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El primer objetivo de Puigdemont es “parar” a Silvia Orriols y su ultra independentismo
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El primer objetivo de Puigdemont es “parar” a Silvia Orriols y su ultra independentismo

martes 22 de septiembre de 2026, 13:23h

Desde el Tribunal Constitucional pueden abrir de forma definitiva la puerta de la frontera que separa a Puigdemont de su regreso a España. Primera misión para el expresidente: parar el aumento de votos y de importancia de Sílvia Orriols, el nuevo independentismo muy de derechas.

Puigdemont es la peor representación posible de la Cataluña histórica que desea viajar en solitario por el siglo XXI, con una nueva relación de igualdad con España. Error sobre error si miramos la geopolítica global. El ejemplo de Escocia, Gales e Irlanda del Norte al unirse de cara a pedir nuevos referéndums de independencia respecto a Inglaterra no es aplicable a nuestro país.

España puede dar vueltas sobre sí misma cientos de veces en busca de una identidad que asuman todos los que vivimos en ella y siempre se encontrará con el mismo problema: el de la burguesía catalana, la misma que lleva trescientos años queriendo ser lo que, casi durante los mismos años, dejó de ser. Da igual el apellido que se ponga e incluso el título nobiliario que adquirió algún antepasado. El problema de Sánchez es el mismo que el de Suárez, González, Aznar, Zapatero y Rajoy. También es el mismo problema que han heredado los reyes Borbones desde su llegada a España. Todos, con más o menos conocimientos de historia, aceptaron la gran mentira.

La defendida desde el independentismo “nación catalana” es menos antigua que el Reino de León, que el de Galicia, que el de Navarra, que el de Castilla o que el de Aragón, por no decir que es muy posterior, muy mucho posterior, a cualquiera de los reinos de las taifas musulmanas. Incluso si quieren, como pretendía Jordi Pujol y ahora pretenden sus sucesores, retroceder hasta Wifredo el Velloso, en el siglo IX, se encontrarán con la misma realidad: sus gobernantes nunca han colocado la identidad por delante del dinero. Y no les ha salido mal. Felipe V, el rey que vino desde Versalles tras una de tantas guerras civiles que hemos tenido, les quitó unos privilegios, pero les dejó el dinero, el mismo que se les quitó a los andaluces, a los gallegos o a los valencianos. También a Castilla. Siempre, durante estos trescientos años, han puesto un precio a su diferencia lingüística, cultural y jurídica. Lo siguen poniendo.

Hace esos mismos trescientos años, los antepasados de esa actual burguesía que representan Oriol Junqueras y Carles Puigdemont a partes iguales apoyaron a un archiduque como rey de España no por su amor al pretendiente austriaco, sino porque esperaban que les favoreciera frente al otro rey, al que apoyaba la vieja y gastada aristocracia rural castellana. Deberíamos dejar la historia a un lado, salvo que aceptemos recordar que, durante ocho siglos, en este país nuestro convivieron, entre victorias y derrotas, tres formas de ver y entender lo que la España cuarteada significaba para ellos.

Cristianos, árabes y judíos hablaban distintas lenguas, escribían en distintos idiomas, pero aceptaron compartir conocimientos y versos, héroes y villanos, incluso cuando los llamados por un papa “Reyes Católicos”, a cambio del reconocimiento de una boda fraudulenta, de unos suculentos dineros y de muchos soldados para combatir en sus dominios italianos, empezaron a expulsarlos de sus casas y sus tierras. En aquellos ocho siglos, en Cataluña y desde Cataluña se tuvo una idea global de España con sus diferencias, que la enriquecía y no la debilitaba. En eso sí tiene razón Felipe VI en todos sus discursos.

En este inicio del nuevo curso y con todas las elecciones a la vuelta de la esquina, con el Gobierno más débil de nuestra democracia, más necesitado de votos que ningún otro desde el lejano 1977 y más deseoso de cambiar la historia común que sus antecesores en el poder, Pedro Sánchez, al igual que les pasa a Alberto Núñez Feijóo y al resto de dirigentes políticos, incluidos los que dicen parecerse sin parecerse en nada, como son los vascos, se encuentran, tal y como decía Ortega y Gasset, con una Cataluña convertida en un voraz agujero negro que puede tragarse la democracia española de la misma forma que lo hace el fenómeno astronómico con galaxias enteras.

