13/04/2010.- El primer aniversario del actual Gobierno ha sido saludado por encuestas, comentaristas, hagiógrafos y críticos con un cierto desapego, de tonos e intensidades variables. Ha sido, sin duda, un año complicado: por los rigores de la crisis económica, agravados por una cierta falta de definición en los mensajes gubernamentales –así, en la última entrevista de ZP al ‘Financial Times’ se contenían algunas afirmaciones contradictorias con otras anteriores al mismo periódico— . Y ha sido un año complicado por el hundimiento de Grecia, que ha deslucido la ya poco brillante presidencia semestral española de la Unión Europea. Y más cosas...
Sin duda que Zapatero no es el culpable único, ni tal vez el principal, de todos estos males, aunque en su debe hay que cargar lo que más arriba señalaba de la indefinición de los mensajes a los mercados, una excesiva capacidad de improvisación y una gran confusión en la comunicación a los españoles cuando de enumerar las medidas adoptadas por el Gobierno se trata. El Gobierno no ha sabido contrarrestar, ni interna ni externamente, las malas noticias económicas: carece claramente de un plan de presencias ante los ciudadanos de los principales dirigentes socialistas y, lo que es peor, ha dejado de ser simpático a los medios informativos y, podría ser que también, de acuerdo con las encuestas, al hombre y la mujer de la calle.
Esto último no se deriva solamente, pienso, de las incertidumbres que provocan los vaivenes de la política económica gubernamental. Tengo para mí que se ha instalado en la ciudadanía una cierta sensación de crisis institucional, que desde luego no se alivia con el desorden autonómico en general ni con la aún increíblemente pendiente sentencia del Estatut catalán, muy en particular.