La realidad es tozuda y las buenas noticias apenas duran unas horas. El éxito como país en el fútbol es imposible que se produzca en otros espacios. La vida de los partidos y de sus dirigentes está muy alejada de la de los ciudadanos. Los jugadores que salieron al campo y los que no salieron creyeron en un objetivo común: vencer unidos. Y lo consiguieron tras ocho partidos cargados de esfuerzo y de compartir un proyecto en el que el premio era para 47 millones de españoles.
¿Aprovecharán lo sucedido en Nueva York los que se pelean cada día en Madrid? Seguro que no. Cambiarán las patadas por insultos y dejarán a un lado las necesidades de los ciudadanos para anteponer las suyas, que no son otras que la conquista del poder. El césped se cambiará por fango; las tarjetas amarillas y rojas, por sumarios y sentencias. Respetar al contrario y combatirlo sin mostrarle los tacos de las botas cuando se dirigen a sus tobillos es un sueño dentro de una amable comedia de enredo; y aquí y ahora se ofrecen tragedias y dramas.