Un estudio sobre la felicidad en España describe una paradoja: al considerar otros factores, las mujeres declaran mayor satisfacción vital que los hombres, pero también más emociones negativas en su día a día. La investigación, firmada por Rebeca de Juan-Díaz, profesora de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales de la UNED, junto con José Atilano Pena-López, de la Universidade da Coruña, se publicó en la Revista Internacional de Sociología del CSIC.
Claves de la noticia
Dos dimensiones del bienestar
El estudio distingue entre la valoración general de la vida y las emociones experimentadas en el día a día.
Datos de una encuesta
El análisis se basa en respuestas de 1.801 personas recogidas en 2014.
Interpretación y límites
Los autores relacionan las diferencias con los roles de género y el modelo de bienestar familista; los datos no permiten establecer causas directas.
La encuesta permitió comparar dos aspectos que no siempre coinciden: la satisfacción con la vida en conjunto y las emociones cotidianas. Los autores interpretan las diferencias entre hombres y mujeres en relación con los roles de género y con un modelo de bienestar familista, en el que una parte importante de los cuidados recae en las familias.
De Juan-Díaz lleva años investigando el bienestar en la UNED y coordinó con Julio Iglesias de Ussel el libro La felicidad de los españoles (2017). En el nuevo trabajo, explica por qué estar satisfecho con la vida no equivale necesariamente a sentirse bien en cada jornada.
Satisfacción vital y emociones cotidianas
Las mujeres pueden valorar positivamente su familia, sus relaciones personales o sus logros y, a la vez, sentir estrés, ansiedad o cansancio. Según la investigadora, los vínculos familiares pueden aportar cariño y satisfacción, pero también generar presión cuando las tareas domésticas y de cuidado no se distribuyen de forma equilibrada.
El estudio también recoge más emociones positivas y negativas entre las mujeres. De Juan-Díaz plantea que esto podría responder a una experiencia emocional más intensa o a diferencias en la manera de reconocer y expresar los sentimientos, influidas por los roles sociales y la educación. Sin embargo, los datos no permiten determinar cuál de esas explicaciones es la correcta.
En España, señala la investigadora, las responsabilidades de cuidado siguen recayendo en buena medida en las familias y, especialmente, en las mujeres. La combinación del empleo remunerado con las tareas domésticas, el cuidado de hijos o familiares y la preocupación por otras personas puede traducirse en estrés, agotamiento y menos tiempo personal. A su juicio, avanzar en igualdad requiere un reparto más equilibrado de esas responsabilidades.
El peso de los roles sociales y laborales
Las expectativas sociales también influyen en qué aspectos se consideran importantes para la satisfacción vital. Tradicionalmente, el bienestar de los hombres se ha vinculado más al empleo y la seguridad económica, mientras que en las mujeres han tenido mayor peso las relaciones familiares, el apoyo emocional y el bienestar de los hijos. La autora advierte de que estas diferencias no son universales ni inevitables y que, en parte, reflejan roles de género construidos socialmente.
El análisis asocia la jubilación con una mayor satisfacción vital entre los hombres. En cambio, entre las mujeres, la jubilación, el desempleo y la dedicación al hogar aparecen vinculados a más emociones negativas. Una posible explicación, según De Juan-Díaz, son las distintas trayectorias laborales y responsabilidades familiares: para algunos hombres, jubilarse puede suponer dejar atrás obligaciones profesionales, mientras que algunas mujeres siguen asumiendo buena parte del trabajo doméstico y de cuidados. El estudio no permite establecer una relación directa de causa y efecto.
La necesidad de recortar gastos aparece más asociada al malestar entre los hombres. La investigadora plantea que la expectativa tradicional de que ellos sean responsables de proporcionar seguridad económica a la familia puede hacer que las dificultades financieras afecten tanto al bienestar material como a la autoestima y a la percepción del éxito personal. Los resultados sugieren que esas expectativas pueden influir en cómo se viven las dificultades económicas.
Alcance de los resultados y posibles respuestas
Los datos proceden de 2014. Aunque desde entonces se han producido cambios sociales y económicos, como la pandemia de COVID-19 y la expansión del teletrabajo, De Juan-Díaz considera que los factores estructurales relacionados con la paradoja, entre ellos los roles de género y el familismo de los sistemas de bienestar, siguen presentes en la sociedad española.
La investigadora sostiene que los resultados pueden orientar políticas públicas de bienestar. Entre las medidas que plantea figuran favorecer la conciliación y un reparto más equilibrado de las tareas familiares, así como reforzar las redes de apoyo de la familia, las amistades y la comunidad para contribuir al bienestar emocional y a la calidad de vida.
Para De Juan-Díaz, uno de los resultados más llamativos es que las mujeres puedan declarar más satisfacción con su vida y, al mismo tiempo, experimentar más emociones negativas. Sentirse feliz con la familia, el trabajo o las relaciones personales, explica, no excluye vivir estrés o agotamiento.
La investigadora añade que estudiar la felicidad le ha permitido comprender mejor la importancia de la salud, las relaciones personales, el tiempo libre y el apoyo de los seres queridos, además del dinero o el éxito profesional. Conocer qué puede favorecer el bienestar, puntualiza, no garantiza la felicidad.
La conclusión del trabajo es que medir la felicidad requiere mirar más allá de la satisfacción declarada: también importa quién termina el día con más cansancio, quién dispone de tiempo propio, quién se siente acompañado y quién asume la mayor parte del cuidado de sus seres queridos.