Tur Torres

Albares, el ministro que cambia la historia de Gibraltar y entierra la herencia de Castiella

Tur Torres | Jueves 16 de julio de 2026

Sin verja en Gibraltar, la figura del titular de Exteriores gana en importancia y presencia política. Desde el ministro Castiella no ha habido otro igual. Conviene hacerle un pequeño retrato a lápiz, en blanco y negro.



Nunca engaña. Es imposible que pase desapercibido. Adora que le miren y no pregunta por las miradas. Mejor no saber la verdad, tal vez como en el colegio. Desfila siempre con paso firme y procura estar en cabeza del pelotón, incluso cuando marcha en solitario. Si hay compañía, su espalda se convierte en un muelle que le impulsa. La cabeza, siempre levantada; los finos labios, curvados en una sonrisa de íntima satisfacción. Cada cabello de su antigua melena, en su sitio, fijado con pegamento de la escuela diplomática. La engolada voz resuena en su interior antes de ser expulsada para confirmar todo lo que ya todos sabían.

Le sobran algunos kilos y le falta gimnasio geopolítico; nadie es perfecto. Se sentaba muy bien a la derecha del presidente en los asientos del Falcon. Sueños de adolescencia cumplidos. Estar en el poder y saber que estar no es ser. La metafísica nunca fue lo suyo. No podría competir con Metternich, el mayor enemigo de Napoleón; ni con el francés Charles-Maurice de Talleyrand, el más astuto de los supervivientes de la Francia monárquica, la Francia republicana y la Francia imperial, un tres en uno al que siempre envidió el intrigante Joseph Fouché; ni siquiera podría hacerlo con el católico y paciente inventor de nuestra diplomacia, Fernando María Castiella, quien logró el perdón de los pecados para el Caudillo por parte de Estados Unidos. Rota siempre valdrá una confesión sin arrepentimiento. Antes, ahora y siempre, bajo los sucesivos engaños de los largos brazos de Su Graciosa Majestad del Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda, tan largo el título como perennes sus ambiciones. Tampoco lo pretende; siempre le quedará Gibraltar.

Su sonrisa es la del niño al que han premiado con una chuchería por las buenas notas del colegio. Y le gusta. Le gusta mucho. Tanto como le enfada, le crispa los nervios, le encorajina ZP, el ex que siempre está donde no debería estar, el susurrador de presidentes en tres continentes. Adora todo lo inglés, pero necesita todo lo francés e incluso lo monegasco, sin que se le conozca pasión por la ruleta, ni siquiera la rusa. Conviene no apostar ni al rojo ni al negro y tener siempre más de una bala en el tambor del revólver.

Estudió tanto que deja caer por los pasillos de La Moncloa sus merecidos títulos para envidia de sus compañeros del Consejo. Tenía que competir, título a título, con Hélène, la hija de emigrantes republicanos españoles, consejera de Justicia con Emmanuel Macron. Los dos países tomaron caminos separados por culpa de sus posiciones sobre el terrorismo vasco de ETA. Fiel escudero, nunca podría ser Sancho, al faltarle los molinos que defiende con uñas y dientes el virrey Page desde el palacio de Fuensalida, antiguo hogar provisional de Isabel, la emperatriz portuguesa que miraba a la lejana Lisboa a través de los cigarrales que rodean la hoz del Tajo, y misterio de nocturnos complots de la gran tuerta de nuestra historia patria tres siglos atrás, hoy actualizados en estos días de fuego.

Sí que podría ser un desfacedor de entuertos, al frente del siempre ambicionado CNI, el de los mil amores regios y otros tantos legajos guardianes de todos, todos los inconfesables secretos de la Villa y Corte. Hoy, en versión “pendrive”, que permite viajar en un pequeño maletín a las playas dominicanas o al misterioso Tánger. Nuestro Albares lo sabe, lo conoce, lo desea, y la sensación de sentarse en la misma mesa que el resto de los responsables de los servicios secretos del mundo mundial estaría muy cerca del mayor de los orgasmos intelectuales que puedan tenerse. La Cuesta de las Perdices siempre termina girando a la derecha. De verdad verdadera que el presidente debería premiarle con ese puesto, tan solo para ver las respuestas escritas en seis ojos: los del propio José Manuel, órbitas circulares como las que rodean Saturno; los de la eficaz Margarita, tan dura como su apellido y con la vista fijada en el más allá que existe lejos del defensivo ministerio que regenta, entre más síes que noes por parte de bocamangas y estrellas; y los de Félix, el mejor edecán que vieran los tiempos de la presidencial Moncloa, listo para cualesquiera empresas que sean menester, ya sea desenterrar muertos o crucificar vivos.

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