Firmó un acuerdo de legislatura con Unidas Podemos en el que se incluían varias líneas rojas. La principal era y sigue siendo la derogación de la reforma laboral que llevó a cabo el Gobierno de Mariano Rajoy. Sabía que la mentira le alcanzaría más pronto que tarde. Así ha sido y hay que comprenderle. Entre mentir a las formaciones que están a su izquierda y mentir a la Comisión Europea, al Banco Central Europeo y al Fondo Monetario no existen dudas, sobre todo cuando su vicepresidente primero se llama Carlos Cuerpo y es capaz de mantener el mismo tono de voz para contestar a los ataques de la derecha.
Europa le ha amenazado varias veces, por activa y por pasiva, con parar parte del envío de los 140.000 millones acordados en los fondos de recuperación. Y sin ese dinero no habría salida para España del agujero de deuda en el que estaba.
Atrapado en ese universo de falsedades, que es una de las más ciertas verdades de la política, Pedro Sánchez espera siempre al último minuto del partido para intentar el gol del triunfo. Ninguna de las “cesiones” al independentismo vasco y catalán afecta al corazón del Gobierno y menos al del PSOE.
Si alguno de nuestros políticos quiere de verdad convertirse en un virtuoso en el arte de mentir, le puedo recomendar los mejores escritos que han aparecido a lo largo y ancho de los últimos quinientos años: empezaremos por Nicolás Maquiavelo, todo un clásico cuyos consejos no son solo para el “Príncipe”. Son aplicables tanto a nuestro presidente como a sus adversarios.
El escritor florentino, desde su exilio en la casona familiar de San Andrea in Percussina, le proporcionó la mejor de las excusas a cualquier gobernante: “respetar la palabra dada por un gobernante se considerará un síntoma de debilidad”. Tras esta sentencia, no es de extrañar que dos siglos más tarde un escritor y religioso irlandés y un filósofo y matemático francés escribieran dos pequeños opúsculos de título muy parecido: “El arte de la mentira política”. Jonathan Swift pasaría a la historia por sus “Viajes de Gulliver” y Nicolás de Condorcet lo haría por apoyar la Revolución francesa, para después enfrentarse a Robespierre e intentar salvar de la guillotina a Luis XVI.
La mentira ya era todo un arte en la vida pública, pues se trataba de hacer creer al pueblo las falsedades saludables que, en el fondo, perseguían un buen fin. ¿Es esa la razón, el argumento que emplea Pedro Sánchez cuando se sienta ante sus adversarios y cuando justifica sus actos entre los suyos?
Swift terminó su vida enfermo y al borde de la locura tras una intensa trayectoria como consejero político del partido tory británico, mientras criticaba a su propia monarquía. Condorcet fue más lejos y casi al mismo tiempo, tras establecer de forma matemática cómo las decisiones sucesivas y contradictorias de una misma mayoría terminan siendo contrarias al uso de la razón individual. Se le puso nombre a ese estudio sociológico y matemático: “la paradoja de Condorcet”. El presidente español puede utilizar su propia experiencia, recurrir a su vicepresidente primero y a su sociólogo de cabecera, y cambiar el apellido de la paradoja. Tal vez dentro de trescientos años sea estudiada en las universidades.