Para Pedro Sánchez y para el PSOE, la confirmación de que los ciudadanos andaluces le han dado la espalda al partido que les gobernó durante 27 años y a la izquierda en general le obligará a cambiar de estrategia en sus apoyos para acabar la legislatura actual, pero, sobre todo, para intentar que la caída del bloque de Sumar no le impida conseguir nuevos pactos como el que alcanzó en 2018 y que le han llevado a ser el segundo presidente que más tiempo lleva en el poder, tan solo por detrás de Felipe González, y con la diferencia de que no ha necesitado vencer en ninguna de las elecciones a las que se ha presentado. Suma de derrotas frente a suma de años en La Moncloa.
Es difícil que la otra izquierda, la de Sumar, Izquierda Unida, Podemos, Más Madrid y Verdes, consiga dejar atrás su pasado cainita y prescinda de sus actuales dirigentes para buscar una alianza global que deje las siglas y las historias personales en un segundo lugar. Lo ocurrido hasta ahora le demuestra que concurrir por separado le hace perder votos y escaños, pero sus líderes prefieren mantenerse al frente de cada una de las formaciones antes que dejar espacio a sus adversarios internos. No les separan los programas ni las ideas; les separan los egoísmos.
En el terreno de la derecha, Santiago Abascal sabe que ha llegado a su techo político, que no va a pasar por encima del PP, ni con Feijóo ni con otro posible dirigente que esté en el futuro. Tendrá que conformarse con lo que consiga en cada territorio y esa perspectiva le llevará a ir perdiendo poder y votos. La integración futura será como un fantasma que se le aparezca en cada cita electoral, ya sea municipal, autonómica o nacional, con el añadido de que Vox, en algunas autonomías, no tiene ninguna relevancia en los repartos de escaños y poder.