Volvemos, en este otoño de 2026, a verlas sin que sus actuales representantes hayan logrado explicar a los ciudadanos las razones del fracaso, que son muy fáciles de descubrir. La convocatoria del 29 de noviembre actúa como acelerador de las revueltas aguas. Vivienda, pensiones, educación, salarios, cambios legales… Se pueden coger las proclamas de hace quince años y publicarlas o gritarlas hoy: son las mismas.
Una rápida ojeada a lo que dicen y defienden Colau, García, Montero, Rufián, Baldoví, Urtasun…, incluso los socialistas que han conseguido centrar en las candidaturas al Senado sus esfuerzos, no para ganar a las derechas sino para evitar que el PP tenga mayoría absoluta, nos reafirma en la certeza de que los programas unen, pero son más fuertes los deseos del sillón. Y habrá que repetirlo mil veces.
Piensan lo mismo. Ofrecen lo mismo. Se dirigen a los mismos. Dicen creer en lo mismo. Y no engañan en ninguno de esos pensamientos. ¿Qué es lo que les separa? La única, solitaria, práctica y monetaria verdad: quieren los mismos sillones y han perdido tantos por el camino que los pocos que les quedan valen su peso en oro.
Son conscientes de sus consecuencias, pero ninguno es capaz de dar un paso atrás. Como ejemplo: piden el esfuerzo de integración con un único punto a discutir: ¿en qué puesto de las listas vamos los míos? Míos que no sois vosotros. Ni lo fuisteis ni lo seréis. Antes vamos todos a llorarnos al cementerio de los nombres muertos, las siglas borradas y los colores amarillo, azul, blanco, granate, marrón, multicolor, naranja, negro, rojo, verde y violeta, desfilando como símbolos que —no dejemos que el engaño se quede en término taurino— cada día, con un vistazo rápido al Ibex 35, demuestran que las grandes compañías y bancos valen en Bolsa más y más… Bueno, casi todas.