La comparación entre esa región del espacio que se resiste a ser explorada, por más sondas que mandemos al espacio, una de las más extrañas y violentas del universo conocido, encaja en estos días en los que, tras el juicio y posteriores condenas a los doce acusados de ser los dirigentes de la rebelión/sedición/malversación que sacudió a toda España, el Gobierno ha decidido cambiar de órbita y sus ondas gravitacionales amenazan con extenderse más allá de su propio espacio y tiempo, en el que nos encontramos, para mantener la gran mentira en la que están aprisionados.

Si leemos la definición más común sobre un agujero negro y vamos colocando nombres y hechos ocurridos en los últimos años en la política catalana, comprobaremos las similitudes:

“Un agujero negro es una región finita en el espacio —Cataluña— en cuyo interior existe una concentración de masa lo suficientemente elevada y densa —el independentismo político y social— como para generar un campo gravitatorio —los hechos del 1 de octubre— tal que ninguna partícula material —los partidos—, ni siquiera la luz —la justicia—, pueda escapar de ella”.

Puede que los agujeros negros sean restos de antiguas estrellas que han desaparecido; lo que es seguro es que tanto Junqueras como Puigdemont son los restos de aquellas estrellas que se han ido apagando, conocidas como Artur Mas y Jordi Pujol, e incluso de las ya extinguidas tras su propia implosión, como Josep Tarradellas y Lluís Companys. Sin las estrellas en el firmamento nacionalista, lo que han dejado es un polvo que envuelve todo, que tiende a pintar de negro el escenario político y a intentar destruir la democracia que nació en 1977 y se dio una Constitución votada de forma abrumadora por los españoles un año más tarde.

Durante los próximos meses vamos a seguir viviendo dentro de ese agujero, que tiene tal capacidad de atracción que este país no puede escapar de su influencia. Esa que lleva pervirtiendo nuestro actual sistema democrático desde su propio nacimiento tras la muerte del dictador Francisco Franco, obligando a regímenes tan distintos como las monarquías absolutistas de los Borbones, las dos Repúblicas y la dictadura franquista a establecer claras diferencias entre el trato dado a ese territorio respecto al resto de España.

Junto a esa realidad, los dirigentes políticos y económicos se han propuesto y han conseguido convertir la vida pública española en una inmejorable serie de televisión. Tiene de todo: intriga, ambición, venganzas, traiciones, dineros, cadáveres y, por supuesto, sexo, del que se ve y del oculto. Hay políticos que ansían llegar al poder y están dispuestos a todo por conseguirlo, peleando a diestro y siniestro dentro de sus partidos y, con sus guardias pretorianas, buscando cómo destrozar al adversario. No basta con ganar, se busca la destrucción. Pujol y Duran Lleida consiguieron durante tres décadas mantener una costosa paz con el resto del Estado y sus sucesivos Gobiernos; Puigdemont y Junqueras no parece que estén por imitarlos.

Dentro de ese mundo del dinero, finito en los nombres, pero infinito en las ambiciones, nos encontramos con protagonistas casi siempre colocados en el lado de los malos. Es lo que quiere el público: tener a sus culpables y ser dueños del dinero, un truco que funciona como un estigma. Se les odia al mismo tiempo que se les envidia. Una visión muy miope de la realidad, pero es la que, desde ese pretendido centro que es Madrid y la adulterada historia que se quiere mantener, funciona para que el teatro de guiñol siga en pie.

En esta clásica obra de política y economía no podían faltar los abogados y sus correspondientes bufetes, de la misma manera que tenían que tener un papel estelar los creadores de imágenes, los asesores de comunicación, los gurús al servicio de los intereses que engrasan la maquinaria del poder y que les dicen a los auténticos protagonistas cómo deben vestir, sonreír, hablar y hasta cruzar las piernas en un estudio de televisión. Lo de tener ideas y proyectos se deja para un “más adelante” que nunca llegará.

Si miramos con esa perspectiva todo lo que se dice, se publica y se emite en los medios de comunicación, entenderemos que los nuestros, nuestros dirigentes, parecen una copia de las series de televisión que cuentan las entrañas del poder. Es una permanente invitación a elegir canal, serie y colocarse a favor o en contra de los que pasan por buenos pero son malos, y de los que aparecen como malos para terminar siendo buenos. Una vez hecha la elección por los espectadores, que son los que acudirán a las urnas, el siguiente paso es colocar a los personajes de la ficción los nombres y las caras de los españoles que cada día nos hablan de lo mismo, de sus intereses, para evitar así tener que hablarnos de lo que nos interesa a todos.