07/07/2010.- La profecía o el deseo expresado por Alfonso Guerra de que a la España que empezaba su andadura en 1978 con la nueva Constitución, en 25 años, no la iba a conocer “ni la madre que la parió” se ha cumplido. Esta España de hoy en casi nada se parece a la que dejaba atrás la Dictadura y se proponía enterrar para siempre los conocidos como “demonios familiares”. Lo que ocurre es que si a la inmensa mayoría de españoles les preguntaran por cómo es la España en la que están viviendo, cómo es la educación, la sanidad, la vivienda y los impuestos en las diecisiete Comunidades autónomas, qué papel juega el estado en cada una de ellas, en qué se diferencian unas de otras, qué derechos y deberes son distintos y por qué lo de que todos somos iguales no se cumple en la realidad, las respuestas de unos cuántos millones de esos ciudadanos dejarían claro que se ignora mucho más de lo que se sabe.
Hay una España que ya no existe y otra que está en permanente transformación sin que sepamos muy bien cuándo terminará el cambio, si es que termina. Es esta España la que diariamente nos hurtan los políticos del debate necesario. Dirán que toda la información está disponible, que todo está publicado y que de todo se ha hablado, y siendo verdad esconderá una gran mentira. Por ejemplo: ¿ conocen los ciudadanos de cualquier autonomía en que consisten sus Estatutos y en qué medida les afecta en su vida diaria?, ¿ saben en qué grado las transferencias del estado a las respectivas regiones les ha cambiado algunos derechos básicos?.
Todos los años asistimos o, mejor, se produce un debate en el Congreso sobre el “estado de la Nación”. En teoría los parlamentarios tendrían que plantear con sus intervenciones la situación del país, su evolución durante los últimos doce meses, lo bueno y lo malo que ha hecho el Gobierno. A su término todos deberíamos saber si el chequeo a la nación arroja un enfermo que necesita cuidados o si goza de una salud excelente. Y aún más se tendrían que abordar aquellos temas que no están en la agenda diaria del poder pero que terminan configurando un modelo u otro de sociedad, una forma u otra de convivir, un sentido u otro de pertenecer a una comunidad, a un país, a una nación.
Desde los primeros gobiernos de UCD a este último del PSOE, pasando por los distintos gobiernos de las Comunidades autónomas se han ido dejando en el tintero, se han soslayado, aparcado, ignorado y diría que hasta “prohibido” algunos debates muy importantes. Y ese silencio sobre ellos, del que es culpable la clase política en general y los que más poder ostentan, más culpables, explica una parte de la crisis que estamos viviendo y en la que, desde la economía se ha pasado a la sociedad y a cada uno de los 45 millones de españoles.
Se puede decir, sin exagerar, que hoy España es una sociedad deprimida, por supuesto que asustada y en la que los liderazgos apenas se perciben por más que se tenga la necesidad de encontrarlos. No sólo en la política, también en le resto del entramado social. José Luís Rodríguez Zapatero, Mariano Rajoy, Cayo Lara, Artur Más, se limitan a seguir los pasos de sus antecesores en la mayoría de los temas conflictivos y que requieren de cambios profundos, desde la estructura del estado a los desarrollos educativos y asistenciales para que podamos seguir considerándonos todos miembros de un estado con los mismos derechos y deberes.