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Europa le recuerda a Putin la “Paradoja de Fermi” : no puede ganar la guerra de Ucrania
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Europa le recuerda a Putin la “Paradoja de Fermi” : no puede ganar la guerra de Ucrania

martes 25 de agosto de 2026, 14:11h

Aniversario de Estado en Ucrania y más visitas de mandatarios europeos a Kiev para mostrar su apoyo “todo el tiempo que haga falta” a Volodímir Zelenski. La trilogía que forman Alemania, Francia y, sobre todo, Gran Bretaña quiere ir más lejos militarmente y amenaza a Putin con darle al presidente ucraniano misiles de largo alcance con los que llegar a Moscú y San Petersburgo. Europa, la OTAN y, desde la retaguardia, EE. UU. quieren que Putin pierda la guerra y acepte una derrota, o que en el interior de Rusia surja un movimiento que expulse al actual presidente del poder.

Si se le puso el nombre de “paradoja de Fermi” a la imposibilidad de saber si existen o no otras civilizaciones en un universo que contiene dos billones de estrellas parecidas a nuestro Sol, podemos bautizar como “paradoja de Putin” el resultado de la guerra en Ucrania. Tras casi cinco años de combates y bombardeos selectivos, el hombre que se formó y creció en la antigua KGB ha actuado con “observaciones defectuosas e incompletas”. Cinco años que, en realidad, son muchos más, por lo menos desde la invasión rusa de Crimea.

Si Vladímir Putin pensaba que el Gobierno de Kiev se iba a desmoronar en pocas horas y que los militares ucranianos se rebelarían contra el presidente Volodímir Zelenski, para dejar paso a un político impuesto desde Moscú, mientras la Unión Europea se dividía entre la defensa de la democracia y la defensa de los intereses de cada uno de los países miembros, la realidad ya le ha mostrado que la teoría política y las ecuaciones de la física, como la que desarrolló diez años más tarde Frank Drake, no coinciden. Una lleva desarrollándose y sirviendo de base para el desarrollo de las distintas fases de la civilización en la Tierra desde hace diez mil años; la otra puede que se resuelva en el futuro sin fecha que tiene la exploración del universo.

El físico italiano, que desarrolló su teoría mientras trabajaba —otra paradoja de la Historia— en el Proyecto Manhattan que daría lugar a la bomba atómica, era un pesimista. Recibió el Premio Nobel y a los tres años murió de un cáncer de estómago. Pensaba que cuanto mayor es el desarrollo de una civilización, mayor es el riesgo de que sea violenta e intente imponer su forma de ver la vida sobre el principio de la utilización de la fuerza, hasta concebir la destrucción del adversario o enemigo como una ecuación que no tenía solución. No la tenía a mediados del siglo pasado y no parece tenerla en el primer cuarto del siglo XXI.

El presidente ruso, junto a Donald Trump, ya ha cambiado el futuro del mundo. Ese principio es innegable y demostrable, más aún con sus reiteradas amenazas de utilizar toda la fuerza de que disponen, incluidas las armas nucleares. Nada de combates estratégicos en la red, nada de realidad alternativa en el metaverso; ni siquiera soldados de carne y hueso, tanques y balas, misiles con alto poder destructivo y un país, Ucrania, que en el mejor de los casos terminará partido en dos. Puede que sea el primer escenario en el que los combates se produzcan entre humanoides. “Terminator” ya está aquí. Elon Musk quiere producir 27.000 androides al día y China acaba de demostrar que tiene un ejército de atletas de metal.

Con la invasión y la guerra en Ucrania, Vladímir Putin ha logrado que Europa vuelva a convertirse en víctima de la lucha por la supremacía mundial. El 24 de febrero de 2022 será recordado por ser el inicio de un cambio profundo en las relaciones internacionales, con el abandono del espacio que tenía el diálogo y el acuerdo entre países desarrollados para dar paso a la violencia física y al uso de las armas.

Putin, por formación y origen familiar y político, no cree en la democracia tal y como se entiende y se practica en Occidente. A su modo, es un nacionalista ruso que padece todos los síndromes acumulados desde que, primero con Gorbachov y luego con Yeltsin, desapareció la URSS y el segundo imperio que había nacido tras la II Guerra Mundial de la mano de Lenin, Stalin, Kruschev y Brézhnev. Los sóviets derrocaron al zar, pero quisieron mantener los dominios que había conseguido Catalina la Grande. Desde Siberia al mar Negro, desde las hoy repúblicas bálticas a las fronteras asiáticas de China.

El presidente ruso ya ha comprobado que sus análisis eran “defectuosos e incompletos”. La exministra de Exteriores Ana Palacio le ha definido con exactitud: “Putin no está loco, es un buen estratega y un magnífico táctico”. Lo que ocurre es que, para un uso correcto de ambas ecuaciones, se debe partir de buenos datos. El presidente ruso no los tenía todos. Tampoco la Europa de los 27 Estados, ni Estados Unidos. Está por ver si, finalmente, quien sí los tiene es la China de Xi Jinping. El anuncio de maniobras navales cerca de Taiwán por parte de su ministro de Defensa, apenas unos días más tarde de la invasión de Ucrania, y su anterior entrevista con su homólogo ruso llevan a pensar que el gigante asiático, el tercer actor en esta tragedia, que no ha salido a escena y permanece entre bastidores, puede aprovechar la oportunidad que esperaba e intentar incorporar a la isla al país del que la desgajó hace 23 años Chiang Kai-shek tras perder su batalla personal con Mao Tse-tung y el Partido Comunista.

Sumemos a su “interés patriótico” su interés económico y político y tendremos el retrato perfecto de Vladímir Putin. También descubriremos las razones que le llevan a emplear todos los medios a su alcance para no perder en su decisión sobre Ucrania, sabiendo ya que tampoco puede ganar. Ha roto de nuevo la Europa que heredó de Boris Yeltsin. Rehacer el sueño imperial de la zarina trescientos años después es imposible. Ella tuvo a Grigori Potemkin a su servicio y venció a todos sus adversarios de dentro y fuera de la Gran Rusia.

Este año se cumplieron ciento uno de uno de los grandes documentales de propaganda a través del cine, como fue El acorazado Potemkin, de Serguéi Eisenstein. Sirvió para que el Partido Comunista de Rusia defendiera la actuación de los sóviets contra los Románov. Puede que a Vladímir Putin le convenga recordar otro título del gran cineasta: La conjura de los boyardos.