05/05/2010.- Manifestaciones violentas en toda Grecia durante el primero de Mayo; huelgas generalizadas. Los griegos se manifestaban contra lo que consideran “medidas severas e injustas” adoptadas por su Gobierno, que trata de cumplir las exigencias de la Unión Europea y el Fondo Monetario Internacional para salvar al país heleno de la bancarrota.
La situación es bastante clara: las finanzas públicas (y las privadas) de Grecia han llegado a un límite tal que han situado al país al borde del precipicio. De no mediar ayuda, suspenderá pagos a mediados de mayo. Los griegos, evidentemente, tienen un problema. Pero también lo tiene la Unión Europea y sobre todo la Europa del Euro. Y hasta el mundo entero. Un país de apenas once millones de habitantes tiene en vilo a las finanzas internacionales. Fue una llamada del mismísimo presidente Obama, el 30 de abril, a la canciller alemana lo que desatascó el plan de rescate internacional de la maltrecha situación griega.
¿Cómo se ha llegado a esta situación? De una manera muy fácil de explicar. Los griegos entraron en la Unión Europea (unos años antes que España, debido al favoritismo del francés Giscard) y durante todos estos años los griegos se han beneficiado (como España, como Portugal, como Irlanda) del maná de los fondos estructurales. Y en contrapartida apenas han realizado los pertinentes deberes: mejorar la economía, incrementar la productividad, combatir la corrupción. Todas estas lagunas se acentuaron durante el último gobierno conservador, el que ha venido a suceder el presente del socialista Yorgos Papandreu. Con un agravante: Atenas falseó las cuentas oficiales con el propósito de engañar a Bruselas. Cuando se descubrió el pastel, estalló la crisis. Durante los dos últimos meses la pelota ha ido de Atenas a Bruselas o mejor dicho París y sobre todo a Berlín.
Parece evidente que la Unión Europea debe acudir en rescate de Grecia: en definitiva está en juego la Europa del Euro, y a corto plazo la suerte de otros países que se pudieran ver afectados por este corrimiento de fichas de dominó: Portugal, España e Italia. El problema de la “operación rescate” es que el gran pagano siempre resulta ser Alemania y acontece que los alemanes están muy hartos de arreglar los problemas de los demás. Si Angela Merkel se ha resistido a liderar el rescate de Grecia es porque los ciudadanos de su país, en un ochenta por ciento, se oponen a esa ayuda. El alemán, que viaja mucho por la Europa mediterránea y lee bastante, está muy harto de ser el pagano: trabaja más horas que los griegos, tiene menos vacaciones, se jubila más tarde, hace menos huelgas y es mucho más competitivo en el trabajo, con un absentismo laboral infinitamente inferior. Y, además, elige gobiernos competentes y no corruptos. Y ahora resulta que parte de sus impuestos van a servir para salvar a esos griegos.
Pero lo más sorprendente de toda esta situación es el comportamiento de la ciudadanía griega. Tanto la Unión Europea como el Fondo Monetario Internacional han exigido al Gobierno de Atenas un severo plan de ajuste que equilibre las finanzas y que reduzca de aquí al 2013 el déficit desde el actual 13.6% a un 3 %. Esto significa restar dos pagas extras anuales a los funcionarios públicos, congelación de los salarios de todos los trabajadores durante tres años, subidas de impuestos, aplazamiento de la edad de jubilación y recortes en las pensiones más altas.
Las dos poderosas centrales sindicales, la Confederación General de Trabajadores y la Unión de Empleados Civiles, han calificado este programa de “severo e injusto”. Pero tanto la UE como el FMI van a facilitar unos 135.000 millones de euros en este rescate y exigen que no sea en saco roto. La medicina es dolorosa pero los responsables de la situación son ellos: Grecia y sus ciudadanos. Los griegos van a tener ayuda pero se les exige contrapartidas. Lo que ni la UE ni nadie se va a prestar es a proporcionar indefinidamente el maná a un país irresponsable.