Si Moreno Bonilla consigue la mayoría absoluta, la posición de Montero, dentro y fuera del PSOE, será insostenible. Si, además, obtiene menos votos y escaños que su antecesor en las elecciones autonómicas, no habrá excusas. Será su derrota y, por extensión, la de Pedro Sánchez: la peor de las medallas posibles y otra vía de agua para el futuro del actual inquilino de La Moncloa. A Pilar Alegría se la ha olvidado y de los candidatos del socialismo derrotados en Extremadura y Castilla y León se sabe menos aún. Están más que amortizados. Andalucía era, junto a Cataluña, la gran reserva de votos del socialismo hispano, que ha desaparecido en el sur y deja a Salvador Illa como el único de los barones con proyección nacional e internacional.
El próximo lunes aparecerán los díscolos compañeros de partido de Sánchez y sus rivales, que no han parado de criticarle durante toda la legislatura, con Emiliano García-Page al frente. Volverán a pedir que se convoquen elecciones internas y que se cambie de estrategia. No lo lograrán. El presidente del Gobierno está decidido a resistir todo el tiempo que haga falta y a esperar que el tiempo cure sus heridas políticas y personales. La pregunta principal, que ya se habrá hecho, es: ¿me interesa cambiar el Gobierno para bajar el número de ministros e, incluso, modificar el equilibrio de la coalición que habita en su interior? El sí es menos peligroso que el no. El cansancio social aumentará y el panorama judicial no le acompañará.
En el Gobierno ya no esperan milagros y, en su propio y largo adiós, irán desprendiéndose de lo que consideren un lastre para su futuro político. También en este caso, los resultados del resto de la izquierda en Andalucía serán importantes, no por sus efectos en la gobernanza de la autonomía, que seguirá en las mismas manos, sino por las posibles negociaciones para mantener la inestable mayoría parlamentaria y evitar el adelanto electoral.