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Feijóo tiene con Ceuta y ZP munición política que supera con mucho la del ático de Ayuso
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Feijóo tiene con Ceuta y ZP munición política que supera con mucho la del ático de Ayuso

lunes 24 de agosto de 2026, 13:53h

Era el más fiel de los aliados de Pedro Sánchez dentro del universo socialista hasta que se convirtió en el mayor de los lastres políticos. El expresidente era capaz de aparecer en los más variopintos escenarios nacionales e internacionales, desde Hispanoamérica a China. Con lo que no contaban ninguno de los dos era con que unas joyas iban a romper los discursos de la socialdemocracia frente al presidente de Estados Unidos. Regreso de La Mareta y cierre de filas obligado, de la misma manera que lo es el contraataque de Moncloa hacia el PP. La munición no es la misma. Ceuta, la inmigración y Marruecos son un problema de Estado; el ático de Ayuso es munición de pequeño calibre, que puede destruir el futuro de la presidencia madrileña, pero no el futuro de España.

Con el grave problema de Ceuta, que se sumará a los procesos judiciales que afectan de forma directa o estructural a Pedro Sánchez, el antiguo “Bambi” debería transmitirle al mejor de sus “alumnos”, con permiso de José Blanco, la historia de su propio y anunciado final en La Moncloa, aquel dos de abril cuando anunció que se marchaba y que nunca más sería el candidato del PSOE. Los pronósticos apuntaban a decisiones presidenciales que se tomarían tras las elecciones municipales y autonómicas de aquel 22 de mayo. Situación muy parecida a la actual. El presidente Sánchez no ha mencionado sus deseos de dejar el poder, que no parece tenerlos, pero mantener los sesenta escaños de sus socios tras los inevitables choques entre nacionalistas y el derrumbe de la izquierda se presenta como una misión de resistencia de “manual”, al alcance de muy pocos.

Son muchos en el PSOE los que opinaban y opinan que anunciar la marcha cuando aún quedan meses de Gobierno es un error, pues, de forma inmediata, quien lo hace se enfrenta a los “meses basura” de su mandato. Ya amortizado por los suyos y por los adversarios, se le mirará como a un “pato cojo” al que nadie hace caso y sobre el que todo el mundo dispara.

Esa cruel realidad ha acompañado a todos los presidentes del Gobierno de España desde el inicio de la democracia. Es fácil de comprobar, aunque las circunstancias de unos y otros fueran y sean muy diferentes: Adolfo Suárez anunció su marcha y se marchó por el bien de España; su sustituto, Calvo-Sotelo, aceptó serlo por un año, el tiempo justo de convocar elecciones tras el intento fallido del golpe de Estado, con un Landelino Lavilla de candidato que sería víctima propiciatoria para un PSOE cargado de ambición. Felipe González quiso marcharse en varias ocasiones, la última en 1992, cuando se lo comunicó a su partido y al rey —con el tándem Narcís Serra-José Bono de recambio—, pero no le dejaron. Se volvió a presentar y volvió a ganar, y todo cambió hasta el punto de que estuvo a un paso de revalidar el poder en 1996, con lo que eso hubiera significado para la modernísima historia de España.

A partir de ese momento, con José María Aznar en el Palacio de La Moncloa, se sabía que tras ocho años el líder del PP no se volvería a presentar. La duda estaba en quién sería su sustituto. Aznar eligió a Mariano Rajoy y cerró el paso a Rodrigo Rato, que era el gran favorito dentro y fuera del partido. El atentado del 11-M y la desafortunada reacción del Gobierno hicieron que los populares perdieran las elecciones y que José Luis Rodríguez Zapatero alcanzara el poder, como si se hubiese establecido un ritmo de entradas y salidas del Gobierno de los sucesores de Cánovas y Sagasta. Ahora me toca a mí, tras ocho años te toca a ti. Veremos qué pasa dentro de un año.

