Bajo la lluvia atrasada del 23 F de 1981 y detrás de los interminables desencuentros entre el Partido Popular y Vox para intentar acuerdos que mantengan los gobiernos de la derecha en tres Comunidades autónomas, los números, las matemáticas electorales de los últimos tres años (por no hacer más abultadas las comparaciones) demuestran con claridad que los sueños de Santiago Abascal de convertirse en presidente del futuro Gobierno que salga de unas elecciones generales es un imposible.
Alberto Núñez Feijóo tiene tanta ventaja sobre su rival en el ámbito del conservadurismo hispano que se puede jugar en los medios de comunicación sobre el crecimiento de Vox y el descenso del PP, pero ese entretenimiento se acaba cuando se ponen los números sobre la mesa. Conseguir que tu adversario pierda tres milones de votos, por los menos, y que esas papeletas se cambien de color en las urnas sería un milagro.
En las elecciones generales del 2023, con Núñez Feijóo al frente como candidato, el PP consiguió 8.160.837 votos, mientras que Santiago Abascal se quedaba en 3.057.000. Cambiar esas cifras para que Vox se convierta en el lider y el PP en la comparsa, en política, tendría que ser producto de un auténtico cataclismo, algo que no está, ni se le espera,
Las dos últimas elecciones autonomicas han confirmado esa distancia, y es muy posible que las dos siguientes mantengan las diferencias pese al aumento de Vox. Encarar las generales dentro de los próximos meses o en 2027 como tercera fuerza política puede que lleve a Abascal a conseguir adelantar al PSOE en algunos circunscripciones pero no a convertirse en la referencia de la derecha Nacional.
En este tiempo Vox podrá exigir cambios programáticos al PP e incluso lograr repeticiones electorales que beneficiarían a la izquierda; todo por un tiempo limitado. Santiago Abascal tiene la posibilidad de influir de forma importante en la oferta política desde la derecha global, e incluso lograr una futura vice presidencia del Gobierno de España. Ese es su límite, que no es poco para un dirigente y un partido con apenas trece años de existencia en un mapa político dominado por el bipartidismo.
Con el diez por ciento de escaños en el Congreso y un máximo de representantes conseguidos en 2019, los cambios que se han producido a nivel mundial con la llegada de Trump a la Casa Blanca le favorecen pero no tanto como para convertirse en presidente del Gobierno.