RAUL HERAS

Ni contigo ni sin ti

Jueves 02 de octubre de 2014

21/10/2010.- Si las encuestas sirven al menos para “medir” la temperatura social en un momento dado, las últimas que han realizado los dos grandes partidos, unidas a las de los medios de comunicación con la de la Ser de comienzos de octubre a la cabeza, explican por qué en el PSOE están congelados: en apenas tres meses la gestión del presidente del Gobierno ha caído veinte puntos en aceptación popular, más de 40 puntos en su condición de líder y otros tantos en su posible candidatura para las elecciones generales.



Un desastre en toda regla que unido a la percepción de que el PP ganaría hoy con enorme comodidad la cita con las urnas proporciona la mejor de las claves para entender las posturas de algunos dirigentes socialistas, que buscan demarcarse de su secretario general para que en el próximo mes de mayo no les den en sus posaderas una patada dirigida a las de su todavía jefe.

Los españoles parecen decididos a promover un cambio en la gobernación del país, por más que Mariano Rajoy no les convenza y crean que tanto Ruiz Gallardón como Rodrigo Rato, Esperanza Aguirre y hasta José María Aznar serían mejores candidatos al frente del PP, con el alcalde de Madrid claramente destacado de sus compañeros de militancia. Algo parecido a lo que le ocurre a Rodríguez Zapatero dentro de los suyos que colocan a José Bono, a Alfredo Pérez Rubalcaba y a Carmen Chacón por delante del actual presidente del Gobierno.

En el PSOE prefieren no mostrar los resultados para no desmoralizar aún más a su militancia, y en el PP prefieren hacer lo mismo por todo lo contrario: para que no cunda la euforia. Zapatero cree que con dieciocho meses por delante todavía puede cambiar la tendencia y que para ello es imprescindible que mejore la economía y que Rajoy se mantenga en su puesto. Y Rajoy cree que la tendencia es imparable, que aunque mejore levemente la economía el cambio se va a producir y que para evitar sorpresas lo mejor para sus intereses es que Zapatero se mantenga en La Moncloa y como candidato electoral.

Los dos, presidente del Gobierno y líder de la oposición son las dos caras de la misma moneda. Los dos suspenden en apreciación personal entre los votantes: el primero empeora un poco en los últimos tres meses, y el segundo mejora un poco. Los dos por debajo del 4 si se pide a los españoles que les puntúen del uno al diez. Y los dos condenados dentro y fuera de sus respectivas formaciones a que les canten aquello de : “ ni contigo, ni sin ti tienen mis males remedio, contigo por que me matas y sin ti porque me muero”.

Si los socialistas pudieran, cambiarían a su líder. Y si los populares pudieran harían otro tanto. ¿Por qué no lo hacen?. Pues por la sencilla razón de que los partidos se han convertido en estructuras muy jerarquizadas y burocráticas en las que impera la ley del sillón por encima de cualquier otro interés, incluido el de la victoria de las propias siglas.

Los conatos de rebeldía dentro del PSOE protagonizados por Tomás Gómez, José María Barreda o Guillermo Fernández Vara se han disuelto como azucarillos ante la llamada al orden y al cierre de filas en torno al líder. Temen una gran derrota en Cataluña, temen derrotas múltiples en autonomías y ayuntamientos que ahora gobiernan pero comienzan a resignarse ante lo que consideran poco menos que inevitable, recordando lo ocurrido entre 1996 y 2004. Y en el PP se han convencido unos y otros, los fieles al jefe y los más díscolos, que la estrategia de Rajoy tal vez no sea la mejor pero sí la que les devuelva el poder, que sólo hay que dejar que Zapatero y los suyos se estrellen y no estorbarles en su caída.

En una España en la que el 40 por ciento de sus ciudadanos se muestra pesimista respecto a la salida de la crisis, y en la que el paro ocupa de forma muy destacada el primer lugar de las preocupaciones, los movimientos de todos los partidos están limitados y sus dirigentes están más pendientes de no “meter la pata” que de proponer ideas alternativas a la política gubernamental. Se trata menos de ganar que de dejar que el rival pierda, sin que se altere la aparente apatía y resignación en la que se encuentran los ciudadanos y que puede llevar a una abstención histórica en las próximas elecciones.

La derecha confía más en la fidelidad y motivación de sus votantes, mientras que la izquierda ve como más de un millón de votos que recibió en los años 2007 y 2008 pueden desaparecer de las urnas por incomparecencia

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