La campaña electoral todavía no ha comenzado oficialmente y el voto por correo ya se ha convertido en uno de los primeros campos de batalla del 29-N. Isabel Díaz Ayuso abrió la polémica pidiendo directamente a los ciudadanos que “ni se les ocurra votar por correo” y anunciando que el Partido Popular estará muy pendiente de cualquier posible “adulteración”. Santiago Abascal se movió inmediatamente en la misma dirección y pidió acudir personalmente a las urnas porque, según aseguró, no se fía “absolutamente de nada”.
El problema para el PP es que la sospecha ha terminado abriendo también una discusión dentro del propio partido. Mientras Ayuso cuestiona abiertamente el procedimiento y dirigentes como Javier de Andrés, presidente del PP vasco, aseguran que sería de “tontos” no sospechar, desde Génova han tratado de rebajar el tono. Borja Sémper ha defendido que el sistema español es garantista y ha llamado a votar “por tierra, mar y aire”.
La portavoz popular en el Congreso, Ester Muñoz, ha intentado encontrar una posición intermedia: defender a los trabajadores de Correos pero mantener las dudas sobre la dirección de la empresa pública. Según Muñoz, el PP entiende que pueda haber “millones de españoles” que desconfíen del voto postal por los anteriores responsables políticos de Correos.
El PSOE convierte la sospecha en un ataque a la democracia
El PSOE ha aprovechado rápidamente la polémica para devolver el golpe y colocar a PP y Vox en un terreno incómodo. Pedro Sánchez ha defendido que España dispone de un sistema electoral “garantista” y ha ironizado sobre el repentino temor de la derecha: si PP y Vox están tan seguros de ganar las elecciones del 29 de noviembre, ha señalado, quizá estas dudas demuestren que “no ven tan evidente” esa victoria.
Ferraz ha ido todavía más lejos. La portavoz socialista, Montse Mínguez, ha pedido expresamente a Alberto Núñez Feijóo que desautorice a Ayuso y Abascal y ha calificado de “antidemocrático” poner en cuestión el sistema electoral sin aportar pruebas. Félix Bolaños también ha defendido que el procedimiento es “seguro cien por cien”, mientras Patxi López ha situado las declaraciones dentro de una estrategia política similar a la utilizada en otros países para cuestionar previamente unos resultados electorales.
Óscar Puente ha introducido además otro elemento en la pelea: la vivienda. Para el ministro, el PP estaría intentando “embarrar” el terreno de juego con la polémica electoral precisamente cuando el Gobierno quiere que la campaña gire alrededor del acceso a la vivienda.
Y ahí aparece una de las claves de esta precampaña. La discusión sobre Correos permite cambiar durante unas horas la pregunta de cuánto cuesta un alquiler, dónde pueden vivir los jóvenes o qué medidas deben aprobarse para aumentar la oferta de vivienda por otra mucho más emocional: si podemos fiarnos o no de las propias elecciones.
Sumar habla directamente de «trumpismo»
Sumar ha utilizado una palabra todavía más contundente. Ernest Urtasun ha acusado a Feijóo de estar “entregado al trumpismo puro y duro” y ha defendido que el sistema electoral español es extremadamente robusto y envidiado en otros países europeos.
La referencia a Donald Trump no es casual. La izquierda intenta asociar las dudas lanzadas por Ayuso, Vox y algunos dirigentes populares con la estrategia utilizada en Estados Unidos para cuestionar anticipadamente el voto por correo y dejar abierta la sospecha de fraude antes incluso de conocer el resultado electoral.
Podemos también ha entrado en la batalla. Ione Belarra sostiene que Ayuso tiene “un problema con la democracia” y que cuestionar el voto postal significa, en último término, desconfiar de que los ciudadanos puedan ejercer libremente su derecho al voto.
Vox no se desmarca: eleva la apuesta
Si dentro del PP existen diferencias sobre hasta dónde llevar las sospechas, Vox no ha mostrado demasiadas dudas. Abascal recomienda votar presencialmente y sostiene que Pedro Sánchez “es capaz de cualquier cosa”. La formación convierte así la cuestión electoral en una prolongación de su discurso sobre el Gobierno: no se trata únicamente de criticar su gestión, sino de poner bajo vigilancia también el proceso mediante el que los españoles decidirán quién gobierna después del 29-N.
Eso coloca a Feijóo ante una situación incómoda. Si rechaza con claridad las sospechas, se enfrenta a una parte de su propio partido y deja a Vox ocupando en solitario ese espacio. Si las asume, entra de lleno en una estrategia que permite a PSOE y Sumar acusarle de cuestionar las reglas democráticas.
Y Génova está intentando caminar por esa estrecha línea: el sistema es garantista, pero entiende que existan dudas; los trabajadores de Correos merecen confianza, pero sus responsables políticos no; hay que votar por cualquier medio, aunque una parte del partido recomienda expresamente no hacerlo por correo.
Correos entra involuntariamente en campaña
La propia empresa pública ha tenido que intervenir. Correos defiende que el procedimiento es “seguro, transparente y garantista” y recuerda que existe trazabilidad durante todo el proceso. El elector debe identificarse al solicitar el voto, al recibir la documentación y nuevamente al depositarlo, mientras los envíos quedan registrados hasta su entrega en las mesas electorales.
No existe hasta ahora ninguna prueba que permita sostener que el voto por correo de las próximas elecciones pueda ser manipulado. Otra cuestión diferente es que los partidos tengan derecho a vigilar el procedimiento, presentar interventores, denunciar irregularidades concretas o exigir todas las garantías previstas por la ley.
Pero políticamente esa diferencia importa poco. La sospecha ya está sobre la mesa.
Y apenas han pasado dos días desde la convocatoria electoral.
El 29-N todavía queda lejos, pero la campaña empieza a enseñar por dónde puede circular. El PSOE quiere hablar de vivienda y derechos sociales; PP y Vox pretenden convertir a Pedro Sánchez y la continuidad de su Gobierno en el asunto central de las elecciones. Entre ambas estrategias aparece ahora un tercer terreno, mucho más delicado: la confianza en las propias reglas del juego.
La primera batalla de las elecciones no se está librando todavía por conseguir votos.
Se está librando por decidir si todos aceptarán como limpio el lugar donde esos votos van a contarse.