Fernando Grande-Marlaska, Carlos Cuerpo y Elma Saiz cumplen con el papel que tienen asignado, sin nada que les una. El primero quiere salvar la economía. El segundo, mostrar su capacidad de supervivencia. Y la tercera, intentar que las verdades del presidente se conviertan en verdades ciudadanas. Cuerpo lo está consiguiendo en una Europa que se cae a pedazos; Marlaska pelea con el ardor del sentenciado; y Saiz muestra cada día que ha perdido la batalla de la credibilidad.
El resto del Gabinete son los muertos vivientes de la guerra interminable a la que se enfrentan, cada uno pensando en su propio futuro, desde la viceoculta Yolanda Díaz hasta la candidata Mónica García o el agroaspirante Luis Planas. La búsqueda de un nuevo sillón laboral les mantendrá ocupados hasta los comicios de mayo.
Pedro Sánchez, le guste o no de forma personal, es un ejemplar humano formado en el cristianismo de base y en el catolicismo como evolución. Cree en los milagros, cree en la redención y hasta en el perdón social de los pecados. Su agnosticismo impregna toda su vida personal y política. Hasta es capaz de arrepentirse y sentir dolor en su corazón de hielo político. Para él, tanto Feijóo como Abascal son fariseos a los que vencerá de la misma forma que lo hizo en 2018 y en 2023. Tiene la esperanza como su gran aliada, la que le ha acompañado desde que puso sus ojos en el despacho de La Moncloa y su nombre en la lista de concejales del Ayuntamiento de Madrid.
Se imaginó como Aquiles y ahora prefiere el papel de Odiseo. Lástima que se quede en la primera parte del relato, hasta llegar a Ítaca, donde está. El héroe siguió su viaje, abandonó de nuevo a Penélope y a Telémaco y se fue a morir en las frías y lejanas tierras de los mares del Norte; las que ahora mismo no son navegables para sus ambiciones.