Justo en aquellos días recordaba con otros colegas de escritura las similitudes de la situación con lo acontecido en 1992: tal y como entonces, el presidente del Gobierno quería irse; tal y como entonces, el candidato a sustituirle era el vicepresidente político; tal y como entonces, aparecía en escena en posición privilegiada José Bono; tal y como entonces, en la trastienda de Moncloa estaba un “fontanero” tan cualificado como José Enrique Serrano; y tal y como entonces, España afrontaba una importante crisis económica. Se me dirá que, junto a las similitudes de entonces, hoy nada es parecido, que las diferencias son importantes, pero, tal y como entonces, todo parecía indicar que había llegado el momento de cambio de partido en el poder, con un Aznar y un equipo dispuestos a gobernar tras diez años de monopolio socialista. No pasó lo que parecía incuestionable: el PP volvió a perder, la atmósfera en el país se tornó tan irrespirable como en estos momentos y los ciudadanos se alejaron de unos políticos enfrascados en sus luchas internas y lejos de los problemas cotidianos de los españoles.

Se abrió un periodo complicado tras el anuncio de Rodríguez Zapatero. Él, personalmente, quedó libre para actuar sin mirar el calendario y sin tener que soportar las encuestas de cada día. Los aspirantes a su sucesión ya llevaban semanas moviéndose entre bastidores y siguieron haciéndolo de cara al futuro congreso que eligiera al cabeza de lista de las elecciones generales. En el PSOE, los ejemplos pasados de primarias nunca han sido buenos: ni con Borrell, ni con Almunia, ni siquiera con Rubalcaba y el propio Zapatero. Nada ocurrió como la dirección del partido quería, y las sorpresas fueron mayúsculas. Se abrió el camino para una nueva mayoría absoluta del PP con Mariano Rajoy de candidato, tras dos derrotas sucesivas.

El PP reaccionó como era de esperar: pidiendo elecciones anticipadas y olvidándose de que Aznar también dijo que se iba y nadie pidió que se convocara a los ciudadanos a las urnas. Hoy Núñez Feijóo y los suyos repiten la petición, esta vez más fundada dados los escasos 120 escaños con los que cuenta Sánchez y la necesidad de apoyos nacionalistas para mantenerse en La Moncloa. Ahora no toca; ahora toca que durante los próximos meses el Gobierno y su presidente se dediquen a gobernar y a poner en marcha todas las reformas posibles que necesita España. Que unos y otros se alejen del barrizal en el que están metidos y que la separación de poderes se convierta en una realidad.

Podemos recordar las palabras del entonces presidente del Banco Santander, Emilio Botín, durante una reunión de empresarios y financieros en La Moncloa. La inmensa mayoría de los allí presentes ya se había hecho la misma pregunta que se están haciendo ahora, en plenas fusiones globales y presentaciones récord de ingresos y beneficios: ¿en la situación actual, con la economía y las finanzas en el estado en el que están, qué estaría ocurriendo con el PP en el poder? ¿Se comportarían los sindicatos y los trabajadores de la misma manera? ¿Seguirían los jóvenes en sus casas, sin salir a la calle, con un paro difícil de calcular por los fijos discontinuos y sin nada claro su futuro? ¿Seguirían igual los nacionalistas de Junts, ERC, PNV o BNG frente al Estado y el poder central? Las dudas respecto a estos temas son muchas. Y hasta que el último voto salga de las urnas en las elecciones de Euskadi, Cataluña y europeas, e incluso después, existirán dos dudas: la primera, ¿se mantendrá Pedro Sánchez en La Moncloa si le abandona una parte de sus aliados en el Congreso? ¿Ganaría unas elecciones adelantadas Núñez Feijóo? Y la segunda: ¿desaparecerán de la escena política nacional los dos seguros perdedores de los próximos comicios, desde Podemos hasta Sumar, con la vicepresidenta segunda a la cabeza?