Desde que nació un 18 de febrero de 1951 en Manila hasta sus fotos de verano con el peruano y premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa. A punto de cumplir los 20, aterrizó en el Madrid de Carlos Arias Navarro para meterse de lleno en el sanedrín de la nietísima. Con Carmencita Martínez-Bordiú hizo “migas” y, de la mano de Tomás Terry, llegó a Julio Iglesias, por entonces aspirante a estrella mundial. Comenzaba su segunda vida, que apenas duraría siete años, tres hijos y una gran distancia con el cantante.
Dos años en el dique seco y el reino de las portadas de papel cuché consumieron su tercera vida, siempre atenta al océano de oportunidades matrimoniales de la Villa y Corte. Así apareció el aristócrata Carlos Falcó, marqués de Griñón, dueño de tierras y de historia. Cinco años, una hija y aluvión de rumores en torno a las lentejas de Mona Jiménez. Cambio de ciclo, de estatus y de amigos. De los títulos a la ciencia, de los viajes a París a mirar las pirámides, del chalecito capitalino a la gran mansión en La Florida. Siempre ella, con portadas de revista y de silencios.
La vieja España por la Nueva España del todopoderoso Miguel Boyer. Treinta años de vino y rosas hasta que el cerebro del hombre que pudo reinar en el socialismo estalló. Viuda, sexta vida. Un año de “alivio luto”, de guardar las formas. Y la séptima, que apareció en el horizonte con Pantaleón y las visitadoras bajo el brazo, tan breve como un suspiro, tan fugaz como el aleteo de las mariposas, sobre todo cuando son atacadas por un abejorro de ruidosos escritos y uniformes franceses que escoltan a la gloria que siempre aparecerá en los libros.
Reina de las gatas de cinco estrellas, este verano es el de su regreso al útero familiar con la segunda de sus hijas y la Marbella de siempre. Isabel es inmortal como su rostro. Será nonagenaria y podrá, y debería, contar su vida: no la que le han escrito los muchos otros, sino su historia de muchacha en flor que no había leído a Proust, pero ya paseaba por el Guermantes de El Pardo. Nos lo debe para convertirse en parada y fonda de los que intenten comprender la España de los dos siglos.