Hablaba hace cien años del calor y la sequía de su tierra murciana el poeta Vicente Medina; también de no mandar a los niños a la escuela. Están allí, en los 35 versos de “La cansera” republicana del hombre que votó al Frente Popular en la II República y se marchó a morir al Rosario argentino en agosto de 1937. El consejero de Cultura de la Comunidad de Madrid, que sonríe siempre, le pregunten lo que le pregunten, dispuesto a meterse en los charcos propios y en los ajenos, que por algo admira sin medida a su súper jefa, la presidenta Díaz Ayuso, lo ha rescatado del olvido literario. Flaco favor le hace al sacar a los caminos tumultuosos de estos tiempos al Rocinante de Alonso Quijano, el rocín huesudo y cansado como su amo.
Mariano de Paco ama el teatro, pero entre paréntesis. No a todas las obras ni a todos los autores los mira igual. Es el mal de las alturas: escalas en el organigrama administrativo de un Gobierno y pierdes el suelo. Vuelas a la espera de mayores recompensas sin pensar en Ícaro y sus alas, con el mal final del hijo que intentó huir de la torre en la que le había recluido, junto a su padre, el tirano Minos, pese a que habían encerrado al Minotauro en el famoso laberinto cretense.
Don Mariano ya es un problema por ese afán de los elogios sin medida que lanza hacia la presidenta madrileña, Isabel Díaz Ayuso, que en nada se parece a Josefa Sánchez, la que fuera esposa del poeta y a la que dedicó lo mejor de su obra. Puede que el calendario electoral le permita llegar al hombre de la camiseta corta y los pantalones cortos, como eficaz medida ante los calores de las aulas, a mayo de 2027; pero, en el después, convendría que leyera a su paisano en “El rento”, escrito en panocho como homenaje a su tierra y a su forma de hablar. Azorín lo elogió como el retrato de unos pueblos que padecían la cansera mientras destripaban terrones secos para el señorito de turno.