Un largo proceso de desgaste físico y mental al que se somete a los investigados o acusados, a sus familias y a las instituciones a las que pertenecen o en las que trabajan. En ese amplio campo, los días, las semanas y los meses se hacen eternos, siempre a la espera de una nueva resolución, un nuevo auto judicial o una nueva sentencia. El espacio vital de cada persona se concentra en la dimensión del tiempo y, en el caso del presidente del Gobierno y secretario general del PSOE, ese tiempo se reduce cada día.
Su mujer no podrá viajar a Ankara a la cumbre de la OTAN, en la que sí estarán las esposas de otros presidentes o primeros ministros, tal y como ocurre en la mayoría de los eventos internacionales. Será este verano cuando se conozca si a Begoña Gómez la juzga un jurado popular o uno profesional; se sabrá la condena a su hermano; se darán a conocer nuevas pruebas y testimonios sobre los sumarios de Rodríguez Zapatero, en los que ya están “atrapadas” otras 25 personas, con desigual intensidad pero semejantes temores; y avanzarán los nuevos casos en los que están incluidos sus antiguos y más cercanos colaboradores, como Ábalos, Koldo, Cerdán, el incombustible Aldama o el enfermo Barrabés. Cada semana aparece una nueva querella y un nuevo juzgado. El verano más caluroso de los últimos cincuenta años, el más dañino, el más hambriento de sangre, sudor y lágrimas políticas, se le hará eterno a Pedro Sánchez.
Tendrá el consuelo de los datos económicos y los aguijones de Donald Trump clavados en cada mensaje de X; con el Senado español, que ha tenido la virtud de enseñarnos, por fin, para qué sirve de verdad: para convertirse en juzgado de guardia perpetuo y oposición permanente a la acción de Gobierno, incluso en los grandes temas internacionales. Un uso legal, pero tan espurio, que solo sirve para demostrar que nuestra segunda cámara de representación territorial se utiliza para objetivos que están fuera del cometido para el que fue concebida.
El verano se acabará y los problemas para Pedro Sánchez aumentarán. Del durísimo verano pasaremos a un pésimo otoño y a un terrible invierno, para llegar, con suerte y entre drones geopolíticos, a la larga primavera electoral. El poder exige víctimas en su altar y se van a acumular en la base de la pirámide: un conjunto de cargos perdidos, de víctimas de las urnas, de hombres y mujeres en busca del día después. Ese día, España tendrá que aprender a sobrevivir en un nuevo escenario, gane quien gane y gobierne quien gobierne.