El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, ha dado la información que mejor resume la necesidad que tiene la Administración norteamericana de “llevarse bien” con la Europa comunitaria, y explica las razones auténticas de las amenazas y exigencias de Donald Trump sobre la Alianza Atlántica y las inversiones del 5% del PIB que exige a cada país.
La industria de defensa de Estados Unidos vende a Europa trescientos mil millones de dólares en armamento militar, que sirven para mantener 190.000 empleos en ese sector de la economía norteamericana. Cifras que justifican la necesidad de las dos partes: Europa necesita la ayuda de Estados Unidos para su defensa a través de la OTAN; y EE. UU. y sus grandes empresas armamentísticas necesitan que los 27 países de la UE compren sus productos. Esa es una de las muy buenas razones para comprender la renuncia de Alemania y Francia a seguir con el desarrollo del avión de combate europeo.
Rutte, que se caracteriza por su apoyo a todas y cada una de las iniciativas de Donald Trump, ha explicado en una entrevista en el Financial Times las razones que exigen el mantenimiento de ese “matrimonio defensivo”, sobre todo tras la guerra de Ucrania y la calificación de Rusia y de Vladímir Putin como uno de los grandes desafíos que se tienen que afrontar durante los próximos años, junto a una política de “racionamiento comercial” hacia China, sobre todo en el campo de la inteligencia artificial y el desarrollo de las nuevas tecnologías en comunicación y ciberseguridad.
La necesidad de disminuir el gasto y aumentar los ingresos por parte de Estados Unidos era urgente tras superar su deuda pública los 35.822.597 millones de euros, la más alta del mundo, el doble de la que tiene China, por ejemplo, que es al mismo tiempo el mayor acreedor de EE. UU. si se suma la que aparece en los rankings globales asociada a Hong Kong. El discutido 5% de gasto que Trump defiende desde su llegada a la Casa Blanca, con la guerra de Ucrania como amenaza, es parte de ese deseo de disminuir un endeudamiento que ahoga la economía norteamericana; un deseo que les sirve a los grandes países de la UE para afrontar sus propios problemas internos, con Alemania y Gran Bretaña como los mejores ejemplos.