RAUL HERAS

La ideología líquida de Macron sirve para dar una clase práctica a Felipe VI a Sánchez y a Europa

Raúl Heras | Jueves 01 de octubre de 2026

El presidente de la “ideología líquida” recibe de manos del rey Felipe el Gran Collar de Isabel la Católica mientras, en la plaza de todas las plazas, que es la madrileña Puerta del Sol, contemplamos cada día el ocaso social de una de las bases de la democracia. Emmanuel Macron se dispone a dejar la presidencia de la República francesa tras cinco años de tensiones sociales y pérdida de confianza política. La derecha de Marine Le Pen puede sucederle en el Elíseo y hacer más visible el giro a la derecha que está realizando Europa para salir de su grave crisis económica.



Hace cinco años, la Europa de Bruselas, Estrasburgo y Fráncfort respiró aliviada, al igual que en Washington, en Kiev y en Madrid. Alivio para la Alianza Atlántica. Hoy no pasa lo mismo y aquella ventaja de 16 puntos entre los dos adversarios no existe a favor del Frente Nacional. Puede que Macron recuerde a su sucesor el voto negativo de Feijóo y del PP al nuevo acuerdo entre los dos países.

La abstención más alta de los últimos cincuenta años, que casi llegó a un treinta por ciento, indicaba que ninguno de los dos candidatos contaba con el apoyo de una tercera parte de los franceses. Macron ha conseguido permanecer en el cargo cambiando de jefes de Gobierno, algo que no puede hacer Felipe VI y que no pudieron hacer sus antecesores en el cargo, ni François Hollande ni Nicolas Sarkozy. Ya está en la historia de Francia, pero le espera otra batalla no menos importante: las elecciones presidenciales, las que cerrarán el círculo de las que han cambiado las dos cámaras parlamentarias.

El voto urbano, la clase media y alta, los “ricos” ejecutivos de las grandes compañías, le han dado su apoyo para que siguiera viviendo en el Elíseo. Por conveniencia y no por convicción. El otro voto, el de los trabajadores y la Francia profunda, se marchó a Le Pen o a la abstención. Un ejemplo preciso para España, para el PSOE de Pedro Sánchez y para nuestra monarquía.

Nuestro país vecino está partido en dos socialmente y en varios trozos políticamente. División en cinco por la derecha y división en siete por la izquierda. Todos los dirigentes ya están pensando en cómo afrontar las nuevas e inmediatas elecciones legislativas, las que decidirán de verdad la estructura del poder, pese al carácter presidencialista que ha desarrollado el actual Gobierno con su real marginación del monarca.

Lo que en Francia es posible, en España es un imposible con Vox y Abascal como referentes de la ultraderecha. A muchos de los que le votaron no les gustaba Macron, pero escogieron lo malo conocido frente a lo que creían “peor” por conocer. Hoy, como ayer, los franceses quieren seguir teniendo peso en la Europa de los 27 y en la OTAN fiel a Estados Unidos. No quieren convertirse —les sería imposible— en un remedo de lo que fue la Hungría de Viktor Orbán, y menos en estos tiempos de guerra abierta en Ucrania, el conflicto que ha ayudado a la victoria de la derecha menos liberal y menos comprometida ideológicamente en toda Europa. A esa derecha “líquida” que encarna a la perfección el hombre que deambuló entre el republicanismo y el socialismo hasta el año 2017, para crear La República en Marcha y ganar sus primeras elecciones, es a la que se van a enfrentar los españoles dentro de unos meses.

Si lo sucedido en Francia se intentó explicar y se volverá a intentar explicar dentro de los conceptos clásicos, como son el capitalismo y el comunismo, con el llamado socialismo democrático y la democracia cristiana por medio, tendríamos que decir que ha ganado la mezcla del capitalismo, la socialdemocracia y el cristianismo, en la proporción de un setenta por ciento para los primeros, un veinte por ciento para los segundos y un diez por ciento para los terceros. La izquierda radical heredera del marxismo se ha derrumbado, al igual que lo viene haciendo en Francia desde hace veinte años.

Tanto Pedro Sánchez como Alberto Núñez Feijóo pueden estar contentos. El primero, por sentirse más cerca de Macron que del candidato del PSF, el “partido hermano”; el segundo, por el avance de Le Pen, que en la persona de Abascal le aseguraría la llegada a La Moncloa pese al miedo a la ultraderecha. Santiago Abascal puede hacer suyo el discurso de Marine y explicar que quiere y va a conseguir el mejor resultado de su historia, lo cual es cierto.

Los sistemas electorales son tan diferentes que intentar establecer comparaciones miméticas es imposible. En Francia se eligen por separado al presidente de la República y a los parlamentarios que conforman sus cámaras legislativas. En España se eligen Congreso y Senado y es en el primero, por votación de los diputados electos, donde se elige al presidente del Gobierno.

Habrá que ver si los partidos tradicionales, que perdieron estrepitosamente, se recuperan sobre la base de su implantación territorial o si, por el contrario, las nuevas formaciones, mucho más eclécticas ideológicamente, mantienen sus resultados. De nuevo, la abstención, fundamentalmente joven, decidirá el futuro de Francia y el de España. También el del resto de Europa.

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