RAUL HERAS

La palabra maldita que explica las guerras entre los partidos y el recelo entre las 17 Autonomías

Raúl Heras | Lunes 20 de julio de 2026

La alegría nacional por la victoria futbolística durará apenas 48 horas. Ganó la España plurinacional y el ejemplo de la unión de vascos, catalanes, andaluces y castellanos para ganar el Mundial se perderá en la lucha política y en los tribunales.



La ceguera o la estupidez de los políticos en esta España tan mal cosida desde hace 500 años ha logrado que una simple palabra se convierta en una de las claves para entender lo que nos sucede como pueblo. Explica los chantajes perpetuos de Puigdemont; explica los pactos de Gobierno entre partidos y dirigentes que días antes los colocaban como imposibles; y explica la debilitada presencia de nuestro país en los foros internacionales. Ser español y hablar español era un buen pegamento de nuestra historia; hoy es una cualificación partidista entre la derecha y la izquierda. Un disparate que se enlaza con la solidaridad imprescindible y con la necesidad de tener y aceptar que quienes no somos nosotros tienen los mismos derechos y obligaciones.

Se redactó mal la Constitución en todo lo referente al idioma y las lenguas del Estado. La palabra español significa unidad, proyecto común; articula el pasado con el futuro. Y conviene que cada una de las divisiones políticas e ideológicas piense en sus responsabilidades.

La izquierda española en su conjunto y todos los nacionalistas con presencia en el Congreso de los Diputados votaron a favor de colocar el bable asturiano al mismo nivel que el catalán, el vasco y el gallego. 191 votos a favor. 153 en contra. Sucedió a finales de marzo del año 2021. Un comportamiento ciego que llevaría al ministro Castells a suspenderles a todos en Historia.

Lo lógico es que, en el camino de la destrucción de España como tierra de encuentro, como nación y como Estado que durante quinientos años ha integrado culturas, lenguas y dialectos en un proyecto común, la negación del español sea pieza esencial para lograrlo. Sin idioma común no habrá país común; será más fácil reivindicar y lograr las rupturas independentistas.

La ruta buscada es única: lograr que haya 17 lenguas, idiomas o dialectos para 17 estados, ya sean federados o independientes. Desaparecido el español del lenguaje político y puestas en igualdad de condición “democrática” el castellano, el catalán, el gallego y el vasco, era cuestión de tiempo que en cada autonomía apareciese la necesidad de dotarse de una lengua o idioma oficial que ayudase a sus políticos a defender la diferencia respecto al resto.

Cada cita electoral, cada legislatura autonómica, cada estatuto es un paso más en una carrera sin meta a la vista. Ya tenemos el reino de taifas de los 17 miniestados en los que algunos ignorantes quieren convertir a España, una fragmentación que nos convertirá a todos en más débiles y más pobres respecto al resto de países.

Sumemos a los cuatro anteriores el bable asturiano, la fabla aragonesa, el castúo extremeño, el panocho murciano, la llingua de León, el guanche canario y su medio origen bereber, el cántabro o montañés, las mezclas de La Rioja, el aranés, el jaqués y, por supuesto, el andaluz, con sus distintas variantes y acentos. Hasta el ladino que se llevó desde España, en la obligada emigración de los judíos hacia el norte de África y hoy en Israel.

Tendremos un gran mosaico del regreso a los siglos XIV y XV, e incluso a antes de la llegada de los romanos y el latín, origen de todas las variantes posibles salvo la del euskera, que tiene claramente otro origen.

Si esa es nuestra apuesta como país, lograr que el español como lengua común de un país, una nación, un Estado que se llama España desaparezca, y se insiste en que tan solo es el castellano elevado a idioma “total” por la imposición del centralismo, ¿cómo vamos a enfrentarnos a nivel internacional, cómo vamos a defender una identidad propia, que tenemos desde hace quinientos años, ante el inglés, el chino, el árabe...?

Les convendría —nos convendría a todos— colocar delante de sus ojos lo que en la primavera de 1961 escribió el historiador Américo Castro sobre su visión de España. Hoy merece mucho que las derechas y las izquierdas, los unionistas y los separatistas, la lean, la piensen y la asuman:

“Al decir ‘español’ pienso en un plano de coexistencia para quienes se sentían más próximos entre sí que junto a ningún otro pueblo, primero en la Península Ibérica y más tarde fuera de ella. Comenzaron a llamarse españoles después del siglo XII, pues antes sus nombres étnicos fueron ‘castellanos, aragoneses, leoneses, navarros, catalanes…’”.

Para acentuar la importancia que da a la historia forjada en común y la importancia del idioma como “pegamento” que respetase las diferencias pero impidiese la ruptura y la fragmentación, Castro añade: “La lengua común para todos ellos, cuando se reunían unos con otros, fue el castellano. La religión y el sentimiento de adhesión a la Corona los mantuvieron unidos en un vértice en que todos coincidían, no obstante sus diferencias”.

Habla de la religión y la Corona como dos sentimientos capaces de ayudar a entenderse entre todos los habitantes de la antigua Hispania de los romanos: “El nombre ‘español’ y la coincidencia de estar conviviendo como españoles fueron adquiriendo más profundo sentido, a medida que las grandes empresas del Imperio y el esplendor de su civilización iban dotando al español de una dimensión internacional”.

Defender la democracia y todo lo que representa en este inicio del siglo XXI es justamente lo contrario de lo que hacen todos los representantes políticos que se obsesionan por promover la diferencia entre españoles; diferencia que se transforma en desigualdad, que expulsa la solidaridad para dar la bienvenida al egoísmo.

Entre otros muchos ejemplos, Américo Castro pone el de España y Portugal en América. Mientras nuestro país veía cómo el antiguo Imperio se descomponía en más de diez repúblicas, Brasil se mantuvo como un único Estado. En Portugal reinaba Pedro de Braganza; en España se descomponía la dinastía de los Austrias.

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