Instalado en la localidad de Waterloo, en Bélgica, iba recibiendo a los emisarios que le enviaban desde Madrid y dirigía con mano dura a su partido, sin dejar que ninguno de sus dirigentes pudiera arrebatarle esa posición de privilegio. Su ausencia era una sombra que ha planeado sobre el Congreso nacional y sobre el Parlament catalán; ha dirigido a Laura Borràs y a Jordi Turull, ha ninguneado a Jordi Sànchez, ha impedido el regreso de Artur Mas a la primera línea de la política catalana, ha contemplado desde la distancia el final político de Jordi Pujol y tiene en Míriam Nogueras a la mejor de sus espadachines para ensartar al presidente del Gobierno, se llame Mariano Rajoy, Pedro Sánchez o mañana Alberto Ruiz-Gallardón.
Su enemiga interior era Sílvia Orriols y ahora se va a convertir en su gran aliada para mantener la presencia de Junts en Madrid con siete u ocho parlamentarios, que ya ha dicho que no apoyará la investidura de ninguno de los dos favoritos. Su objetivo es molestar e impedir que las relaciones entre Cataluña y el resto de España transcurran con normalidad. Desea volver a la presidencia de la Generalitat cuando Salvador Illa dé por terminada la actual legislatura y, para conseguirlo, espera contar con los votos de Aliança Catalana y con los de ERC, pese a su distanciamiento de Oriol Junqueras. El independentismo y una nueva hoja de ruta van a ser el pegamento de la futura alianza.
El líder indiscutible de Junts ya ha conseguido que legalmente pueda regresar a España gracias a la última sentencia del Tribunal Constitucional, que el juez Llarena no ha tenido más remedio que acatar. Vuelve como vencedor y no como vencido, con un PSC y una izquierda española que no tienen la unidad necesaria ni la voluntad requerida para contener sus antiguas y renovadas ambiciones. Las últimas encuestas en Cataluña reflejan el empate que tendrían el PSC y Aliança, mientras que tanto PP como Vox regresarían a sus peores resultados, con la CUP en tierra de nadie y Esquerra Republicana obligada a elegir entre apoyar al socialismo de Illa —que tiene un gen independentista en su propio ADN— o sumarse a un tripartito que vuelva a plantear otro referéndum sobre la independencia.
Si en la vida política el regreso de Puigdemont ha alterado los inestables equilibrios existentes, lo mismo está haciendo en el mundo económico y financiero, desde el Foment del Treball que comanda Josep Sánchez Llibre al Círculo de Economía de Javier Faus y Teresa García-Milà. En el centro de todas las estructuras de poder se mantiene el grupo que forman CaixaBank, la Fundación y Criteria, con Naturgy en uno de sus costados; y el Sabadell de Josep Oliu buscando acuerdos externos para evitar una nueva OPA como la que le lanzó el BBVA.
Los números suelen esconder tanto la verdad que terminan cambiándola: en Cataluña solo el 0,8% de los 50 millones de españoles que habitan en nuestro país quieren abandonar su actual nacionalidad y han convertido, desde los lejanos tiempos de Pujol y Duran Lleida negociando con Suárez, con González, con Aznar, con Zapatero, con Rajoy y con Sánchez, el chantaje en una forma de vivir. La actual y mala ley electoral les ampara y no parece que ni el PSOE ni el PP estén dispuestos a cambiarla. Sin su acuerdo no se puede. Simples matemáticas.