Los dirigentes del PP están anclados en el mundo del siglo XX y no acaban de convencerse de que la fuerza bruta ha sustituido a la diplomacia y que los dirigentes políticos se mueven por intereses personales y no por una moral que en la mayor parte de los casos solo servía para justificar la toma del poder ejecutivo. Los líderes políticos se han convertido en autócratas que dicen actuar por el bien público.
Sánchez y ahora Trump les han venido demostrando que hacer política es saber sacar tajada negociando con el mismísimo diablo si hace falta: todos los enemigos tiene un precio y hay que olvidarse de lo que dicen en público para llegar a acuerdos en privado. Lo ha dicho claramente Trump al asegurar que le da igual lo que diga Delcy Rodríguez, lo que importa es sin cumple sus acuerdos.
Los independentistas catalanes ya saben de sobra como se las juega Sánchez, al que también le da igual lo que digan en público siempre que le sigan apoyando a cambio de continuas concesiones que en la mayor parte de los casos se quedan en migajas.
Con las reiteradas meteduras de pata del PP va a ser muy difícil que Sánchez pierda unas elecciones a pesar de todo el martirio judicial al que está sometido y que sigue siendo la única baza que sigue dando esperanzas a un Feijóo que, como Rajoy, eran más felices en la España del siglo XX.