El problema de Francia es el mismo —o parecido— al que tienen en Dinamarca, donde se quiere volver a la vieja escuela del castigo corporal dentro de las aulas con los alumnos más díscolos. Podemos mirar a España y descubriremos que es lo mismo. La Europa democrática hace aguas por su propia descomposición “gracias” a la utilización que llevan haciendo los políticos de sus enormes prerrogativas. La principal: hacer lo que nunca han preguntado a los ciudadanos y tomar decisiones que afectan a la vida diaria y al futuro inmediato.
La hucha de las pensiones no existe. Necesita 120.000 millones de euros para atender la mayor demanda de una población envejecida y una inmigración que ha aumentado de forma natural las exigencias sociales, desde la vivienda hasta la sanidad y la educación. La España del siglo XX no existe y cada día se aleja más de los usos y necesidades que tenían los ciudadanos. Con perseverancia, desde los tiempos de Mariano Rajoy y hasta los de ahora con Pedro Sánchez, el fondo que las garantizaba se ha gastado en tapar otros agujeros, desde la militarización de la economía por las guerras de Ucrania y Palestina hasta la cobertura del paro y las ayudas a las familias consideradas más vulnerables, entre las que predominan las inmigrantes, ya sean legales o ilegales.
Lo mismo cabe decir de la sanidad, que está colapsada, tanto la pública como la privada; y del acceso a la vivienda —tema estrella para la campaña electoral— por parte de los más jóvenes, por un lado, y del mantenimiento de los mayores en los domicilios en los que llevan viviendo toda su vida, para evitar expulsarles y así poder utilizar los inmuebles para subidas de precio o dedicarlos a viviendas de uso turístico.
Si somos generosos, podemos achacar al cambio climático las inundaciones que se sufren, sobre todo, en la costa mediterránea. No es verdad. El problema está bajo el suelo, con estructuras de desagüe que son pequeñas, viejas y sin limpieza, incapaces de acoger ese caudal de agua que llega en pocos minutos.
España necesita un gran pacto político y no una fratricida batalla partidista. Sea quien sea el ganador electoral el 29N, las tareas necesarias para cambiar todo lo que no funciona y para que no vuelvan a ocurrir sucesos como los que vemos cada día serán una de las primeras cuestiones que tratar, tanto en el Congreso de los Diputados como en cada autonomía y cada ayuntamiento. La España real no puede mirar a la España política y sumar decepciones. Salvo que se quiera que las imágenes de Francia se trasladen a nuestras calles.