Creer, pensar e intentar que la mayoría de los españoles piense que la crisis de Ceuta —con ese salto y marcha atrás de 70.000 personas— se ha producido por la mala gestión del actual Gobierno de Pedro Sánchez es una de esas mentiras que se basan en la ignorancia y en el “todo vale” para ganar el poder desde la victoria en las urnas. Ceuta, al igual que Melilla, son un problema para España desde hace más de tres siglos. Basta con un breve recorrido por la deficiente Historia que nos enseñaron y nos siguen enseñando, desde la ESO a la Universidad.
Fomentar la ignorancia es una forma de dominio y coloca a las mentiras como una eficaz arma política. La primera guerra entre la España que dominaba la larga costa de lo que hoy es Marruecos —salvo las dos ciudades españolas— se remonta a los cincuenta años, entre 1678 y 1725, en los que el sultán Muley Ismael envió un ejército de miles de combatientes para conquistar Ceuta. No lo consiguió.
Cincuenta años después es Mohamed III quien lo intenta en Melilla, ayudado esta vez por mercenarios de varios países, entre los que destacaban los británicos. España resistió con poco más de tres mil soldados frente a un ejército de más de treinta mil hombres.
Aparece en escena el nuevo sultán, Muley Yazid, que dirige en persona el asedio a Ceuta en 1790, que se salvó gracias a la Armada española y al envío continuado de ayuda desde la Península. Un año de tregua negociada por el Gobierno de Carlos IV y nuevas batallas mientras los bereberes bombardeaban Tánger, en un conflicto de larga duración que atravesaría dos siglos, hasta 1860, y que terminó con la firma del Tratado de Wad-Ras, con España como vencedora y Marruecos condenada a pagar una larga serie de indemnizaciones.
De tratado en tratado, el siglo XIX se centró en la guerra del Rif, con un acuerdo final firmado en la ciudad de Fez por el que Marruecos tuvo que pagar a España veinte millones de pesetas. Tras cada firma de paz llegaba una nueva ruptura de las hostilidades por parte de las cabilas del Rif, que en 1909 intentaron tomar por asalto la ciudad de Melilla; un intento que fracasó con una nueva victoria de las tropas españolas, pero que demostraba la perenne inseguridad de las dos ciudades ante unos dirigentes marroquíes que no dejaban de presionar sobre el nacionalismo de su país como una forma de unificar el territorio. Dos años más tarde es Mohamed Ameziane quien ataca Melilla, con el mismo resultado que sus antecesores, pero con la misma ambición y la misma posición dudosa de otras potencias europeas como Gran Bretaña, Francia y Alemania.
Los pactos entre los gobiernos de España y Francia para repartirse ese espacio del norte de África se impusieron al primer intento de establecer una República del Rif en esa zona. Mientras en nuestro país se sucedían las crisis monárquicas y republicanas que terminarían en el exilio de Alfonso XIII, la llegada de la II República, el golpe de Estado de 1936 y la posterior Guerra Civil hasta 1939, como preludio de lo que sería la II Guerra Mundial, las mismas potencias que combatían en Europa lo hacían en el norte de África. Derrotada Alemania y firmados los pactos entre Franco y el presidente Eisenhower, llega la guerra de Ifni, en la que España tuvo que entregar la ciudad de Sidi Ifni en 1969 al Reino de Marruecos.
Con Franco muriéndose y las incógnitas sobre si el rey Juan Carlos podría salvar la monarquía heredada de la dictadura a través de un cambio total de las instituciones, que se plasmaría en la Constitución de 1978, antes, en 1975, Marruecos consigue con la llamada “marcha verde” que nuestro país firme el Acuerdo Tripartito de Madrid, con el que se entregaba al rey Hassan II el territorio del Sáhara, un amplio espacio geopolítico, estratégico y con enormes recursos de tierras raras y fosfatos, pese a los acuerdos previos que se habían firmado con el Frente Polisario.
Ningún Gobierno español desde la Transición democrática hasta hoy movió ficha política o militar frente a Marruecos, más allá del incidente del islote de Perejil en julio de 2002 y del intento de un grupo que se autodenominaba Comité para la Liberación de Ceuta y Melilla, que trató de colocar la bandera de Marruecos en el Peñón de Vélez de la Gomera en agosto de 2012. Así hasta el 18 de marzo de 2022, cuando Pedro Sánchez cambia de forma radical la posición de España, avalada por Naciones Unidas, y le envía una carta a Mohamed VI en la que afirmaba que la propuesta de Marruecos sobre ese territorio era la mejor opción para resolver el conflicto.
Antes de la misiva, el presidente Trump, en su primer mandato, ya había firmado un acuerdo con Marruecos para establecer una base norteamericana en la zona y poder explotar los recursos mineros del Sáhara. La globalización y la presencia de Rusia y, sobre todo, China en toda la zona subsahariana eran una situación que Washington quería cambiar. Lo ha hecho con nuevos acuerdos industriales, financieros y militares con el Reino alauita. Es en ese escenario y en la creciente inestabilidad interna de Marruecos en el que se produce la “invasión” de Ceuta.
Trescientos años de conflictos no han logrado que los Gobiernos y la oposición española, entre izquierdas y derechas, conservadores y liberales, sean capaces de negociar y defender una posición común en política exterior. Prima la conquista a corto plazo del poder, a través de todas las armas dialécticas posibles. Ceuta y Melilla forman parte de un problema mayor, al igual que le pasa a Gibraltar, con ventajas para los dos países con los que tenemos que negociar y con el Estrecho como embudo estratégico entre dos océanos.