Ella quiso centrar su batalla política en Pedro Sánchez y no en ninguno de los portavoces del PSOE, Sumar y Podemos en la Asamblea de Madrid. Isabel Díaz Ayuso decidió, desde su llegada al poder en la Comunidad, que su rival era el presidente del Gobierno. Acertó. Dejó en un segundo nivel a quienes debían ser sus rivales políticos. Así se convirtió en referencia nacional e incluso internacional como el rostro de la nueva derecha española, por encima de Pablo Casado y de Alberto Núñez Feijóo. De forma consciente, se convirtió en el blanco de los ataques de toda la izquierda. La estrategia le ha funcionado hasta ahora.
La fotografía y la nota oficial de la reunión del Rey con los mandos militares “ operativos” en el palacio de La Zarzuela, acompañado por la ministra de Defensa es todo un mensaje sobre lo ocurrido en Ceuta.
El presidente del Gobierno se ha quedado sin Gobierno. Apenas le acompañan tres incondicionales y tres que asumen su obligación ministerial con mayor o menor fortuna. El resto se encuentra refugiado en sus despachos a la espera del final de la legislatura. Óscar Puente, Félix Bolaños y Óscar López están dispuestos a defender al “jefe” hasta las últimas consecuencias, como si estuvieran viviendo los últimos días de Numancia o del Alcázar de Toledo. Serán suicidas o héroes cuando las urnas señalen al vencedor. Puente confunde a los molinos con gigantes; Bolaños escribe con tinta invisible las mentiras de cada día; y López ya ha descubierto que no logrará sentarse en el sillón presidencial de la Comunidad de Madrid.
El Gobierno —si es que se puede hablar de Gobierno de forma global en estos momentos— no supo reaccionar ante la “violación y ataque a la integridad territorial de España” que sufrió nuestro país, concentrada en Ceuta durante el 30 y 31 de julio, por parte de 80.000 personas que cruzaron la frontera por el espigón del Tarajal. A partir de ese dato, todo lo que ha ocurrido después se explica por el uso desmedido e interesado que ha hecho el Partido Popular para acabar con Pedro Sánchez y llevar al presidente a marcharse o a convocar elecciones anticipadas.
Aniversario de Estado en Ucrania y más visitas de mandatarios europeos a Kiev para mostrar su apoyo “todo el tiempo que haga falta” a Volodímir Zelenski. La trilogía que forman Alemania, Francia y, sobre todo, Gran Bretaña quiere ir más lejos militarmente y amenaza a Putin con darle al presidente ucraniano misiles de largo alcance con los que llegar a Moscú y San Petersburgo. Europa, la OTAN y, desde la retaguardia, EE. UU. quieren que Putin pierda la guerra y acepte una derrota, o que en el interior de Rusia surja un movimiento que expulse al actual presidente del poder.
Sánchez, su Gobierno, el PSOE, la izquierda y los nacionalistas que le mantienen en el poder desde 2018 no saben qué hacer con Marruecos. Tampoco lo saben Feijóo y Abascal, que desde la oposición en la que viven ofrecen cada día un imposible. Ceuta y Melilla son la parte más importante del problema, al ser la zona de España más amenazada.
Cada desastre es una oportunidad, cada desgracia colectiva se convierte en munición política, cada cifra económica en un argumento electoral. Los dos grandes partidos de nuestra democracia se están jugando las victorias o las derrotas entre la primavera y el verano de 2027, y no existe la tregua veraniega. Llegará septiembre y los graves problemas europeos nos volverán a golpear con fuerza, con decisiones que mandarán miles de millones a la guerra de Ucrania —17.000 millones de euros de España a fondo perdido— y no a Ceuta, con ausencia de medidas de largo alcance para combatir la progresiva sequía y los eternos incendios.
