Tur Torres

El anarcocapitalismo oculto de los billonarios USA y su preferencia política por la presidenta Ayuso,

Tur Torres | Miércoles 15 de julio de 2026

Tienen tantos problemas España y la Europa de los 27 estados, con sus respectivas crisis económicas, la guerra de Ucrania, la llegada masiva de inmigrantes irregulares, la necesidad de rearmarse hasta las cejas que preconizan sus primeros ministros o presidentes y las cínicas proclamas en política exterior respecto al orden mundial de este comienzo del siglo XXI, que se separan de las voluntades populares que les llevaron al poder —la guerra ampliada de Gaza, con Israel e Irán por medio—, que habrá que esperar a que pase el verano para que todas las miradas de expertos y analistas se centren en las elecciones americanas y su efecto en todo el mundo.



Con Donald Trump y el Partido Republicano en el poder, la continuidad de la política de la primera potencia mundial intranquiliza a casi todos los gobiernos de Europa, a las relaciones de amor/odio entre EE. UU. y China y hasta al desarrollo de las relaciones económicas, financieras y militares en África y América. Todos los equilibrios globales cambiaron, con efectos inmediatos en Europa y en España.

Esos efectos tienen un origen ideológico amparado por miles de millones de dólares, los que manejan las grandes corporaciones norteamericanas y sus fondos de inversión y, por detrás de los mismos, ya se llamen BlackRock, Vanguard, Fidelity, JP Morgan o Goldman Sachs —por mencionar a los más conocidos por el ciudadano medio europeo y español—, están las fortunas familiares construidas a lo largo de los últimos cien años. Nos conviene a todos, para entender la importancia de los comicios norteamericanos, repasar, aunque sea brevemente, las relaciones de esos multimillonarios más desconocidos y que no aparecen en los medios tal y como lo hacen Elon Musk, Larry Ellison, Bill Gates o Mark Zuckerberg, los billonarios de la lista Forbes.

Una vez más en nuestra historia, para entender lo que pasa en Europa y, en menor escala, en España, hay que mirar lo que sucede en Estados Unidos, al igual que, para descubrir las razones que llevan a la derecha española a proclamar sus objetivos económicos, sociales y políticos, se tiene que mirar a la parte más activa de la derecha norteamericana, en cuyo centro, y muy destacada, está la muy, muy rica familia Koch. Sin ella no habría nacido el Tea Party, ni el Partido Republicano de Donald Trump habría ganado las elecciones de 2016 que llevaron al provocador y heterodoxo millonario a la Casa Blanca, el lugar al que ha vuelto pese a la acumulación de juicios personales y empresariales que parecían una barrera insalvable.

La presidenta madrileña es uno de los mejores ejemplos de las “virtudes políticas” anarcocapitalistas que encantan a Charles y David Koch, cada uno de ellos con una fortuna superior a los 50.000 millones de dólares y con una cifra de ingresos anuales en su holding empresarial cercana a los 120.000 millones, según la revista Forbes. Para entender esa relación de larga distancia, pero con la misma base ideológica, hay que colocar a los “intermediarios filosóficos” españoles que emiten los mensajes que deben convertirse, según ellos, en la única salida para la larga crisis que padecemos, en nuestro país y en el mundo entero.

Por seguir una cronología temporal que explique en parte el pensamiento de nuestra derecha patria, desde las mezclas que habitaron en la UCD de Adolfo Suárez a las que hoy coexisten dentro del Partido Popular de Núñez Feijóo y del Vox de Santiago Abascal, tenemos que irnos a los años setenta y ochenta del siglo pasado, colocar al catedrático Pedro Schwartz en el epicentro y dejar que sus discípulos vayan apareciendo en la actual escena mediática: Jesús Huerta de Soto, que imparte doctrina en la Universidad Rey Juan Carlos y es tan rico de familia que se permite el lujo de ir en un lujoso Bentley al campus; Juan Ramón Rallo, al que no hay tertulia ni medio informativo que no le dé oportunidades para desplegar sus recetas económicas; y los que siguen con más o menos visibilidad pública, Miguel Íñigo Breña Lajas, Albert Esplugas, Juan Pina y Fernando Nogales. Y dejo en lugar aparte, por el afecto de muchos años, a Carlos Rodríguez Braun. Todos ellos aspiran a lo mismo, a ir más lejos de lo que predicaba Thomas Jefferson, el tercer presidente de Estados Unidos, hace más de doscientos años: “el mejor Gobierno es el que menos gobierna”.

Nuestros “anarcocapitalistas” van más lejos: lo mejor para la sociedad es dejar todo en manos de la iniciativa privada, desde la seguridad a la sanidad, desde la enseñanza al comercio. El Estado es, en su misma esencia, un mal que hay que erradicar lo antes posible. Es fácil de decir y hasta de intentarlo desde la enorme “caja negra” que los hermanos Koch han levantado en Wichita para, desde allí, intentar gobernar —con intermediarios— Estados Unidos y el mundo. Que ayudaran a Joseph Stalin a industrializar la naciente Rusia comunista entre los años veinte y treinta del siglo XX, como “escape” a sus pleitos judiciales en su país por sus prácticas de “craqueo” del petróleo —¿les suena en estos tiempos en las costas españolas?—, es un pecado que hay que olvidar lo antes posible.

Mucho más cerca en sus orígenes de John Locke que de Adam Smith, más fieles a Hayek y Friedman que a Keynes —ya unos y otros amortizados por la rapidez de los cambios—, las mercancías y el valor de las mismas se alzan como un poderoso dios Mammon frente al Estado benefactor que, para sobrevivir, convierte en esclavos a todos sus habitantes. Si Locke es su padre espiritual, su profeta sería el austriaco Hans-Hermann Hoppe, capaz de nutrir ideológicamente tanto al italiano Instituto Leoni, que premiaba hace muchos meses a la presidenta madrileña con la “Llama de la Libertad”, como a nuestro Instituto Juan de Mariana. Dos brazos europeos muy eficaces del Cato Institute, creado por los hermanos Koch.

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