Desde la felicitación de Mariano Rajoy a Pedro Sánchez como vencedor en la moción de censura de junio de 2018 y su posterior adiós del hemiciclo en busca de una comida reparadora en el restaurante de uno de sus mayores defensores, justo al lado de la plaza de la Independencia, mientras el bolso de la vicepresidenta Sáenz de Santamaría hacía visible el futuro del Partido Popular, al dirigente socialista que lleva ocho años sentado al frente del Gobierno le persigue la obsesión enfermiza que tienen sus adversarios para que se marche.