La realidad nos ha dado una paliza enorme y España va de susto a muerte sin solución a la vista. Hay que cambiar a lo bestia y esa herencia y ese compromiso son los que va a recibir el Gobierno que salga de las urnas a finales de noviembre. Tendrá que dotarse de la capacidad de gestión que no tiene desde hace años; de la capacidad económica que le den los Presupuestos Generales, de los que carece; y de la capacidad de convencer a los 50 millones de españoles de la necesidad de asumir sacrificios que sean ejemplares en función de las economías reales de cada grupo social y del tiempo en el que se vayan a producir.
España tiene sus estructuras básicas y constitucionales en mal estado. Está mal en su organización política; está peor en su sistema judicial; y aún peor en su deteriorado sistema autonómico. Los tres poderes que dieron sentido a las democracias occidentales se han quedado obsoletos ante la globalización tecnológica y el imparable avance de un compañero de futuro que nos adelanta sin esperarnos: la inteligencia artificial aplicada a todas las esferas de la actividad humana.
Demasiadas revoluciones al mismo tiempo que quieren cambiar nuestro anquilosado pensamiento y nuestros viejos usos y costumbres. En ese enorme océano, nuestro país se ha encontrado con el desconcierto, la incredulidad y el miedo. Los sueños y esperanzas de finales de los años setenta del siglo pasado se han quemado muy deprisa. El siglo XXI se presenta como un “asesino” implacable que no dialoga, que actúa, que se ha propuesto cambiar la libertad por la seguridad, un principio tan viejo como útil para todos los que consiguen poder y quieren mantenerlo.
Demasiados trenes al mismo tiempo. Demasiadas infraestructuras sin renovarse. Demasiados responsables sin la cualificación profesional necesaria. Demasiados políticos profesionales. Demasiados muertos que nunca deberían haberlo sido. No se puede empezar de cero, es un imposible. Hay que cambiar de forma ejemplar, con controles y dentro del campo de juego global en el que nos ha tocado vivir. El daño humano es irrecuperable. El daño al país apenas ha comenzado y veremos hasta dónde alcanza.