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Desde el despacho del presidente de Castilla-La Mancha se ven con claridad los cigarrales que se extienden hacia los Montes de Toledo. Fuensalida, antes de convertirse en sede de la presidencia autonómica, fue palacio ocasional para la emperatriz Isabel de Portugal, muerta tras dar a luz al último de sus siete hijos, que también falleció. Antes y tras casarse con el emperador Carlos V, tuvo que ejercer de regente de las coronas de Castilla y Aragón. Amor, poder, negociación y muerte están escritos en sus paredes. Esa es una parte de la vieja historia.
A tres escaños de la mayoría absoluta, con más del doble de votos que los obtenidos por la hasta ahora gobernante Democracia Cristiana, cinco veces más que el Partido Socialdemócrata y casi el doble que todo el conjunto de la izquierda de Sajonia-Anhalt, la “Alternativa por Alemania”, liderada por Ulrich Siegmund, ha lanzado al resto del país el mismo mensaje, con una participación récord del 78 %: estamos hartos del Gobierno de Friedrich Merz, estamos hartos de este “desvío” de la democracia, no nos representa y queremos, exigimos, un cambio.
El miércoles, 2 de septiembre, se van a celebrar los mayores actos de afirmación española de los últimos cincuenta años “gracias” al asalto de 80.000 personas sobre Ceuta. Y ese mismo día, a las mismas horas y en los mismos sitios, se va a gritar contra el presidente del Gobierno más que nunca en los últimos 50 años.
La historia política de Pedro Sánchez está explicada en una canción sudamericana convertida en rumba. Si rescatamos la memoria musical de hace sesenta años, veremos que un día de 1966 el cantante catalán y gitano Pedro Pubill Calaf estaba escuchando discos cuando descubrió, en una grabación de un artista cubano conocido en la isla como el “Guapachoso”, un tema que se convirtió en éxito durante cuarenta años. Lo había compuesto un año antes el colombiano González Arenas y, con la voz y la guitarra de Peret, pasaría de son a rumba hasta llegar, en 2008, a Serrat y Joaquín Sabina.
Era el más fiel de los aliados de Pedro Sánchez dentro del universo socialista hasta que se convirtió en el mayor de los lastres políticos. El expresidente era capaz de aparecer en los más variopintos escenarios nacionales e internacionales, desde Hispanoamérica a China. Con lo que no contaban ninguno de los dos era con que unas joyas iban a romper los discursos de la socialdemocracia frente al presidente de Estados Unidos. Regreso de La Mareta y cierre de filas obligado, de la misma manera que lo es el contraataque de Moncloa hacia el PP. La munición no es la misma. Ceuta, la inmigración y Marruecos son un problema de Estado; el ático de Ayuso es munición de pequeño calibre, que puede destruir el futuro de la presidencia madrileña, pero no el futuro de España.
Ceuta es el último punto de apoyo de la derecha española para atacar al Gobierno de Pedro Sánchez, mientras a los inmigrantes se les cambia de sitio, pero el problema permanece. Solidaridad a la que renuncian de forma clara Feijóo y el PP, y solidaridad en la que se refugia la izquierda para aplazar el problema real. La inmigración era y seguirá siendo un problema en Europa, y esa misma Europa ha dejado de ser solidaria. No puede, ni se atreve, a decir a sus ciudadanos que quienes huyen de la miseria son tan seres humanos como ellos mismos y que el problema económico de fondo no son los inmigrantes, sino el reparto de la riqueza, ya sea esta liberal o supuestamente marxista.
Creer, pensar e intentar que la mayoría de los españoles piense que la crisis de Ceuta —con ese salto y marcha atrás de 70.000 personas— se ha producido por la mala gestión del actual Gobierno de Pedro Sánchez es una de esas mentiras que se basan en la ignorancia y en el “todo vale” para ganar el poder desde la victoria en las urnas. Ceuta, al igual que Melilla, son un problema para España desde hace más de tres siglos. Basta con un breve recorrido por la deficiente Historia que nos enseñaron y nos siguen enseñando, desde la ESO a la Universidad.
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