El ministro Puente ya es historia política cuando apenas quedan tres semanas para que las urnas dicten el veredicto popular. Su marcha puede que sea un simple anticipo de una gran derrota o la vacuna que limite los daños. Su sucesor es la mejor solución que tenía el presidente, y ha colocado al vicepresidente y titular de tres ministerios como el político mejor situado para regenerar a una izquierda que, con Ada Colau por un lado e Irene Montero por otro, tenía un recorrido muy corto y lleno de problemas.
Carlos Cuerpo es el hombre elegido para tomar el relevo en un Gobierno que da sus últimos pasos. Nada que ver con Óscar Puente y el pequeño grupo de fieles que le queda a Sánchez. Su elección para continuar los grandes cambios que había emprendido su antecesor en el envejecido sistema ferroviario español es una garantía de cara al futuro Gobierno —sea del color que sea— y para Europa, de la que deberán llegar las ayudas económicas necesarias.
La soledad del poder aparece en esta crisis en toda su magnitud. Gobernar es un privilegio que se consigue y un tormento diario que se sufre, sobre todo cuando estallan las crisis. Son las dos caras que tiene la ambición política. De la gloria y el aplauso al patíbulo apenas existe una delgada e invisible línea.