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Isabel nos debe la verdad de sus ocho vidas entre palacios y bodas que la convirtieron en mito
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Isabel nos debe la verdad de sus ocho vidas entre palacios y bodas que la convirtieron en mito

martes 18 de agosto de 2026, 12:40h

Más que los gatos, Isabel Preysler tiene ocho vidas. Hoy en Marbella. Siempre a todo color, con los amigos fieles que nunca la han abandonado. Tantas caídas como regresos, tantas sonrisas como operaciones estéticas, tantos secretos como nombres escritos en agendas que nunca verán la luz. Icono de una España que la hizo mujer y nebulosa que se extingue poco a poco tras sentir que un viejo asteroide de hablar pausado y sueños presidenciales se ha estrellado en su rostro de porcelana.

Desde que nació un 18 de febrero de 1951 en Manila hasta sus fotos de verano con el peruano y premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa. A punto de cumplir los 20, aterrizó en el Madrid de Carlos Arias Navarro para meterse de lleno en el sanedrín de la nietísima. Con Carmencita Martínez-Bordiú hizo “migas” y, de la mano de Tomás Terry, llegó a Julio Iglesias, por entonces aspirante a estrella mundial. Comenzaba su segunda vida, que apenas duraría siete años, tres hijos y una gran distancia con el cantante.

Dos años en el dique seco y el reino de las portadas de papel cuché consumieron su tercera vida, siempre atenta al océano de oportunidades matrimoniales de la Villa y Corte. Así apareció el aristócrata Carlos Falcó, marqués de Griñón, dueño de tierras y de historia. Cinco años, una hija y aluvión de rumores en torno a las lentejas de Mona Jiménez. Cambio de ciclo, de estatus y de amigos. De los títulos a la ciencia, de los viajes a París a mirar las pirámides, del chalecito capitalino a la gran mansión en La Florida. Siempre ella, con portadas de revista y de silencios.

La vieja España por la Nueva España del todopoderoso Miguel Boyer. Treinta años de vino y rosas hasta que el cerebro del hombre que pudo reinar en el socialismo estalló. Viuda, sexta vida. Un año de “alivio luto”, de guardar las formas. Y la séptima, que apareció en el horizonte con Pantaleón y las visitadoras bajo el brazo, tan breve como un suspiro, tan fugaz como el aleteo de las mariposas, sobre todo cuando son atacadas por un abejorro de ruidosos escritos y uniformes franceses que escoltan a la gloria que siempre aparecerá en los libros.

Reina de las gatas de cinco estrellas, este verano es el de su regreso al útero familiar con la segunda de sus hijas y la Marbella de siempre. Isabel es inmortal como su rostro. Será nonagenaria y podrá, y debería, contar su vida: no la que le han escrito los muchos otros, sino su historia de muchacha en flor que no había leído a Proust, pero ya paseaba por el Guermantes de El Pardo. Nos lo debe para convertirse en parada y fonda de los que intenten comprender la España de los dos siglos.

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