Si el presidente del Gobierno mantiene hasta el final su deseo de que la actual Legislatura cumpla los cuatro años que le asigna la Constitución tendrá que ver como la traca final de estas ”Fallas políticas” será en los tribunales. Sea cual sea el dictamen final sobre las razones de la tragedia ferroviaria de Adamuz, sea cual sea el tiempo y el resultado del juicio en el que su hermano se sentará en el banquillo, sea cual sea el cierre final del sumario sobre su mujer que instrumento el magistrado Peinado y su posterior presencia delante de un tribunal, seas cuales sean los procesos que afectan a José Luís Ábalos, Koldo García, Santos Cerdán y Víctor de Aldama (el más importante de todos con el tema de los hidracarburos y su relación con la actual presidenta en funciones de Venezuela), esa gran traca que acompaña cada año el final de las Fallas en la ciudad de Valencia puede que coincida con la Cremá de todos los ninots, menos uno, cuando la Primavera se asome en el calendario de 2027.
Esa explosión atronadora que sigue al mayor espectáculo de fuegos artificiales que iluminan el cauce del Turia, dentro de año y medio, contará con unos pirotécnicos de togas y puñetas. La vida política se ha trasladado definitivamente a los juzgados y ahí va a estar hasta que las urnas en toda España digan quién tiene que gobernar este país durante cuatro años, y la suma de votos y de escaños que van a permitir a la derecha gobernar en todos los territorios en los que ya lo están haciendo desde 2023, con la única duda si a esa suma se le añaden Asturias y Castilla la Mancha e incluso una Cataluña que regrese a unos nuevos comicios con el independentismo más unido frente al PSC de Salvador Illa. En el poder de Euskadi y de esa Cataluña, el Partido Popular y Vox seguirán ausentes.
Pedro Sánchez sigue sin Presupuestos Generales, sigue bajo la presión de los independentistas y de la propia izquierda que habita en su Gabinete, sigue con su imagen en política internacional frente al presidente norteamericano, y sigue bajo la agobiante presión cotidiana de la OTAN y del hombre más rico del mundo, que aporta millones de mensajes en las redes sociales contra la gestión del Gobierno español, sea cual sea el tema de que se trate. Una situación que a cualquier ciudadano normal le llevaría a la consulta de un psiquiatra por agotamiento y estar al borde de la esquizofrenía.
Su nivel de resistencia es insólito, muy por encima de la que padeció Adolfo Suárez y que le llevó al abandono para evitar un golpe de estado de carácter más duro del que encabezó el general Milans del Bosch; más duro del que sufrió Felipe González y que le hizo pensar en no presentarse a las elecciones adelantadas de 1996 frente a José María Aznar; más duro del que se libró Rodríguez Zapatero con su oportuna convocatoria a las urnas; y más duro del que le llevó a Mariano Rajoy a abandonar el Congreso y dejar que fuese el bolso de Soraya Sáenz de Santamaría el que escuchase el triunfo de la moción de censura aprobada por aquellos mismos a los que unos días antes había transferido cinco mil millones de euros.
El equilibrio que pretenden lograr el Gobierno, en particular, y la izquierda en general en los medios de comunicación entre las dos grandes mitades electorales de España es prácticamente imposible. El “poder de fuego” de la derecha liberal y la derecha trumpiana es infinitamente superior y basta, para comprobarlo con ver la programación de las televisiones y de los programas de radio, desde la pública a las privadas - cuyas dueños finales están en Italia -, de los comentarios que se producen cada día en los programas de debate y en los informativos y, sobre todo, en el dominio de las redes y de los mensajes que aparecen con firma real o supuesta. Es ese clima real el que se va a mantener, por lo menos, hasta que el palacio de La Moncloa se juegue en las urnas. Todo lo que se diga y se haga; todos los datos que aparezcan; todas las auditorias e informes que se hagan; todos los resultados de las elecciones autonómicas que se produzcan no cambiarán el final. La traca está firmada.