Las joyas ya sabemos lo que valen para el juez Calama. Esa información se la han dado los peritos: un millón trescientos mil euros. Quedan por conocerse las preguntas obligadas que le hará el titular del Juzgado número 4 de la Audiencia Nacional. Los motivos que llevaron al expresidente a comprarlas, aceptarlas y tenerlas guardadas lejos del hogar familiar, pese a que algunas de ellas, las menos ostentosas y más discretas, ya las habían usado su mujer y su madre en alguna ocasión.
Las preguntas están en cualquier manual de periodismo. El qué, el quién, el cómo, el dónde, el cuándo, el porqué y el para qué. Zapatero y su abogado deben preparar las siete respuestas para el próximo 17 de este mes. De ellas dependerán en buena medida las resoluciones que tome el magistrado, desde las de menor efecto inmediato, como puede ser la retirada del pasaporte y la obligación de comparecer en el juzgado cada quince días, a las de mayor gravedad, como podría ser el ingreso en prisión evitable con una fianza. En ese espacio jurídico está el primer asalto entre la verdad de la acusación y la verdad de la defensa. La solución final tardará meses e incluso años en saberse.
La posibilidad de que las joyas las comprara el expresidente del Gobierno durante alguno de sus viajes parece poco probable. Queda el otro camino que recorrer para que llegaran hasta la caja fuerte: fueron un pago en especie por parte de alguna persona o entidad por un trabajo que terminó bien; en lugar de dólares o euros, a Rodríguez Zapatero le pagaron en bienes o productos. Y el lugar base de la operación podría haber sido Venezuela. Encaja en el esquema de su vida profesional y política de los últimos años.
Joyas, como dice mi amiga Cristina, que ha visto mucho cine y ha escrito millones de palabras, que serían el posible pago por una ayuda en busca de un mejor trato o una puesta en libertad para algún familiar que estuviera detenido y que encontró la libertad; o medio de corresponder a un gran favor para obtener de forma rápida los papeles necesarios para conseguir la residencia en España, tal vez en esa zona de alto nivel de vida que es el madrileño barrio de Salamanca. Esto último, aportación de un viajero incansable y experto en estas lides como es mi amigo Miguel, capaz de recorrer África de norte a sur y Europa desde Lituania hasta Lisboa.
Pagos en especie con los que el expresidente no sabría muy bien qué hacer, sobre todo con los más ostentosos. Los guardó como recuerdo o como futuros intercambios para otras operaciones. Solo lo sabe él. Su amigo Luis dijo lo de los cincuenta mil euros de la misma forma que podría haber dicho que todo era quincalla sin valor. Los intelectuales saben de libros, pero poco de joyas.