Con sus 43.000 kilómetros cuadrados de extensión —sin contar Groenlandia y las Islas Feroe— y apenas seis millones de habitantes, Dinamarca ya decidió desde hace casi una década que no podía mantener su política migratoria y que debía cambiarla por completo. Lo hizo tras la conquista del poder con Frederiksen y con un triple objetivo: parar el incremento de la ultraderecha en el país, equilibrar el gasto social que se había disparado en los programas de acogida y enviar a los inmigrantes irregulares fuera de la Unión Europea, con acuerdos bilaterales con Ruanda.
Tras sus once años en el poder, la líder indiscutible de la izquierda nórdica ha roto con los esquemas tradicionales de solidaridad y acogida de la izquierda europea. “Primero Dinamarca” no es un eslogan creado por Donald Trump: ya lo utilizó Frederiksen y se lo “robó” electoralmente a la ultraderecha danesa. Le ha ido bien y ha conectado con la base electoral situada desde el centro a la izquierda e incluso con capas de la derecha, que la ven como la opción más creíble para mantener al país en el difícil equilibrio dentro del triángulo de intereses en el que se ve obligado a moverse: por un lado, la situación de seguridad interna, con un elevado índice de criminalidad; por otro, la pertenencia a la Unión Europea desde 1973 y a la OTAN desde 1949, con los compromisos que ello comporta; y, por un tercero, la defensa de su territorialidad tanto en Groenlandia, frente a Donald Trump y EE. UU. —con un pacto tambaleante—, como en las Islas Feroe, siempre en el límite de avanzar en sus deseos de independencia.
Distancia política de Meloni, cercanía política con Sánchez, pero apoyo estratégico a Italia y crítica muy dura a España. Supervivencia electoral, por un lado; y defensa de las señas de identidad danesa, por otro. Un espejo en el que debiera mirarse el presidente del Gobierno y, sobre todo, el PSOE y el resto de la izquierda española. No se pueden comparar de forma simplista los problemas de un país que es como Extremadura y con una población como la de la autonomía madrileña con la España de hoy. Ni por situación geográfica, ni por capacidad de intervenir en la política global, que ya ha variado de corrientes y avanza de forma imparable hacia el cambio de equilibrios entre lo que llamamos Occidente y lo que es la Eurasia de Rusia y China. El problema para España no está ni en Sánchez ni en Feijóo; está en no tener clara y a largo plazo su política internacional y la defensa de todo aquello que no es negociable.