En la letra de “El muerto vivo” se cuenta la historia real de Blanco Herrera, que se fue de parranda, desapareció durante unos meses y, cuando su mujer, su familia y sus amigos le daban por muerto, allá por la Antioquia colombiana, regresó para pesar de todos los que habían celebrado el duelo. Es algo muy parecido a lo que está pasando en la vida política de España desde hace años y, muy especialmente, desde hace un mes, tras el ataque a la soberanía nacional con ochenta mil migrantes ocupando Ceuta durante 48 horas.
Al presidente del Gobierno le vienen dando por muerto político desde que logró perder por tres veces las elecciones generales y seguir gobernando gracias a la aritmética parlamentaria. Los escaños valen más que los votos en las urnas; este es el juego de la ley electoral y de la elección final del presidente. Entre ambas leyes, los acuerdos postelectorales convierten la llegada a La Moncloa —salvo mayoría absoluta— en una especie de segunda vuelta en las urnas.
Al colombiano Blanco Herrera le convirtió en canción universal el “Guapachoso” y, con todas las distancias, a nuestro presidente deberían colocarlo en el mismo escalón de méritos, de astucia o de equilibrismo político. Ninguno de sus antecesores en el cargo ha pasado por semejantes cedazos de “desgracias”. Ahora, de nuevo, ya le están preparando el funeral pese a mostrarse vivito y coleando. Él cree que no está amortizado y que no es sustituible como candidato.
Está muerto para una parte de los suyos y para una gran mayoría de votantes a día de hoy, pero serán los ciudadanos que vayan a las urnas en julio del año que viene quienes decidirán: mayoría absoluta para la derecha o suma dispar de escaños como la que le viene manteniendo desde 2018, tras la moción de censura.
Es evidente que Sánchez tiene una suma de problemas, pero los grupos políticos puede que acepten, por diversas y diferentes razones, que es el más idóneo para encabezar el futuro Gobierno. De la misma forma que el colombiano Herrera regresó “de entre los muertos”, Pedro Sánchez ya ha regresado del ostracismo varias veces.
En el Partido Popular dudarán hasta el último minuto, con la esperanza puesta en una mayoría absoluta en el Congreso o, al menos, en esa misma mayoría con apoyo de Santiago Abascal. Las últimas elecciones autonómicas ya han despejado el camino para esa alianza. La otra, la de la gran mezcla transversal, sería mucho más complicada. El destino es siempre caprichoso y, si se trata del que se pasea por la vida pública, aún más.