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Las futuras elecciones llegarán cargadas de las mismas ideologías que convirtieron a Europa y a España en territorios de cautivos militares
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Las futuras elecciones llegarán cargadas de las mismas ideologías que convirtieron a Europa y a España en territorios de cautivos militares

lunes 31 de agosto de 2026, 12:07h

Será importante el resultado de las elecciones generales del próximo julio. Más, incluso, de lo que lo fueron en ese mismo mes de 2023. A nivel nacional y por el reparto del poder dentro y fuera de los partidos y del propio sistema financiero y económico. Las ideologías centenarias han regresado de la peor forma posible.

En España estamos dentro de la mayor crisis política de los últimos años, con una “amenaza exterior” que es difícil de controlar y responder ante ese nuevo escenario bélico que son las redes sociales y la inteligencia artificial. La vigilancia y las normas del BCE y del FMI no permiten grandes cambios. Y lo mismo cabe decir si se abordan las relaciones internacionales, gane quien gane y gobierne quien gobierne. Pedro Sánchez tiene limitadas sus capacidades de maniobra y, si su sucesor es Núñez Feijóo, el presidente del PP se encontrará con la misma herencia envenenada —Marruecos— que recibieron sus antecesores.

Tan importante es todo lo que va a suceder hasta el final de este 2025, con un calendario judicial que llevará a los dos grandes partidos y, sobre todo, al PSOE a desgastar aún más su imagen ante los ciudadanos. En las declaraciones de los dirigentes políticos se comprueba una reactivación con fuerza de los fantasmas de hace un siglo: comunismo, imperialismo, fascismo, como si los responsables públicos no hubieran aprendido nada de la historia, tan cargada de dolor y muerte para millones de personas bajo la excusa de ideologías salvadoras. Convendría que lo hicieran para evitar más destrucción en la vieja Europa.

No está de más —ni de menos— recordar que en febrero de 1848 Carlos Marx y Federico Engels publicaron en Gran Bretaña, y por primera vez, El manifiesto comunista. Ni sus ojos, ni su capacidad de análisis, ni sus deseos acerca del papel de la clase obrera en su lucha contra el capitalismo explotador miraban, veían o soñaban con Oriente. Se estrellaron sus profecías contra la Rusia que cambiaría Lenin y la China que transformaría Mao, que no eran precisamente dos naciones industrializadas ni contaban con una clase media y unos obreros sedientos de protagonismo histórico, como defendían los dos pensadores.

Un siglo más tarde, los proletarios —sobre todo los que llegan a la Europa democrática desde África, Hispanoamérica e incluso Oriente Medio— no son dueños de sus destinos, y los dirigentes de los respectivos partidos comunistas se han transformado en los nuevos zares y emperadores de unos países condenados a admitir, cooperar, adaptarse y copiar del malvado capitalismo de Occidente. Aquel fantasma, llamado comunismo, que quería recorrer Europa quedó enterrado entre los cascotes y el cemento del muro de la vergüenza que dividió en dos a Alemania, la misma Alemania que en 1989 se puso a trabajar en su reconstrucción gracias al esfuerzo de sus ciudadanos, al dinero común de una Europa que ansiaba una política monetaria integradora y a una apertura a nuevos mercados que llevaron, entre otras cosas, a una nueva guerra en los Balcanes que destrozó el precario equilibrio regional salido de la llamada II Guerra Mundial. Y consiguió convertir en pedazos y en miniestados a alguno de los países que querían liderar esa Centroeuropa independiente tanto de Moscú como de Berlín.

Siglo y medio después, el mundo que conocían los dos pensadores alemanes ha cambiado por completo a través de guerras, revoluciones, golpes de Estado, inventos sorprendentes y nuevos protagonistas a nivel mundial que se empeñan con singular esfuerzo en evitar que se cumpla la parte más viva y vigente de los “autores” —me permitiré colocar a Engels como coautor de la obra— de El capital: aquella que se refiere a la evolución de la economía a través de los oligopolios financieros que buscan someter, controlar y estar por encima de los Estados y de las instituciones democráticas burguesas —parlamentarias— que se han dado por la fuerza y los deseos de la evolucionada clase media de los países desarrollados.

España en aquellos tiempos era una monarquía, con una reina de trece años, Isabel II, y un militar como Ramón María Narváez al frente del Consejo de Ministros, que se enfrentaría a varios conatos revolucionarios al igual que pasaba en el resto de Europa. Eran protestas que tenían su origen en la subida de precios, la ruina de los pequeños empresarios y comerciantes, y las quiebras de entidades financieras. Todo ello ambientado por un fuerte crecimiento de los nacionalismos, por un lado, y de la emigración, por otro. Situaciones que hoy nos parecen muy cercanas.

La época que Benito Pérez Galdós retrata a través de José García Fajardo, el protagonista de Las tormentas del 48, es la de una España que duda de sí misma, que duda de la Corona, que duda de sus gobiernos, que se desencanta de sus dirigentes políticos, que ve cómo se empobrece su población y que mira a los movimientos revolucionarios —a los que Carlos Marx quiere dotar de un cuerpo doctrinal y filosófico— como la única salida a sus males.

No tenemos en la España actual la lucha de “espadones”, desde Narváez a Espartero, pasando por Prim y O’Donnell, que a mediados del siglo XIX hizo que algunos gabinetes duraran apenas dos días; pero, si se repasa la historia, se verá que en aquel año del nacimiento de El manifiesto comunista las llamadas revoluciones se sucedieron desde finales de marzo a septiembre en grandes ciudades como Madrid, Barcelona o Valencia.

Ni las manifestaciones del fin de semana ni la huelga general convocada para el día 29 contra la reforma laboral tienen aquel carácter revolucionario, pero obedecen a climas sociales de descontento, de desesperanza, de falta de futuro entre capas cada vez más extensas de población. La crisis financiera es más dura que aquella, el empobrecimiento de la clase media es evidente, la monarquía democrática se enfrenta a su peor crisis, la popularidad de las instituciones que conforman y organizan la vida pública está por los suelos, y una Europa sin liderazgos se empeña en combatir la crisis con unas medidas que ya han fracasado por más cambios que se han hecho.

Lo más objetivo de todo el conjunto de males que nos cercan es que la Alemania que necesitaba implantar su modelo económico a nivel continental para poder competir con las otras zonas del mundo ya lo ve como imposible. Y ese fracaso, que se extiende al resto de los países de la Unión, con euro o sin euro, nos puede llevar a todos a la ruina social.

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