Cada desastre es una oportunidad, cada desgracia colectiva se convierte en munición política, cada cifra económica en un argumento electoral. Los dos grandes partidos de nuestra democracia se están jugando las victorias o las derrotas entre la primavera y el verano de 2027, y no existe la tregua veraniega. Llegará septiembre y los graves problemas europeos nos volverán a golpear con fuerza, con decisiones que mandarán miles de millones a la guerra de Ucrania —17.000 millones de euros de España a fondo perdido— y no a Ceuta, con ausencia de medidas de largo alcance para combatir la progresiva sequía y los eternos incendios.
Dejarán los responsables políticos que el futuro se convierta en pasado y que aceptemos los ciudadanos como inevitables medidas que pensábamos haber conquistado. Nos propondrán, como están haciendo en Alemania, que toda inmigración irregular —con independencia de la edad y el género— sea expulsada, y esos nuevos deseos armamentísticos de reimplantar el servicio militar obligatorio y las jornadas de ocho horas y siete días a la semana. Con el añadido de que se envíe fuera de las fronteras de la Unión Europea a quienes han llegado, a sus países de origen o a terceros que acepten recogerlos: el modelo italiano, que no le está funcionando a Giorgia Meloni, pero que se quiere imponer en el resto de los países.
Si Pedro Sánchez se mantiene de vacaciones y se editan de forma chapucera algunos de sus vídeos, se le ataca sin piedad; si Isabel Díaz Ayuso intenta sacar el pie —la pata— de la compra de un ático en Chamberí, se intenta que le resulte imposible. A los dos lados de la red se colocan los seguidores de uno y de otra, con muy notables silencios de aquellos que deberían pronunciarse y aprovechan las vacaciones para olvidarse de que los gestores de la “cosa pública” están obligados por unas normas que no tenemos el resto de los ciudadanos. Siempre aparece un nuevo peldaño con el que subir hacia el ansiado Olimpo del poder: miles de hectáreas que son tragadas por el fuego, proyectos de reconstrucción que avanzan al ritmo de los caracoles, seísmos que originan más miedos… Todo suma en las guerras.
Septiembre y el nuevo curso ya aparecen en el horizonte con nuevos y viejos problemas que atizarán los deseos mutuos de destrucción de la convivencia. Los fuegos físicos dejarán paso a la reactivación de los fuegos judiciales, y las necesidades sociales de miles de inmigrantes que buscan una vida mejor en España y en Europa tras huir de sus países se encontrarán con que el “paraíso europeo” no existe. Son simple munición electoral que sirve a los que gobiernan y a los que están en la oposición.
Es un combate de los dos pesos pesados de nuestra democracia, con el resto de compañeros mirando desde los asientos preferentes en los que están instalados. Desde la derecha, Vox ansía que el PP nunca alcance la mayoría absoluta y se vea obligado a pactar; desde la izquierda, se sueña con acuerdos casi imposibles y con el beneficio que puede trasladarse a ese hermano mayor que es el PSOE; y los nacionalistas más o menos radicales se disponen a presentarse en el zoco de los asientos parlamentarios para ofrecer los suyos al mejor postor.