19/04/2010.- Se ven, se miran y se hablan en encuentros públicos ya sea en su mutua soledad o rodeados de los más fieles de su tribu. Serían un buen equipo desde las grandes diferencias que les separan y unidos por la ambición y la energía que deben tener los líderes, pero ninguno de los dos quiere ser el segundo del primero. Fueron iguales en los lejanos tiempos ya de aquel alcalde llamado José María, y los entrelazó otro José María en este nudo gordiano de las Españas que es Madrid para desesperación y sorpresa de sus propios destinos. Esperanza Aguirre y Alberto Ruiz – Gallardón han convertido sus enfrentamientos en un derby tan clásico como los Madrid – Atlético hasta el punto de que si dejaran las espadas a un lado a los demás nos faltaría algo, un escalofrío producto de la ansiedad, un “mono” de adrenalina, un deseo inacabable e inabarcable de nuevas y más feroces embestidas.
Son dos solitarios que no pueden vivir sin la compañía del resto de los mortales. Cuanto más aumenta su sensación de soledad más recurren al halago, a la crítica, al premio o al castigo de y entre sus fieles. A fuerza de ser distintos han terminado pareciéndose y a fuerza de querer separarse ya son las dos caras de una misma moneda. En ellos y alrededor de ellos se encuentra y se hace carne la propia esencia del Partido Popular de este tiempo. Mucho más que con y en Rajoy; mucho más que con y en Dolores de Cospedal. Tal vez por eso dentro y fuera de su partido se les quiere y se les teme a partes iguales. Tal vez por eso, algún día, ya cansados de desgastarse mientras otros asaltan y se apoderan del deseado trono, se sienten a hablar y se sequen las lágrimas que la soledad siempre reclama. Rodeados de empresarios y de crisis, y de los suyos con los otros antes de hacer el paseíllo de la siempre agradecida fama, ofrecieron su retrato madrileño a la cámara de Rafael en dos tiempos pero sin rendición de ejércitos, ni llaves que entregarse pues no tienen señor al que servir, que se sienten de siempre señores de ellos mismos. Se sabían en terreno amigo por más que uno renunciara a la sonrisa y otra recompensara con ella a quienes ella quería. Recibieron todos los elogios posibles, lanzaron los mensajes que debían, tuvieron las confidencias obligadas, los acercamientos de moscas golosas que manda la tradición y buscaron esos dos minutos de solos los dos con el anagrama de CEIM convertido en horizonte antes de que los venables de Francisco Granados y Manuel Cobo atravesaran los aires. Se sienten y se confiesan sin adversarios políticos en el exterior y con muchos y a veces mutuos compañeros enemigos en el interior. Están cansados. Se les nota y mucho. Tanto o más que sus segundos y hasta sus terceros mandos en plaza. Ya no existen los tiempos muertos en la agotadora carrera de las urnas. Cada día se ha convertido en un voto, en un reto, en un adiós y en un miedo. Pueden descargar iras y sueños con un hierro siete en la mano o devorando carreteras subido a una Harley Davidson. Les vendría bien, muy bien sentarse sillón con sillón a escuchar a Hëndel con un Fonseca Vintage 1977 llenando de sabores sus bocas. Propongo que escojan el Mesías, es casi obligado, y que entre todos los textos bíblicos que escogió Charles Jennens se queden con el del Apocalipsis del final del segundo acto. Siempre encontrarán consuelo.
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