RAFAEL G. PARRA

Una clase política muy agotada

Jueves 02 de octubre de 2014

07/04/2011.- Uno de los problemas más graves que tiene la Sociedad española es la poca o nula confianza que tiene en los políticos que en los 35 años de funcionamiento del actual sistema político se ha ido constituyendo en una verdadera clase o casta que combina más defectos que virtudes: distanciamiento de los problemas reales de la gente, endogamia, amiguismo, conformismo y negativa a aceptar cualquier reforma que pueda afectarles personal y profesionalmente. Ser político se ha convertido en una nueva profesión que sus protagonistas tratan de reforzar formando un coto cerrado. Todo ello agravado por los problemas del bipatidismo que obliga a cualquiera que quiera participar en Política a aceptar las condiciones y los límites que imponen tanto el PP como el PSOE.



Los actuales políticos se niegan a cambiar nada que pueda tocarles sus actuales privilegios: salarios altos, aunque algunos insistan en que en la empresa privada ganarían mucho más o que so si no se les paga bien caerían -¿aún más?- en la corrupción. Tener un salario en la España actual por encima de los 4.000 euros mensuales es un privilegio que no obtendrían la mayor parte de los actuales políticos en sus actividades privadas.

Existen refranes y dichos desde la antigüedad, desde que se inventó la política, para definir cómo tienen que ser los dirigentes: "la mujer del César no solo tiene que ser honesta, sino que además debe parecerlo", que le vendría muy bien a los que se hacen ricos en su vida política, o que algunos políticos solo trabajen para asegurarse cada cuatro años un puesto en alguna institución oficial para seguir cobrando y viviendo de ella.
¿Cuánto hace que un alcalde o un concejal no coge el transporte público?. Algunos varias décadas. Bajarles del coche oficial es un objetivo imposible lo que contrasta con los llamamientos a los ciudadanos para que dejen el coche en casa por los problemas de contaminación o de tráfico.

Y luego están las demás prebendas que se han ido constituyendo en torno a esa misma clase política y que sólo se conocen a través de rumores y chascarrillos, como billetes de avión o tren gratis, no pagar en las autopistas, facturas telefónicas estratosféricas a cuenta del erario público, pensiones máximas después de estar dos legislaturas en el Congreso de los Diputados o en los parlamentos regionales, regalos y muchas cosas más.
¿Cómo van a luchar los políticos actuales contra la corrupción si quien más y quien menos todos han conocido casos de miembros de sus partidos que aceptaban comisiones ilegales o que, al menos, aceptaban financiación ilegal para sus respectivos partidos, y han preferido mirar para otro lado o incluso alabar al que lo hacia. Bastaría preguntar a los promotores inmobiliarios o a las constructoras para saber lo que ha estado ocurriendo.

Las peticiones -interesadas eso sí- de Izquierda Unidad para que se reforma la Ley Electoral han sido rechazadas por los dos grandes partidos precisamente para defender su monopolio institucional que tiene su prolongación en la mala imagen del Poder Judicial, elegido por los políticos, o en el Tribunal Constitucional o el Supremo. Nadie quiere tampoco hablar de listas abiertas donde los candidatos tendrían que dividir su conciencia entre la lealtad al partido, que es lo único que les mueve ahora, y su deber hacia los ciudadanos que le votan, cosa que olvidan totalmente en las circunstancias actuales.

Si tiene que haber una regeneración de la Política es evidente que tiene que comenzar por sus propios protagonistas, que tienen que dar ejemplo de lo que reclaman a los ciudadanos y sobre todo huir de los profesionales de la clase política que quieran hacer de su escaño un puesto de trabajo para toda la vida.





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