Se insiste en la españolidad de Ceuta y Melilla y en la defensa que hay que hacer de ambas ciudades, pero no se acuerda un mínimo común de las actuaciones necesarias. Tal vez una poesía escrita hace 84 años por un hombre que murió por sus ideas, tras una guerra civil en la que se utilizó a una buena parte de los mismos a los que ahora se pretende expulsar, pueda servir para recordar lo que está en juego.
Se alimentan los medios de comunicación, nos alimentamos los periodistas, de las peleas de taberna que protagonizan cada día los representantes del pueblo. Vemos a diario sus caras crispadas, sus insultos, sus descalificaciones, sus deseos de acabar con los adversarios. Justo lo contrario de lo que la mayoría de los ciudadanos desearíamos de aquellos que hemos elegido para servirnos, con el Gobierno a la cabeza, con su presidente al frente, cumpliendo con su misión de buscar el acuerdo, el pacto, el diálogo con la oposición, por más brava y poco justa que crea que se está comportando.
El 28 de marzo pasado se cumplieron 84 años de la muerte en la prisión de Alicante del poeta Miguel Hernández. Poeta y militante comunista, protegido por otros escritores y poetas de la llamada derecha conservadora como Sánchez Mazas y José María de Cossío, que lograron, a través del general Varela, que Franco cambiara la pena de muerte que le había impuesto el tribunal por la de cadena perpetua; defendido en la distancia de otro continente por Pablo Neruda, y abandonado por miedo por aquellos que consideraba más cercanos, dejó escritos 17 versos que se pueden aplicar hoy, en su literalidad y tanto por la derecha más derecha como por la izquierda más izquierda, para defender la unidad social y política de España.
“Vientos del pueblo” debería llevar, si lo leyeran, a los dirigentes de todos los partidos, incluidos los nacionalistas más nacionalistas, a reflexionar sobre lo que ha unido a los pueblos que conforman la riqueza cultural, histórica, social y política de este país. Desde Asturias a Valencia, desde Andalucía a Cataluña, desde Galicia a Murcia, desde la amplia y diversa Castilla al último lugar de Aragón. Cada uno tiene en esos versos una característica propia que permite unirlo al resto, que se complementa con todas las demás. Incluimos Ceuta y Melilla y damos el giro completo de 360 grados.
Miguel Hernández murió con 31 años en el penal de Alicante, enfermo de tuberculosis, apenas unos días después de haberse casado por la Iglesia con Josefina Manresa, su esposa civil desde hacía muchos años. Dejó su testamento literario para las generaciones siguientes, fuese quien fuese el lector del mismo y del color partidista en el que militase. El pastor perito en lunas ya había representado a España en el congreso de escritores que organizó Stalin en la entonces llamada “patria de los trabajadores” y había escrito los correspondientes elogios al dictador ruso tras pasar un mes viajando entre la entonces Leningrado y Moscú. También —ironías de la historia— entre la pujante e industrial Járkov y la que luego se convertiría en capital de Ucrania, Kiev. La “fábrica ciudad”, así llamó a la primera Miguel tras recorrer sus calles, tiene un lugar destacado en los versos que dedicó a la Rusia de 1937, a la que conoció, no a la que convirtió en una “dictadura unificada” Stalin, sobre todo tras el fin de la II Guerra Mundial.
El poeta murió por no renunciar a sus ideas tras un largo peregrinaje de cárcel en cárcel, después de ser detenido por la policía portuguesa de la localidad de Moura y entregado al vencedor de la Guerra Civil. Estrategia del dictador Salazar para “nadar y guardar la ropa” entre la Alemania nazi y la Gran Bretaña asentada en Gibraltar. Una vela a Dios y otra al diablo que le funcionó al primer ministro luso y que se convirtió en el mejor de los ejemplos para Francisco Franco y los “pequeños apoyos” que le ofreció a Hitler para el frente ruso desde la División Azul.
Leer y volver a leer su historia, sus viajes, sus amigos y adversarios, sus ideas políticas y, sobre todo, sus poemas —por encima y por debajo de sus creencias políticas y su militancia comunista— son un buen resumen de la propia historia de España que desembocó en la guerra de españoles contra españoles. Desde su Orihuela natal hasta la Rusia de los sóviets pasando por París, desde las influencias poéticas de San Juan de la Cruz a las de Mayakovski, desde el corazón a la garganta. Sin el yugo de los bueyes y sin la fiereza salvaje de los leones.
Ahora, a unos meses de que las elecciones decidan si el Gobierno de Pedro Sánchez puede o no durar otros cuatro años o tiene que dejar paso al PP de Núñez Feijóo, podrían mirar los dirigentes políticos a ese retrato unitario que hizo Hernández de los vascos de piedra blindada, de los catalanes de firmeza, de los andaluces de relámpago y de los gallegos de lluvia y calma. Dejó a los castellanos, de aquella Castilla que recibió como herencia de la historia, como un pueblo labrado por la tierra, al igual que plantó el centeno entre los extremeños y la casta en los aragoneses. Aquellos versos que han cantado desde el Víctor Jara chileno, al que la dictadura de Augusto Pinochet amputó sus manos, hasta el grupo Jarcha, que convirtió la “libertad sin ira” en la mejor de las banderas posibles para cualquier país y cualquier democracia.
Murió Miguel a las 5:32 de la madrugada del 28 de marzo de 1942. Siempre quedó su voz, a veces como un eco lejano, otras como un mensaje de futuro. Los poetas son capaces de hablar a la luna y llorar por el amigo muerto y el hijo recién nacido. El lenguaje de los políticos entre los que vivió y los que han sucedido a aquellos se afana por enterrar ese lenguaje. Siempre con la excusa de lo posible, de la necesidad del hoy, del hambre por alcanzar el poder, por la avaricia, por todos y cada uno de los siete pecados capitales. Recordar hoy los versos de uno de ellos es la mejor forma de exigir a los que deciden sobre la suerte de 48 millones de españoles que atiendan lo que hace casi noventa años plasmó en 17 versos lo mejor de España.