual forma, las herencias de la II República y la oposición a la Dictadura durante los 36 años que duró no tienen nada que ver con las izquierdas republicanas de este primer cuarto del siglo XXI. Núñez Feijóo nunca podría ser Carrero Blanco, de igual forma que Santiago Abascal no podría ser José Antonio Girón y ni siquiera Blas Piñar. Tampoco puede ser Largo Caballero o Indalecio Prieto el presidente Sánchez, como no puede ser José Díaz o Santiago Carrillo el doblemente defenestrado Pablo Iglesias. Las comparaciones son tan obscenas como falsos los argumentos que se invocan en la actual guerra política. Hay varias derechas y varias izquierdas, de la misma forma que las hubo entre 1931 y 1939, pero ninguna de las de hoy tiene nada que ver con aquellas.
El Rey Juan Carlos quiere reconciliarse con los españoles con una larga confesión en forma de libro de memorias escrito por una mujer que encierra en su árbol familiar todas y cada unas de las contradicciones del último siglo. El hombre Juan Carlos no podrá nunca desprenderse del traje de Rey y menos de un traje dinástico que une a todas las monarquías europeas; ni Laurence Debray de las alargadas sombras de su padre revolucionario, guerrillero, socialista y filósofo arrepentido; y de un suegro que se empeñó en reinventar la esencia de la burguesía liberal europea. Si de verdad Juan Carlos I sueña en francés nadie mejor para interpretar sus pesadillas que esa quintaesencia de la élite francesa que es Laurence
Sentarse en un palacio construido a la sombra de la Inquisición, y en el que durante más de trescientos años se tejieron y destejieron todo tipo de conspiraciones que incluían el asesinato como arma de escalar hasta el poder y luego mantenerlo, es como sentarse en una butaca de cine para ver una película de Wes Craven, Darío Argento o Guillermo del Toro. El último en descubrirlo ha sido Juan Manuel Moreno Bonilla, el hombre sin atributos, el antihéroe, el político que parece sacado de la novela inacabada de Robert Musil y que habita entre las dos destemplanzas que definen a Sevilla y Andalucía.
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