Es un juego con varias trampas. En el Partido Popular se escudan en que no tienen los votos suficientes en el Congreso para ganar una moción de censura que llevaría a esas tan solicitadas elecciones. En Vox son los únicos que no tienen ese problema: sus votos apoyarían al candidato popular. Lo mismo cabe decir de UPN y de Coalición Canaria. A partir de esa realidad de 172 escaños, las mentiras siempre son las mismas por parte del PNV y de Junts: no podemos votar junto a Vox por miedo a nuestros electores en Euskadi y Cataluña.
La derecha global española, la que se siente española y la que no se siente, necesita a Santiago Abascal para pedir sin dar un paso; para hablar de necesidad nacional, pero sin arriesgar lo más mínimo; para insistir en la pésima situación de España sin dar un solo paso para cambiarla. Alberto Núñez Feijóo no quiere una derrota en el Congreso y busca en el Senado un camino que no lleva a ninguna parte: la meta, que es la renuncia de Sánchez o su “muerte” a manos de sus compañeros del PSOE más díscolos, no se va a producir. Se trata de desgastar al adversario para que sean las urnas las que le den el ansiado triunfo.
Sueñan y desean en el PP conseguir la mayoría absoluta, con el mismo miedo en el cuerpo que tienen en Extremadura, Aragón, Castilla y León y Andalucía. Necesitan a Vox y no quieren depender de Vox. Critican a Vox y pasan a defender sus alianzas. En ese círculo de intereses a futuro y miedos al presente se mueven.
En el Partido Nacionalista Vasco, a quien temen es a Bildu; por eso no quieren aparecer al lado de Vox en ninguna votación. Piden elecciones pese a gobernar con la ayuda del socialismo en Euskadi. Hacen una pregunta y una petición sabiendo la respuesta a ese examen con trampas que le plantean a Pedro Sánchez. Y lo mismo cabe decir, pero peor, de los fieles al decadente Puigdemont. Trampas en el Congreso para votar junto al PP —y harán lo mismo en el Senado— y decir que son la mayoría de los parlamentarios los que piden elecciones generales, algo que no se contempla en la Ley Electoral. Más humo y más temor a las consecuencias en sus autonomías.