En el torneo de tenis siempre se les ve trajeados, serios, muy británicos, cuando entregan las reproducciones en plata del trofeo. En otro escenario se ponen el mandil y ejecutan todo el rito escocés que siguen desde que el rey Jorge III hiciera que seis de sus hijos entraran en la Gran Logia de Gran Bretaña. Extendidos por todo el mundo, muchos son los dirigentes políticos y empresariales que han llamado a las puertas de “los hijos de la acacia”, el árbol de hoja perenne, desde George Washington a nuestro breve rey José Bonaparte, su hermana Carolina y su cuñada Josefina, la esposa del emperador, e incluso la esposa por poderes de nuestro Felipe II, María Estuardo, que le habría abierto las puertas del trono inglés al hijo de Carlos de Gante.
Sería quien acompañara a su hermana y sucesora en ese territorio iniciático, tan libre y nacionalista como para que los mismos generales que vencieron a Napoleón, como el duque de Wellington, fueran “hermanos fraternos” del corso que se coronó emperador y convirtió a Francia en el país que quiso imponer un modelo de Estado en toda Europa.
La misma masonería revolucionaria que había llevado a la guillotina a Luis XVI formó una alianza con los “parientes de sangre” del que se había convertido en cuñado de la realeza europea tras casarse con María Luisa de Austria. Buscaba una alianza que le permitiera atacar Rusia y no pensó que las coronas y los títulos familiares pesaban mucho más que la pertenencia a unas logias que se habían democratizado y habían conseguido que la independencia de Estados Unidos fuera un hecho.
Es muy fácil comprobar cómo en Gran Bretaña la logia Royal Alpha y la Orden de la Jarretera están íntimamente unidas. Lo saben bien tanto Juan Carlos I como Felipe VI o su cuñado y tío Constantino de Grecia. Los tres la recibieron de manos de Isabel II al llegar al trono. Tanto como justificar la jarretera como prenda femenina, a la que se une la liga por encima de la rodilla, como un homenaje que el rey Eduardo III le hizo a su amante, Juana de Kent. El amor convertido en una ceremonia solemne reservada a las casas reales.
Aseguran los más malvados historiadores que Eduardo se limitó a cambiar de nombre a la Orden Templaria, tras la persecución que sufrió por parte del rey Felipe IV de Francia y del papa Clemente V para apoderarse de sus inmensos tesoros y propiedades. El papa se había convertido en un mero juguete para los intereses financieros y territoriales del rey galo, que no encontró mejor manera de pagar sus enormes deudas con los templarios que hacer que la Inquisición les acusara de todos los crímenes posibles. Declarados culpables en los juicios, que durarían siete años, fueron ejecutados y todos sus bienes confiscados. Y es justo en ese punto donde comienza una nueva leyenda sobre la Orden del Temple y sus caballeros, y el buen uso que hicieron los monarcas ingleses de esa oportunidad, hasta convertirla en una de las características básicas de su diplomacia durante los siete siglos siguientes.
Ser nombrado caballero de la Jarretera es como recibir en España nuestra Gran Cruz de Carlos III. Con grandes diferencias. No las concede el primer ministro o jefe de Gobierno y las firma el rey, como ocurre en nuestro país. Allí las concede y firma el soberano, antes Isabel, ahora Carlos, y normalmente lo ha venido haciendo el 23 de abril de cada año, aunque puede hacerlo cuando quiera. Lo hizo Isabel II a finales de 2021 con su nuera Camila, cuando era duquesa de Cornualles, y con Tony Blair, el expremier al que había castigado durante 14 años, no nombrándolo sir, por su apoyo a Diana de Gales. Para la mayoría de los reyes europeos se entra en la Jarretera y en la Royal Alpha al mismo tiempo, en dos escenarios distintos, pero siempre bajo la tutela de la soberana.
Al igual que en la Corte británica, en la Corte de los reyes españoles siempre han existido los ministros masones. Allí son públicos y se fotografían en sus reuniones con el mandil puesto y la larga lista de atributos que les distinguen, hasta hacerles herederos del saber de los antiguos egipcios, los templarios y así hasta los más oscuros grados de las logias, “los grados de la venganza”, que, en otro tiempo no tan lejano, conferían potestad para matar por las ofensas recibidas en las personas de Hiram y Jacques de Molay, una especie de espías 007 llevados al siglo XVII. También estuvieron en nuestras dos Repúblicas y hasta en la dictadura de Franco, que los perseguía. Hoy no sabemos el número exacto de los que se han sentado en los consejos de ministros de la democracia desde 1977, pero casi podemos asegurar que rondarán los cien, incluidos jefes de Gobierno. De todos los colores y de todos los partidos, con el PSOE muy destacado en cabeza.
Si nuestro rey Carlos III pertenecía o no a la masonería es algo que no se sabe con certeza, al igual que ocurre con otros miembros de la monarquía española desde el siglo XVIII, pero toda la terminología que empleó al fundar su propia Orden en 1771 es idéntica a la que rige en el universo del ojo, el compás y la escuadra. El rey es el Gran Maestre y el jefe de su Gobierno, el Gran Canciller. Dos gotas de agua no se parecerían más. Como hijo de Felipe V e Isabel de Farnesio estuvo tanto tiempo esperando la Corona, pese a la evidente mala salud de su padre, que aprendió a gobernar en las posesiones que la Corona tenía en Italia, país al que también habían huido una buena parte de los templarios perseguidos por el justiciero y obediente papa de Aviñón y el rey que lo manejaba.
Aseguran un buen número de historiadores de dentro y fuera del solar patrio que el “despotismo” que ejerció el llamado “mejor alcalde de Madrid” se pudo apellidar “ilustrado” por los ministros masones en los que se apoyó, desde Jovellanos a Olavide, pasando por Esquilache, Campomanes y los más importantes de todos ellos, el duque de Alba y el conde de Aranda. Consiguió hacer su real voluntad cuantas veces quiso y hay que reconocerle que modernizó España y la dotó de los mimbres necesarios para administrarla, de los que carecía.
En la lluvia de cruces y medallas, y con los datos hasta finales de 2021, Pedro Sánchez ha concedido un total de 83 y el rey Felipe VI ha firmado el mismo número por obligación legal y constitucional, que para eso han pasado 250 años y la única reforma la hizo José María Aznar en 2002.
La lista de las Grandes Cruces, que ocupa el tercer puesto en el ranking de las concedidas anualmente desde 1979 —29 en 1980 y 26 en 1982—, la encabezan siete exministros del Partido Popular, desde el exministro de Justicia, expresidente de la autonomía madrileña y exalcalde de Madrid Alberto Ruiz-Gallardón, al actual número dos del Banco Central Europeo, Luis de Guindos, con personalidades tan dispares como el canario José Manuel Soria, que se hizo tan famoso con su “impuesto al sol” como por sus peleas en los juzgados en casos de corrupción, que poco o nada tenía y tiene en común con Pedro Morenés y sus buenas relaciones con la industria de las armas, o el exportavoz parlamentario, exalcalde de Vitoria y exministro de Sanidad —la maldita Sanidad que persigue a sus ministros— Alfonso Alonso, hoy socio y fundador, junto al exministro socialista José Blanco, de la consultora Acento Public Affairs. Socialista y popular han construido su propio