Porque Sánchez ya ha entrado en la historia política de España, termine como termine su presidencia. Otra cuestión será decidir en qué lugar de esa historia acaba colocado. Para unos será el presidente que consiguió mantener la estabilidad del país durante una pandemia, una guerra en Europa y sucesivas crisis económicas, que recuperó la convivencia institucional en Cataluña y que fue capaz de construir mayorías parlamentarias donde aparentemente no existían. Para otros será el político que convirtió la necesidad en virtud, modificó sus posiciones tantas veces como exigió su permanencia en La Moncloa y llevó hasta extremos desconocidos el principio según el cual en política una línea roja conserva ese color únicamente hasta que hacen falta los votos que se encuentran al otro lado.
Su llegada a La Moncloa ya anticipaba que su presidencia difícilmente iba a parecerse a las anteriores. Sánchez no llegó después de ganar unas elecciones generales, sino mediante la primera moción de censura de la democracia española que consiguió desalojar a un presidente del Gobierno. Mariano Rajoy salió de La Moncloa en junio de 2018 y entró un dirigente socialista que apenas año y medio antes había tenido que abandonar la secretaría general de su propio partido después de enfrentarse a buena parte de su dirección.
Desde entonces Sánchez ha demostrado una extraordinaria capacidad para moverse en terrenos que para otros dirigentes habrían resultado políticamente intransitables. Ha gobernado con la izquierda situada a la izquierda del PSOE y ha buscado simultáneamente los votos de partidos nacionalistas e independentistas; ha pactado con formaciones que quieren modificar profundamente el modelo territorial español y con otras cuyas prioridades económicas difícilmente encajan con las de sus compañeros parlamentarios de viaje. Ha conseguido que coincidan en una misma mayoría quienes defienden posiciones ideológicas, económicas y territoriales casi antagónicas porque descubrió hace tiempo una de esas verdades elementales que, por alguna razón, a veces olvidan los políticos: para ser presidente del Gobierno no es necesario que quienes te apoyan estén de acuerdo entre ellos; basta con que prefieran que gobiernes tú antes que el otro.
Esa ha sido probablemente una de las grandes habilidades políticas de Sánchez. No ha construido una mayoría homogénea, porque sencillamente no existe, sino una suma de intereses diferentes que coinciden en determinados momentos y se separan inmediatamente después. El resultado es un Gobierno que puede perder votaciones, sufrir derrotas parlamentarias, negociar cada decreto como si fuera el último y levantarse a la mañana siguiente dispuesto a empezar otra vez.
Por el camino quedaron decisiones que antes de adoptarse parecían imposibles. Llegaron los indultos a los dirigentes independentistas condenados por el procés, después la reforma del delito de sedición y finalmente una ley de amnistía que el propio Sánchez había rechazado anteriormente y que acabó convirtiéndose en pieza esencial de la negociación para su investidura después de las elecciones de 2023.
Lo verdaderamente llamativo es que ninguna de aquellas decisiones produjo el desenlace político inmediato que tantas veces se anunció. Sánchez siguió gobernando. Y esa permanencia ha terminado alterando incluso nuestra percepción de lo que significa una crisis de Gobierno. Con Sánchez, lo provisional tiene una sorprendente facilidad para instalarse en la normalidad.
Sánchez ha conseguido separar dos conceptos que durante décadas parecían unidos, la capacidad de aprobar unos Presupuestos y la capacidad de permanecer en el Gobierno.
La misma disposición a caminar por terrenos poco transitados se ha trasladado a la política internacional. Su relación con Donald Trump ha convertido el gasto en defensa y los compromisos de la OTAN en un nuevo escenario de confrontación. España ha rechazado asumir como propia la cifra del 5 por ciento del PIB en los términos defendidos por Trump y Sánchez ha sostenido públicamente que nuestro país puede cumplir sus compromisos militares dedicando un porcentaje inferior.
Resulta difícil encontrar en la historia reciente una confrontación pública tan explícita entre un presidente del Gobierno español y un presidente estadounidense sobre una cuestión central de la OTAN. También aquí Sánchez parece sentirse cómodo en un terreno que otros habrían intentado recorrer con bastante más discreción.
Desde que perdió la secretaría general del PSOE se han escrito varias necrológicas políticas de Pedro Sánchez y todas han envejecido bastante mal. Iba a terminar con él su enfrentamiento con el aparato socialista, después Podemos, más tarde los indultos, luego las elecciones de 2023, posteriormente la amnistía, las investigaciones judiciales que afectan a personas de su entorno político o familiar y cada nueva crisis parlamentaria.
Durante buena parte de estos años la oposición ha esperado que las contradicciones de Sánchez acabasen haciendo el trabajo que corresponde hacer a la oposición. Pero Sánchez ha demostrado una capacidad casi irritante para convivir con sus propias contradicciones. Aquello que ayer era imposible puede convertirse mañana en necesario y pasado mañana en conveniente para el interés general.
Pedro Sánchez ha convertido la supervivencia política en un método de gobierno. No se limita a resistir las crisis; las incorpora al paisaje, espera a que aparezca la siguiente y confía en que ésta consiga que olvidemos parcialmente la anterior. La velocidad de la política española ayuda bastante. Cuando todavía estamos discutiendo una polémica aparece otra, después una votación decisiva, una investigación judicial, una crisis internacional, una elección autonómica o una nueva exigencia de alguno de sus socios. El resultado es una presidencia vivida en permanente estado de provisionalidad que, paradójicamente, se ha convertido en una de las más largas de nuestra democracia.
Cuando algún día abandone La Moncloa dejará detrás una España políticamente diferente de la que encontró en 2018. Habrá cambiado la relación del PSOE con el independentismo, habrá normalizado coaliciones que durante décadas parecieron imposibles, habrá llevado la negociación parlamentaria hasta extremos desconocidos, habrá demostrado que se puede gobernar durante un periodo extraordinariamente prolongado con Presupuestos prorrogados y habrá convertido su propia continuidad en uno de los asuntos centrales de la vida política española.
Mientras media España lleva años preguntándose cuándo terminará Sánchez, Sánchez lleva años decidiendo cuándo termina cada discusión. Y, por ahora, nunca es la de su presidencia.